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Opinión |
Miércoles, 19 de Noviembre de 2014

Un obispo que tal vez creía en Dios

Decía el premio Nobel Camilo José Cela que no le terminaba de convencer el Papa Wojtyla, Juan Pablo II, porque para él los Papas tenían que ser todos italianos. Si no eran italianos, con su "finezza" teológica, al escritor gallego ya le parecían sospechosos. A mí me ha venido ocurriendo algo parecido con los hombres de Iglesia que están siempre alegres y optimistas. Recelo un poco. Sigo creyendo que los que emplean mucho de su tiempo en la reflexión metafísica debían ser afables, pero al mismo tiempo, y a pesar de la fe, un tanto meditabundos y elegantemente sombríos.

 

Sombríos al estilo de Ratzinger cuando dijo, al renunciar al Papado y retirarse a un monasterio, aquella sencilla pero espeluznante cita evangélica cuyos significados nunca se agotan: "las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra y Dios parecía dormido". Mi colega Montiel interpretó eso como que el ex Papa había [Img #30378]anunciado al mundo, con una metáfora, que Dios no existe (¡Es lo más importante que se ha dicho jamás!, exclamaba Montiel poniendo voz de zarza ardiente). Sea como fuere, con Dios dormido o inexistente, Ratzinger, el Papa ojeroso e intelectual, siempre pareció transportar un gran peso sobre sus hombros. Siempre pareció conocer demasiadas cosas como para ser feliz siquiera un instante, lo que le daba un empaque impresionante. El crítico literario Paco Giménez, que también admira estas cosas, dice que la felicidad "es un estado propio de cerdos y psicólogos".

 

El obispo de la Diócesis de Cartagena Azagra, por contra, nunca pareció ensombrecido fruto de especulaciones cósmicas. No tenía nada de melancólico. Y aun así me admiró. Siempre me lo encontraba desembarazado y hasta ligero, a pesar de su edad, en los estudios de COPE, donde él tenía un programa y yo otro. Incluso coincidimos mano a mano en alguno. Nunca se habrá visto más extraña pareja de baile. A su lado, yo parecía oscuro y pesaroso como el Diablo. En el programa llamaban a la madre por teléfono a Pamplona, por su aniversario, y la madre, que debía andar cerca de los cien, parecía más joven y energética aún que él. Más que una madre centenaria hablando con "su niño" ya octogenario, diríanse dos hermanos pequeños entusiasmados por el mundo, con toda la vida por delante.

 

Ya era obispo emérito pero parecía que nunca en su vida hubiese pasado de sencillo párroco. Azagra llevaba siempre una enorme y pesada cruz pectoral de plata sobre el "clergyman" que en cualquier otro hubiese dado la impresión de arrastrarlo hasta el centro de la Tierra. En cambio, él la portaba como si fuese el crucificado el que lo ayudara llevándolo del brazo. Un día le atracaron por la calle a punta de navaja cerca de la catedral, robándole creo que entre otras cosas esa cruz. Compadecí, al igual que el propio Obispo, al absurdo atracador. El peso moral de ese colgante era tanto que el chorizo no debió tener fuerzas ni para llevarlo a fundir o empeñar.

 

Yo no sé si Azagra estaba siempre alegre -"estoy de bien a muy bien", solía repetirnos en la COPE-, porque tenía una gran fe en la luz eterna  tras la finitud de la vida corporal, nunca me atreví a preguntárselo. Un ministro del Señor que pierde la fe supongo que como poco se lía a puñetazos con un saco de boxeo y a beber whisky, como el padre Karras de "El exorcista". Por contra, de Azagra emanaba una gran complacencia con todo lo creado, aún siendo muy sensible a las injusticias. Era de esos hombres de Iglesia peligrosísimos porque, como dijeron de Juan XXIII, creía realmente en Dios. Menos mal que se quedó en Murcia, y aquí aunque creas en Dios nadie se escandaliza.

 

 

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