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Opinión |
Jueves, 13 de Marzo de 2014

La hoja de parra

[Img #23371]En “El pintor de batallas”, posiblemente el libro más bonito de Arturo Pérez-Reverte, puede leerse: “… ella se hizo vendar los ojos, y con movimientos precisos, (…), desmontó y volvió a montar varias veces un fusil de asalto. (…) Hasta hoy, dijo, nunca imaginé que estas cosas pudieran ser objetos bellos. (…) Durante los últimos treinta o cuarenta años, estas piezas de formas extrañas han querido cambiar el mundo,  sin éxito. (…) Los surrealistas habrían enloquecido con este ready-made. (…) Acaba de ocurrírseme que la firma del señor Kalashnikov vale tanto como la del señor Mutt. O mucho más. Después de todo, quizá la obra de arte más representativa del siglo XX no sea el urinario de Duchamp, sino este conjunto de piezas desmontadas”.

Pues bien, algo parecido ha ocurrido: una empresa estadounidense que comercializa armas, ha utilizado la famosa escultura del “David” de Miguel Ángel, para crear un anuncio que promocione su firma; para ello, ha alterado la imagen, ensombreciendo el rostro de David para darle un aire más fiero, aunque la modificación más llamativa es precisamente la de sustituir la honda que porta la pieza original por un rifle que atraviesa de una mano a otra la estatua, con unas proporciones tan monumentales que empequeñecen esta obra de 5,17 [Img #23372]metros de altura y 5.572 kilogramos de peso.

Las reacciones han sido diversas, mientras que las autoridades culturales italianas aseguran que el anuncio “ofende e infringe la ley” –“los museos de Florencia no permiten el uso de sus obras para fines comerciales sin permiso” y la empresa no lo ha solicitado-, otros opinan que la publicidad en cuestión no dista mucho del bigote y la perilla que Marcel Duchamp puso a la “Mona Lisa” de Leonardo da Vinci.

A servidora le importa una higa que le hayan puesto a David un arma, por mi como si le ponen un refajo de huertana, lo que me jode realmente es que, al alterar la imagen con un pistolón que parece un enorme falo exterminador apuntando al cielo, de paso hayan ocultado el sexo de la escultura –que en el original aparece al descubierto-, tras una hoja de parra. A lo mejor resulta que la visión de un pequeño pene puede producir muertes en masa o en su defecto ataques epilépticos, pero servidora se inclina más porque los autores del anuncio son sencillamente unos gilipollas. Uy, he dicho pollas.

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