La sociedad del cansancio
Tomo como título para este artículo el interesante, breve y relativamente reciente libro del filósofo alemán, Byung –Chul Han (‘La sociedad del cansancio’ E. Herder 2012) en el cual caracteriza a la sociedad postmoderna del siglo XXI con el apelativo de ‘rendimiento’, presidida por un exceso de positivismo u optimismo irreal, como refleja el lema ‘yes, we can’ o ‘podemos’. Se trata de dibujar un entorno social en el que todo parece realizable, mediante un exceso de estímulos, datos e impulsos en el que el objetivo es convencernos de que no tenemos límites, que todos somos capaces de ser ‘emprendedores’, tener talento, creativos e, incluso, una idea brillante y novedosa que nos convierta en más que millonarios.
En el fondo, es repetir un mensaje multimedia que nos llega por todos los canales como una especie de mantra o palabra talismán: ‘emprendimiento’. Esforzarse, maximizar nuestro rendimiento hasta llegar casi a la autoexplotación, pues somos nuestros propios jefes y nosotros ‘podemos’. De este modo, el ser humano se convierte en una ‘máquina de rendimiento’, cuyo objetivo es el funcionamiento sin alteraciones hasta obtener el mayor rendimiento.
Este exceso de exigencia que no es tanto colectiva como individual, unido a un exceso de positivismo, como he dicho, puede ser letal en un entorno difícil como el que vivimos tras más de un quinquenio de decrecimiento económico y pérdidas de cobertura para los más débiles de la sociedad, que han dejado profundas cicatrices en personas, familias y empresas. De modo que la secuela de este proceso, cuando topamos con la realidad -a veces de manera brusca-, es el cansancio, el agotamiento, el fracaso e incluso la depresión; con el agravante de que este cansancio en la sociedad definida por el puro rendimiento, es un cansancio a solas, que aísla y divide. Como señalaba Handke (“Ensayo sobre el cansancio”. E. Alianza, 2006) es un cansancio que separa, sin habla ni mirada, contrapuesto al cansancio “elocuente”, capaz de mirar y reconciliar, dado que muchas veces es un empeño individual y no colectivo o al menos compartido. Es la soledad de quien lo ha intentado todo y ha fracasado.
Evidentemente este metalenguaje no es nuevo, pues cada década parece tener una palabra mágica o icono que todo lo resume y preside a la vez. Así hemos visto desfilar en años anteriores palabras ‘mantra’ como ‘desregulación’, ‘restructuración empresarial’, ‘nueva economía’, ‘privatización’ y, hoy, la dulce y apetecible ‘emprendimiento’; de modo que todos nosotros, sujetos o ciudadanos, debemos convertimos en emprendedores de nosotros mismos. Lo cual es positivo, evidentemente, pero siempre y cuando no se utilice para esconder el clamoroso fracaso de las instituciones, los notables fallos regulatorios y las evidentes responsabilidades de algunos o muchos. Una empresa, aunque su titular sea solo una persona, es siempre un proyecto colectivo, una combinación de esfuerzos, talentos y factores, en la que no todos sus integrantes tienes que ser ‘emprendedores’, sino realizar su cometido con competencia según su propia valía y cualidades. En definitiva ‘ser empresario’ o ‘crear empresa’ no es tarea fácil y, me temo, no todos valemos para ello, lo cual no impide desarrollar nuestras habilidades y tener calidad de vida en empresas o proyectos ‘emprendidos’ por otros.
Dije hace tiempo, a finales de la década pasada, que la crisis era al mismo tiempo una oportunidad para demostrar la robustez de nuestras instituciones (el momento de la instituciones) y, hoy, tengo la sensación de que tras descubrir las grandes carencias e irregularidades de muchas de ellas, algunos quieren construir un ‘mensaje positivista’ para esconder lo realmente decisivo, que es: la falta de transformación profunda de las condiciones económicas e institucionales que son precisas para que la igualdad ante la ley, la seguridad jurídica, la inexistencia de arbitrariedad en los poderes públicos, la merecida protección de los intereses generales, la libertad económica, la segunda oportunidad para quienes de buena fe han fracasado, las posibilidades a los jóvenes que se han esforzado y formado, etcétera, se construyan desde unas verdaderas instituciones ‘inclusivas’ en la terminología con éxito acuñada por D. Acemoglu y J. A. Robinson (‘Por qué fracasan los países’ E. Deusto 2012), con tres ejes: pluralidad política, instituciones económicas que incentiven el ahorro, el esfuerzo, la inversión e innovación y medios de comunicación libres.
En definitiva, tras las cicatrices y ánimo optimista de emprender, no solo traslademos al individuo la responsabilidad de su situación, sino transformemos el escenario para que el talento y la formación de tantos jóvenes y maduros no queden ‘excluidos’ del presente y el futuro que, o es colectivo o, me temo, no será.






















