El libro, titulado 'Fotomatón. Cesión voluntaria de identidad', retrata a diferentes personas que se dejaron fotografiar en distintos puntos de Barcelona
Desde mediados de los 80, y a lo largo de casi 15 años, el fotógrafo murciano Onofre Bachiller hizo que personas anónimas se "dejaran" capturar por su cámara en distintos puntos de Barcelona, un proyecto que ahora, gracias al micromecenazgo, ve la luz como libro: "Fotomatón. Cesión voluntaria de identidad".
Bachiller ha logrado reunir esta misma semana -tras una campaña de mes y medio en las redes sociales- la financiación suficiente para publicar un volumen que recoge aquel sorprendente trabajo de campo, una colección de instantáneas que este murciano de 53 años comenzó a realizar en 1987, cuando aún era estudiante del Institut d'Estudis Fotogràfics de Catalunya (IEFC).
El libro, que publicará Llibres a mida en unas semanas, muestra 180 imágenes en blanco y negro, con las que Bachiller quiso saltarse algunos de los dogmas académicos aprendidos y reflexionar, a su vez, sobre el "subgénero" del autorretrato, convirtiendo a los modelos en artistas en una época en la que los "selfies" quedaban todavía muy lejanos, ha explicado el autor a Efe.
La mayoría de quienes se expusieron al objetivo eran verdaderos desconocidos, gente "normal", personas que acudían a trabajar, curiosos, jóvenes que ríen nerviosos ante la cámara, ancianos un poco desconfiados...
Pero también hay espacio para la Barcelona "anómala", aquella que no duda en desnudarse, exhibicionista o rostros conocidos de la época, como el dibujante Nazario, el travesti Paca la Tomate y otros personajes del círculo del llorado Ocaña, uno de los animadores de la revolución social que estaba viviendo la ciudad.
Onofre Bachiller aterrizó en Barcelona en 1982, escapando un poco de los "excesos" que se vivían en Madrid, una época de libertad recuperada, pero en la que sólo había logrado sacarse un par de asignaturas en la facultad de Ciencias de la Información.
Ya en la capital catalana condujo su pulsión creativa hacía la fotografía, y fue durante su última etapa en el IEFC cuando gestó "Fotomatón", a partir del estudio de los autorretratos de Manray.
Instaló durante varios días su cámara en un local de la calle Rauric, cuando el Raval era todavía el Chino, e invitó a los transeúntes y conocidos que pasaban por allí a autorretratarse, sin más, como huella de su paso por el lugar, sin saber cuál iba a ser el destino de las fotos, memoria de un instante y reflejo del paisaje humano de una ciudad que mutaba a toda velocidad.
Unos meses más tarde, repitió el "experimento" en otro local público de lo que luego sería el Gayexample barcelonés, y así, hasta el año 2000, realizaría la acción en otra siete ocasiones, en ubicaciones tan emblemáticas de la ciudad como las Ramblas, recopilando cerca de 4.500 instantáneas.
A lo largo de todo este tiempo, el proyecto de las instalaciones -que en 1989 se alzó con el premio de jóvenes creadores europeos de la Bienal de Barcelona- ha ido evolucionando de forma paralela a la visión que Bachiller tiene de la fotografía.
"Al principio, todo era intuitivo, utilizaba el primer negativo que encontraba en el frigorífico, reutilizaba material, porque entonces cada disparo contaba. La improvisación me hacía desprender de la tecnología", comenta el fotógrafo sobre unos inicios en los que era "más conceptual y despreciaba la técnica", aunque poco a poco comenzó a interesarse por ella.
El proyecto de las instalaciones, que en la Bienal de Marsella de 1989 fue catalogada como "performance fotográfica", es una obra en proceso, interpretable desde el punto de vista metodológico, puramente fotográfico, pero también desde parámetros antropológicos, una idea que además Bachiller no da por finiquitada, porque no se cierra a volver a poner periódicamente la cámara en la calle.
El creador, que en la última década presentó sin éxito el proyecto a varias editoriales para su publicación, está satisfecho de que finalmente las redes sociales y el "crowfundig" hayan permitido que "Fotomatón" viera la luz -tras recaudar los 8.200 euros necesarios-, y que haya recibido peticiones no sólo desde España, sino desde Estados Unidos, varios países europeos, Japón...
"La gente interesada lo ha apoyado, se ha podido prescindir de grandes editoriales que hubieran cobrado 60 o 70 euros por el libro y que de esta forma se puede adquirir por un tercio de esa cantidad, evitando además los excedentes de producción, porque sabemos cuántas personas lo quieren realmente", concluye el autor.

