Retiro escatológico
Mi churri y servidora estamos pasando por una especie de crisis amatoria, a él la primavera, como era de esperar, le ha alterado la sangre, pero a mí, como era también de esperar, lo que me ha alterado ha sido la alergia, con lo cual me he convertido en una serie de estornudos, toses, ojos llorosos y mocos andantes que va como un alma en pena de un rincón a otro de la casa, personificando la antítesis misma del erotismo en flor.
Viendo que nuestra relación se iba al traste entre pólenes y rinitis galopantes, mi amor, observando, con mucha perspicacia, que no estaba el horno para bollos, me regaló una semana en un retiro espiritual. “Aceptan perros” –me dijo a sabiendas de que podría soportar fácilmente su ausencia, pero no la de mi perra Piña-.
Mi cari se ofreció a llevarnos allende las montañas, pero una, oliéndose que prolongar más de la cuenta el contacto marital podía acabar en drama, optó por irse en tren.
Así las cosas, el domingo, cogí a Piña, el ordenador, y un montón de gruesos, pesados y sesudos libros y nos encaminamos a la estación. Casi llegando, hice una paradita en un kiosco, para comprar el “Hola” y “El jueves”, por aquello de que el retiro no fuera excesivamente intelectual.
Hecho esto, a mi Piña le dio por hacer caca, diarrea, para más señas, y una se encontró cargada como una mula y con un perro cuyo culo era un apestoso trasunto artístico entre el arte póvera de Tàpies y el action painting de Pollock.
Gastadas todas las existencias de pañuelos de papel para mis mocos, en asear un poco aquel desaguisado escatológico –avanzo, por si pudiera ser utilidad para alguien, que el papel del “Hola” es demasiado satinado para ser efectivo en tales fines-, y ya con el tiempo bastante justo, me plantifiqué en los aseos de la estación, y quiso la suerte sonreírme porque había jabón en los dispensadores, dejando el culo de mi Piña blanco sobre blanco y oliendo a rosas alergicosas, pero tan mojado como desearía mi churri que me pusiera yo misma cuando se me arrima entre tos y tos. El destino volvió a hacerme un guiño y, no encontrando papel por ninguna parte, pude secarle la derriere al can de mis entrañas con un precioso pañuelo de seda que me regaló mi amorcito el pasado San Valentín.
Al final llegamos un minuto antes de que el tren saliera y aquí estoy. Todo esto es muy bonito, no hay radio ni tele ni cobertura ni wifi. No sé cómo puñetas voy a hacer llegar este artículo al periódico, no sé si mi marido vive o muere, si ha estallado la guerra o qué, sólo puedo decir que Isabel Preysler está viejuna perdida a pesar de los retoques fotográficos y que mi Piña tiene la retranca limpia como una patena.
Te quiero, cari.
![[Img #24076]](upload/img/periodico/img_24076.jpg)
Servidora, disfrutando de su retiro.
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Mi cari se ofreció a llevarnos allende las montañas, pero una, oliéndose que prolongar más de la cuenta el contacto marital podía acabar en drama, optó por irse en tren.
Así las cosas, el domingo, cogí a Piña, el ordenador, y un montón de gruesos, pesados y sesudos libros y nos encaminamos a la estación. Casi llegando, hice una paradita en un kiosco, para comprar el “Hola” y “El jueves”, por aquello de que el retiro no fuera excesivamente intelectual.
Hecho esto, a mi Piña le dio por hacer caca, diarrea, para más señas, y una se encontró cargada como una mula y con un perro cuyo culo era un apestoso trasunto artístico entre el arte póvera de Tàpies y el action painting de Pollock.
Gastadas todas las existencias de pañuelos de papel para mis mocos, en asear un poco aquel desaguisado escatológico –avanzo, por si pudiera ser utilidad para alguien, que el papel del “Hola” es demasiado satinado para ser efectivo en tales fines-, y ya con el tiempo bastante justo, me plantifiqué en los aseos de la estación, y quiso la suerte sonreírme porque había jabón en los dispensadores, dejando el culo de mi Piña blanco sobre blanco y oliendo a rosas alergicosas, pero tan mojado como desearía mi churri que me pusiera yo misma cuando se me arrima entre tos y tos. El destino volvió a hacerme un guiño y, no encontrando papel por ninguna parte, pude secarle la derriere al can de mis entrañas con un precioso pañuelo de seda que me regaló mi amorcito el pasado San Valentín.
Al final llegamos un minuto antes de que el tren saliera y aquí estoy. Todo esto es muy bonito, no hay radio ni tele ni cobertura ni wifi. No sé cómo puñetas voy a hacer llegar este artículo al periódico, no sé si mi marido vive o muere, si ha estallado la guerra o qué, sólo puedo decir que Isabel Preysler está viejuna perdida a pesar de los retoques fotográficos y que mi Piña tiene la retranca limpia como una patena.
Te quiero, cari.
![[Img #24076]](upload/img/periodico/img_24076.jpg)
Servidora, disfrutando de su retiro.
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