Villademar: Los ángeles existen
En el término municipal de San Pedro del Pinatar, mas cerca de Lo Pagán que de la ciudad pinatarense, rodeada de jardines, cipreses, plantas ornamentales y la paz necesaria encontramos un complejo residencial, que se inauguró el 21 de octubre de 2003, y que tuvo su orígenes en una fundación creada por un corazón caritativo y dadivoso para alegrar el último tramo de la vida de quienes ya están próximos a su final. La inauguración, según reza la placa que conmemora la efeméride, corrió a cargo del entonces presidente de la Comunidad, Ramón Luis Valcárcel y el que era alcalde de san Pedro, Pedro José Pérez Ruiz.
Villademar, que así se llama este complejo, es una moderna Residencia con todas las comodidades que hoy la vida nos ofrece y con unas instalaciones dignas de elogio. En ella están los que se encuentran en la recta final de su existencia. De origen privado, mantiene ese régimen, también posee una serie de plazas concertadas con el Servicio Murciano de Salud pues, como Hospital de Cuidados Medios y Residencia, acoge a los usuarios de la Sanidad pública. Sin duda alguna todo un lujo del que tenemos que sentirnos orgullosos todos los usuarios pues, la Administración, se afana en ofrecer este tipo de instalaciones para aquellos que no disponen de los recursos suficientes. Y lo más importante para mejorar la calidad de vida de nuestros mayores.
Esos que, con todo el cariño y respeto, yo llamo “La generación maldita”. Hombres y mujeres que, de niños o adolescentes, sufrieron en carne propia los horrores de una guerra fratricida y sin sentido. Los que no tuvieron juventud en aquella España en “blanco y negro”. Los que fundaron hogares y familias, criaron a sus hijos, en mitad de una postguerra de estrecheces y penurias. Personas a los que les faltaron todo tipo de comodidades, incluso a veces la comida, pero que supieron salir de todo aquel largo túnel buscando, prioritariamente, el bienestar de sus hijos para colocarlos en la sociedad en un puesto, en un lugar, que fuera infinitamente mejor que el que, a ellos, les había ubicado el destino negro y cruel de aquella España de las décadas oscuras en la reciente historia.
Esas personas que conocieron comodidades ya mayores. Que disfrutaron de un coche en la familia cuando los hijos habían triunfado, porque ellos no podían adquirirlo, y que ven como la vida se les escapa de las manos pero que sin embargo se aferran a ella con la fuerza de la juventud perdida para siempre. Esos y no otros son los ocupantes de este Villademar que, el destino, ha puesto en su camino para que su recta final de la vida sea mas placentera y feliz de lo que pueda haber sido hasta ahora.
Y es que, en este complejo, las personas que se dedican a ellos, a nuestros mayores, lo hacen en cuerpo y alma durante las veinticuatro horas del día. Sin excepciones.
Desde su director, Castor Pedro Escribano, al recepcionista Manuel que es la primera cara amable que te encuentras nada mas llegar al complejo y que te orienta, te saca de dudas o te ofrece aquello que andas buscando. Todos, absolutamente todos, se desviven por los que allí se encuentran. Una legión de médicos, enfermeras, auxiliares, personal sanitario de todas las escalas, celadores, psicólogos, asistentes sociales etc. Por cierto que ha sido una gran sorpresa encontrar, entre sus profesionales, a José María García, ultimo alcalde socialista de san Pedro del Pinatar y médico de reconocido prestigio en toda la Región de Murcia. Un gran profesional sin duda alguna sin desmerecer, por supuesto, al resto de sus compañeros.
Villademar cuenta con unas modélicas instalaciones. Todo tipo de salones para el relax y esparcimiento. Amplia cafetería con una hermosa terraza rodeada de cipreses y plantas, gimnasio, sala de rehabilitación, ludoteca, biblioteca, estancias de cine y televisión… Un oasis en mitad de la nada donde, en las coquetas terrazas de sus magníficas habitaciones, respiras incluso el aire marino de la laguna próxima que acaricia la ribera de Lo Pagán.
Pero si importante es el entorno mucho mas, sin duda, es el trato personal y afectivo que reciben los que allí se encuentran. He sido testigo de excepción de cómo les asean, arreglan, visten y perfuman. De llevarlos a pasear por las instalaciones del centro, los jardines o cafetería. Del extremado cariño y mimo que ponen en ello. Sin duda alguna aparte de su envidiable profesionalidad hay escondida una vocación de servicio a los demás que se manifiesta en esa caricia, esa mirada, esa acción de coger una mano ajada por el paso de los años o limpiar una lágrima que, rebelde, se escapa de unos ojos borrosos por las cataratas de toda una vida.
Les he visto. Les admiro. Como les hablan, como les gastan bromas, como los peinan o incluso, al ponerles el pañal, como les intentan hacer reír para que no vean en esa acción cotidiana menosprecio alguno a su condición de hombres y mujeres que tienen la necesidad imperiosa de utilizarlos. En definitiva tratarlos como lo que son, personas. Y hacerlo para que en ningún momento peligre su dignidad.
De verdad que los envidio. No había visto entrega tal a quien mas lo necesita. Y siempre con la sonrisa en la cara y las buenas palabras que salen de sus bocas. La caricia o incluso el beso.
Admirables profesionales.
Por eso cuando acaba el horario de visita y traspasas las amplias puertas, con las necesarias medidas de seguridad que aseguran la paz y tranquilidad de los que allí se encuentran, a la hora de partir, lejos de sentir el dolor de la ausencia de lo que dentro de la instalación te dejas, te vas con el convencimiento y la tranquilidad de que allí dentro van a tener lo que tu no puedes ofrecerles por mucho que les quieras. Que en Villademar van a tener cuidados médicos y profesionales. Que estarán pendientes de ellos para que nada les ocurra. Que serán acariciados y mimados. En definitiva que van a tener parte, gran parte, de ese amor que por las circunstancias de la vida tú no puedes ofrecerles constantemente como sería tu deseo.
Y al cerrarse la puerta, al salir al exterior, miras las estrellas de la noche en los cielos limpios del otoño murciano y al hacerlo das gracias a Dios porque, en Villademar, sabes perfectamente que el amor ha tomado cuerpo en unas personas que llevan batas, blusones y pantalones blancos o azules que son, sin duda, los colores que visten los ángeles.





















