Palabras para la Humanidad
Andamos buscando el ciudadano 7.000 millones. Parece ser que ha nacido por Asia, donde la sobrepoblación es una constante, sobre todo en el último siglo. Sí, un nacimiento siempre es una buena noticia, una noticia feliz, una buena nueva, pero mucho me temo que, en cuanto tenga uso de razón, ese niño o esa niña y, en definitiva, todos comenzarán, comenzaremos, a conocer que las cosas andan de mal en peor en cuanto a la economía y a su reparto.
Le contaremos, seguramente, que hay demasiados niños a los que no alimentamos bien, a los que no les suministramos el agua suficiente, ni de la suficiente calidad, e incluso hay millones que mueren todos los años por deficiencias coyunturales, estructurales, y, por desgracia, por carencia de niveles éticos en la convivencia.
Los datos nos indican que los países pobres son más pobres, o, si no lo son conceptualmente, tienen cada vez más pobres, esto es, los desniveles crecen, y ese objetivo que era hacer clases medias no está dentro de aquellos que podríamos definir propios de este milenio.
Hemos conseguido combatir la enfermedad mejor que nunca, tenemos más vacunas y hallazgos que en ningún otro período histórico, pero, al mismo tiempo, las distancias en esta globalización nos esclavizan a la hora de conseguir antídotos para todos, medicinas para el total de la población (para que lleguen, vamos). Al menos, el intento podría ubicarnos más cerca de la solución, y no lo parece.
Al ciudadano (o ciudadana) 7.000 millones le diremos que hay 30 guerras vivas en el planeta, que es cada vez un poco menos azul, por la contaminación, por los cambios climáticos, por todos los residuos que generamos. Le contaremos que el dinero que es la solución para todos nuestros males anda escondido en paraísos fiscales donde no producirá nada, y, de hacerlo, será para imprimir más dinero que también será improductivo. Alguien le contará a este nuevo ser humano cuando sea un poco mayor aquella parábola de los talentos no utilizados, y se dirá a sí mismo que a dónde le hemos convidado a venir.
Hambre, guerras, pandemias, envejecimientos o concentraciones de poblaciones no siempre con los adecuados y oportunos recursos… Todo un elenco de indisposiciones que nos sorprenden como a aquel poeta que decía que estamos aún esperando a los Estados evolucionados y suficientemente avanzados, porque la pregunta es: Progreso, ¿para qué? (¿Para quiénes?)
El Fondo de Población de las Naciones Unidas indica que este mismo siglo XXI llegaremos a los 10.000 millones de habitantes en la Tierra. Se trata de un crecimiento acelerado si pensamos que a principios del siglo XX había 1.500 millones de habitantes. Todo este aumento nos plantea interrogantes desde el punto de vista laboral, económico, de salud, de convivencia, de respeto y de fomento de aspectos deontológicos y humanitarios. Las respuestas, con todas sus incógnitas, deben llegar ya, y, por supuesto, no se pueden quedar en meras teorías. El ciudadano/la ciudadana 7.000 millones, como usted o como yo, precisa saber que no perderemos por el camino esos universales por los que entiendo que tácitamente fuimos convocados a este discurrir existencial. Es una cuestión de Humanidad.
Le contaremos, seguramente, que hay demasiados niños a los que no alimentamos bien, a los que no les suministramos el agua suficiente, ni de la suficiente calidad, e incluso hay millones que mueren todos los años por deficiencias coyunturales, estructurales, y, por desgracia, por carencia de niveles éticos en la convivencia.
Los datos nos indican que los países pobres son más pobres, o, si no lo son conceptualmente, tienen cada vez más pobres, esto es, los desniveles crecen, y ese objetivo que era hacer clases medias no está dentro de aquellos que podríamos definir propios de este milenio.
Hemos conseguido combatir la enfermedad mejor que nunca, tenemos más vacunas y hallazgos que en ningún otro período histórico, pero, al mismo tiempo, las distancias en esta globalización nos esclavizan a la hora de conseguir antídotos para todos, medicinas para el total de la población (para que lleguen, vamos). Al menos, el intento podría ubicarnos más cerca de la solución, y no lo parece.
Al ciudadano (o ciudadana) 7.000 millones le diremos que hay 30 guerras vivas en el planeta, que es cada vez un poco menos azul, por la contaminación, por los cambios climáticos, por todos los residuos que generamos. Le contaremos que el dinero que es la solución para todos nuestros males anda escondido en paraísos fiscales donde no producirá nada, y, de hacerlo, será para imprimir más dinero que también será improductivo. Alguien le contará a este nuevo ser humano cuando sea un poco mayor aquella parábola de los talentos no utilizados, y se dirá a sí mismo que a dónde le hemos convidado a venir.
Hambre, guerras, pandemias, envejecimientos o concentraciones de poblaciones no siempre con los adecuados y oportunos recursos… Todo un elenco de indisposiciones que nos sorprenden como a aquel poeta que decía que estamos aún esperando a los Estados evolucionados y suficientemente avanzados, porque la pregunta es: Progreso, ¿para qué? (¿Para quiénes?)
El Fondo de Población de las Naciones Unidas indica que este mismo siglo XXI llegaremos a los 10.000 millones de habitantes en la Tierra. Se trata de un crecimiento acelerado si pensamos que a principios del siglo XX había 1.500 millones de habitantes. Todo este aumento nos plantea interrogantes desde el punto de vista laboral, económico, de salud, de convivencia, de respeto y de fomento de aspectos deontológicos y humanitarios. Las respuestas, con todas sus incógnitas, deben llegar ya, y, por supuesto, no se pueden quedar en meras teorías. El ciudadano/la ciudadana 7.000 millones, como usted o como yo, precisa saber que no perderemos por el camino esos universales por los que entiendo que tácitamente fuimos convocados a este discurrir existencial. Es una cuestión de Humanidad.





















