Robin Williams nunca se ha suicidado
Para un estadounidense resulta imposible, sobre molestísimo, explicar un suicidio. De hecho, para un estadounidense resulta imposible reconocer que a veces, al final, uno va y se muere siquiera de forma natural, y no hay ningún comando militar especial que pueda arreglar algo al respecto. Toda la cultura norteamericana consiste básicamente en hacer como si nadie se fuese a morir nunca. Allí nació el arte de maquillar cadáveres como si en lugar de a su funeral fuesen a acudir a un cóctel. Más aún: toda la cultura norteamericana consiste en no entender que alguien, en alguna parte del mundo, en ese momento, no tenga fijada una sonrisa en la cara. A los que sonríen poco los tienen despectivamente por europeos. Estar poco expansivo les resulta inconcebible, insultante, como si alguien retirara aviesamente la viga maestra sobre la que se sustenta toda su cosmovisión. Bajo el tono entusiasta con que se ha celebrado la desaparición del actor de comedia Robin Williams, hablando sólo de su talento, de la felicidad que repartió, del buen rollito que esparció entre toda una nación (tono entusiasta del que ha participado hasta su esposa, que habló del suicidio de Williams como si a partir de ahora la felicidad consistiese en tener una urna presidiendo el salón), se revela un rencor patriótico hacia una figura pública que estaba obligada a mantener la ficción de una energía positiva perpetua. Pero Williams no ha estado dispuesto a colaborar, aunque lo hizo durante muchos años.
Ya pasó lo mismo con el director de películas estetizantes como anuncios de colonia Tony Scott, quien un buen día paró su coche, bajó y sin hacer un guiño a ninguna cámara "reality" saltó a la bahía desde Golden Gate de San Francisco, pero de inmediato acudió todo el entusiasmo norteamericano y con toda esa energía positiva se consiguió que su cuerpo volviese en cámara rápida del mar otra vez al puente. En el ámbito público (y lo que es más asombroso, también privado) se borró inmediatamente el recuerdo del suicidio de Scott incluso antes de que lo hubiese cometido. A Robin Williams, el actor que hacía reír por sistema en sus películas cuando no venía a cuento, sobre todo para él mismo (es alienante revisar ahora su obra y advertir algo en lo que no queríamos reparar con anterioridad: lo divertido de él es que su mirada era tristísima, de payaso que se ha quedado sin niños), lo descubrió la asistenta a las once de la mañana en su recámara, colgando de su cinturón, que previamente había pillado en el armario ropero. Me recordó la muerte de mi amigo Gus Robinson, una noche que ya no pudo soportar el clima ventoso del noroeste de Inglaterra y acordándose del sol y las mujeres de España, cuando pasó una comba de boxeo por encima de una puerta cierta madrugada de noviembre y ese día ya no almorzó más. Ahora pienso que tenía la misma mirada de azul que se agrisaba rápidamente, de antiguo payaso sin niños, que tenía Williams.
Como miembro de una generación determinada, fui de los incontables veinteañeros que bebimos de "El club de los poetas muertos" (1989), la película de un director genial, Peter Weir, que ha soportado menos el paso del tiempo, no porque fuese mala, de hecho sigue siendo muy emotiva, sino porque era una película intrínsecamente joven, y eso se cura con el paso de unos pocos años. En ella Williams interpretaba al tutor que siempre hubiésemos querido tener en ese paso de la adolescencia al mundo adulto, el que viene a reparar esa sensación de pérdida del Paraíso que a todos les entra a los dieciocho, año arriba o abajo. El profesor que nos dice que la salvación, mientras se es aún joven, está en leer los poetas sensibles y a contracorriente, en hacer lo que realmente quieres sin importar la opinión de tus padres, en reírse todo lo que puedas con los amigotes y en el "carpe diem", latinajo que se popularizó en el lenguaje común a partir de esa película. Pero Keating mentía a sabiendas. Lo supimos con los años. El "carpe diem", no hace que el momento sea menos fugaz, ni menos inolvidable. Te sigues quedando con lo mismo hayas aprovechado el momento o no, da igual que leas a los poetas muertos (de hecho, mejor que no los leas y te vayas a contemplar las estrellas) porque finalmente tu foto será tan sepia como la de aquellos jóvenes jugadores de rugby del siglo XIX ya fallecidos todos hace mucho que miraban al curso de Keating desde los cuadros de antiguas promociones del colegio Keating manipulaba, pero los ojos de Robin Williams -también en esa película- eran inequívocos. El vendedor de esperanza sublime, el rey del vivir intensamente aquí y ahora ha terminado colgándose de su cinturón. Suele ocurrir.
También Richard Farnsworth, el viejo actor de westerns lleno de determinación y moral americana que detestaba las palabrotas y las conductas desordenadas -muy a lo John Wayne- y que había hecho el papel de mr.Straight ("señor recto"), en "Una historia verdadera" de David Lynch, la historia real de un jubilado enfermo que va a visitar atravesando varios estados a un hermano para hacer las paces, montado en una cortadora de césped a cinco millas por hora, dejó a Hollywood sin saber qué cara poner. La habían llamado "la película luminosa del director más siniestro". Los que no supieron ver la indescriptible melancolía de "Una historia verdadera" no se explicaron cómo el actor Farnsworth, con cáncer de huesos, se pegó un tiro poco después de estrenada la película. Siguen hablando de ella como una película optimista con mensaje final muy americano. Como seguirán diciendo que Robin Williams siempre estará con sus risas, desde las cenizas de su urna en el salón, haciendo feliz a todo un país.






















