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Opinión |
Martes, 09 de Septiembre de 2014

El profesor Barea muere cuando quiere

Cuando nombraron al profesor Barea, que acaba de fallecer, director de la Oficina Presupuestaria del primer Gobierno Aznar, tras haber trabajado con todos los sucesivos Gobiernos de España desde los primeros tecnócratas de Franco, todos dijeron que no duraría mucho, pero porque cuando fueran a liquidarlo por polémico él ya se habría muerto antes de viejo.  De hecho, hay quien pensó que Aznar eligió al viejo Barea para recortar las cuentas del arruinado Estado español y poder entrar en la Unión Monetaria ("si usted no viene, profesor, no creo la oficina") porque el sabio ya había entrado en esa edad en que el último servicio a la Patria es pegarle fuego a todo sin que te importe. Aznar, al darle un cargo de esos con los que te quedas sin amigos, creía no estar perjudicando el futuro de Barea porque el veteranísimo profesor, que cuando se metió en su primer coche oficial aún era de los que iban con gasógeno, carecía ya de futuro político alguno. Un poco, salvando las distancias, como pasó con aquel director de Televisión Española, Alberto Oliart, un antiguo ex ministro de UCD que cuando lo nombraron para el cargo a los 81 años en lo más lóbrego de la crisis, en 2009, nadie sabía lo que íbamos a enterrar antes, si a la insostenible TVE, el país o el propio Oliart (gracias a Dios, enterramos antes al país y Oliart aún vive).

 

Pero los pronósticos no se cumplieron: ni sus muchos enemigos acabaron con Barea ni se acabó él antes, sino que dimitió dignamente de la Oficina Presupuestaria a los dos años y se ha mantenido en excelente salud mental hasta esta misma semana. En esa oficina que controlaba todo el dinero del Estado había visto cosas que nosotros no creeríamos. Lo conocí durante una cena en el Rincón de Pepe, en los últimos años noventa (los del siglo XX, no los de Barea). Alguien lo ha comparado, de aspecto, con un Einstein a la española, pero a mí me recordó mucho más físicamente a las clásicas estampas de papá Geppetto del "Pinocho" de Collodi. El tiempo, y la pérdida de memoria, han aumentado esa lejana impresión porque ya no recuerdo quiénes estaban también [Img #28291]cenando en aquella mesa, y sólo veo en mi cabeza a un Barea iluminado en el restaurante rodeado de oscuros muñecos inertes y sin importancia, entre ellos yo mismo. Entonces no hacía tanto tiempo, tal vez unos meses, que Barea había dimitido de aquel organismo que se ganó, bien merecido, el odio de demasiada gente, pero Barea ya tenía ganas de contar cosas por si aquella noche era su última cena.

 

Sus batallitas eran deliciosas. Era de esos viejos que no deberían morir nunca, para contarnos anécdotas vívidas de hace mil o dos mil años. El gobernante que más le había descolocado personalmente era Franco. Un día, siendo Barea no sé qué cosa en el Comercio Exterior, lo llamó el dictador al Palacio del Pardo. Estuvo Barea media hora contándole las virtudes de ciertos acuerdos con Estados Unidos, mientras Franco, desde el primer momento, dormía en una silla y además profundamente. Viendo que no despertaba y que no había escuchado nada de la perorata, el profesor se levantó sin hacer ruido para marcharse, y cuando estaba cogiendo el portante escuchó detrás una vocecilla atiplada: "Barea, no se fie usted mucho de los americanos".

 

Me confió también que nunca se sabrá el agujero real que se encontraron en las cuentas del Estado al entrar en el 96, información que se decidió enterrar, fuera de alguna tímida gestualización en el Parlamento, por no desatar el pánico en los inversores internacionales. Era imposible recaudar tanto para rellenar ese abismo, y el "default" del país era seguro, y además cercanísimo. ¿La solución? Vender partes del Estado. Las empresas públicas, semipúblicas y parapúblicas, todo lo que no fuese de primera necesidad. Como quien echa por la borda el cargamento para no hundirse en la tormenta. "Nunca se sabrá lo cerca que estuvo España de quedarse fuera de todo", me dijo, "porque meses antes de la entrada en el "euro" no cumplíamos ni un sólo requisito de país homologable". Aún así todo el mundo en este país debió dejar de respirar para pasar de perfil. "Luego se relajó otra vez la política presupuestaria". A Aznar le dejó de hacer gracia lo de Barea. Pero nadie iba a decidir por él cuándo darlo por muerto. Ya se había largado.

 

El 5 de agosto de 2007, cuando la crisis económica ni siquiera era todavía un rumor en las grandes consultorías financieras de Wall Street, el incómodo profesor anunció profético en la prensa española: "al mi juicio, a la política económica del Gobierno español le queda medio año para hacer aguas". Así fue exactamente, y lo demás es Historia. Sus ojos saltones con inquisidoras finas venitas rojas presidirán para siempre las reuniones presupuestarias de cualquier gobierno español, como se aparecían sobreimpresionados los ojos de Drácula en las alcobas de las señoritas. Se ha muerto de verdad sólo cuando le ha dado la gana a él, no a nadie más.

 

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