Un país de irremediables fanáticos
Cuando el psicoanalista austríaco Sigmund Freud conoció a Salvador Dalí (a los dos les interesaba el subconsciente para sus obras) estuvieron hablando un rato, y al salir el artista catalán por la puerta dijo Freud: "no se puede negar que es el típico español, ¡qué fanático!". ¡Si hubiese conocido a Unamuno!
Dalí era en realidad un monárquico moderado, absolutista de boquilla, un monárquico puramente "epater", estetizante. Un "luisista" del XVIII francés más que un juancarlista. Aplicaba el fanatismo a su vida y a veces, cuando no eran encargos de millonarios americanos, a su obra, pero nunca a sus ideas políticas. Lo único que deseaba el muy liberal Dalí (uno de los poquísimos liberales auténticos que ha dejado el país, de cintura para abajo, algo fundamental en este país de monjas laicas y no laicas, y de cintura para arriba, sin nada que ver con todos esos ex comunistas que luego se hicieron del "tea party") es que el régimen político que hubiese le dejara tranquilamente ser Dalí, haciendo el muerto sobre el agua de la cala de Port Lligat sin quitarse las esparteñas. Si la monarquía parlamentaria española garantizaba eso, los fanatismos carpetovetónicos había que dejarlos para las cosas que no fuesen de comer.
Sin duda debe de haber fanáticos monárquicos en España, aunque yo no los he conocido (de hecho, casi no he conocido a ningún monárquico desinteresado, pues aquí los que se dicen monárquicos son los que socavan la institución como los más letales republicanos). Lo que sí conozco son fanáticos españoles de todas las demás ideologías y formas políticas de Estado. De todas en absoluto. Fanáticos hasta del centrismo, del "extremo centro". El español, como bien sabía Freud, es un gran fanático -porque piensa que folla poco, decía alguien- y enseguida quiere destruir cosas. Desde que se levanta hasta que se acuesta, y durmiendo. Y ahora que el Rey ha abdicado han salido todos los fanáticos del país a hablar de que hay que tirar la casa abajo. Los herederos de los perdedores de la Guerra Civil, los nostálgicos de un franquismo que han fantaseado todos estos años con que hubiesen estado mejor con un Arias Navarro que con el Borbón, los exhumadores de la "revolución pendiente" de Falange... Fanáticos de barra de bar todos. Ahora algunos de la barra de toda la vida se trasladan a la calle e incluso a las urnas, y lo llaman "Podemos".
A mí no me da miedo la República. De hecho, insisto, vengo de una tradición republicana convencida. A mí los que me dan mucho miedo son los republicanos españoles, sobre todo los nuevos, los bolivarianos de salón, que creen que cambiar el país es como un cambio de cromos. Aquellos que no han vivido los remordimientos de lo que aquí ocurrió en los tres años previos a la II Guerra Mundial, ni han hablado, por cuestiones biológicas, con los últimos supervivientes (una de las grandes experiencias de mi vida ha sido conversar con algunos de los que hicieron la Guerra, venciendo incluso su voluntad). Los que han olvidado hasta el olvido de todo un país, de cualquier bando, porque nunca tuvieron seriamente conciencia de aquello que lo motivó.
En el 31 del siglo pasado ya hubo muchos republicanos por entonces nuevos que creyeron que el ilusionante experimento consistía en quitar las referencias monárquicas en los hoteles y los trenes, siendo los mismos hoteles y los mismos trenes de Alfonso XIII. "Qué verguenza", le decían los jóvenes republicanos al escritor Julio Camba en la estación, cuando veían llegar resoplando un tren achacoso e inservible. Pero se referían, no al cochambroso estado de las comunicaciones de la época, sino a que aún no le habían cambiado al tren su viejo nombre monárquico. Hoy estamos en lo mismo. Parece que lo que realmente importa es cambiarle la matrícula al país. Sin contar los que no quieren que haya país. Como si la brutalidad del español medio, la "cuestión personal" que tiene contra la cultura, algo inaudito en toda Europa (Michel Houellebecq dixit) fuese culpa de una institución monárquica que, en mi opinión, ha prestigiado a la democracia española ante el mundo, precisamente por representar lo contrario al tradicional furor destructivo español.
Quienes han olvidado (probablemente nunca lo han sabido) por qué tuvimos que olvidar un pasado no demasiado lejano están condenados a repetirlo.






















