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Opinión | El arca
Martes, 02 de Diciembre de 2014
ALBERTO CASTILLO

Aquella Navidad

En aquellos días eso del “Black Friday” era ciencia ficción pues ni siquiera, en nuestra Murcia, se proyectaban películas o series americanas para saber como se vivía la Navidad al otro lado del océano. Ni sabíamos la existencia del “Día de Acción de Gracias” o incluso de la llegada de Papa Noel. En Murcia, en aquella ciudad entrañable y recoleta, la navidad se empezaba a vivir con la llegada del día de la Inmaculada. Nunca antes. Por cierto que, en aquellos años, se celebraba el Día de la Madre, que es como tendría que ser. Nunca entendí que se cambiara a un domingo de mayo.

 

Nada, hasta el ocho de diciembre, anunciaba el tiempo de alegría que íbamos a vivir en apenas quince días. Recuerdo el trasiego, por las calles del barrio, de mujeres cargadas de ricos productos navideños camino de los hornos. En las casas no entraría ese electrodoméstico hasta bien entrados los setenta pero, aparte de eso, nada como el horno de leña de las panaderías para ultimar los mantecados, cordiales, tortas o rollos de naranja. Las calles de mi infancia olían a especias, a canela, a anís “matalauva”, a piñones y naranja. A partir de esos días, nunca antes, se desplegaban guirnaldas y brazos de luz con aquellas antiguas bombillas de apenas 125 watios pero que ponían color, estaban pintadas a mano, en una ciudad que el resto del año era en “blanco y negro” La Navidad se vivía con la intensidad de las horas y todo se preparaba para tan feliz acontecimiento. Era salir de la rutina para celebrar algo que, nuevo y diferente, era igual todos los años pero que sacaba de la anodina existencia del año a la calle, la plaza o el rincón donde se había instalado cualquier elemento ornamental.

 

Los comercios de aquellos tiempos también vivían, dentro de su modestia, la transformación del paisaje urbano y la preparación de las grandes jornadas que se avecinaban. Eran: el Blanco y Negro en las cuatro esquinas, la Alegría de la Huerta enfrente entre Trapería y Platería, el Bazar Murciano, el Águila o incluso  Ultramarinos finos Pedreño donde, primero la comida y después las golosinas ante la cercanía de Reyes hacían, de sus escaparates, la diana de miradas de miles de personas que “soñaban” con aquellos exquisitos embutidos, el huevo hilado, la confitura importada o los turrones mas exóticos si bien, no es menos cierto, que no había tanta variedad como tenemos hoy en día y eran “el blando y el duro” los productos estrella que llegaban desde la provincia alicantina. La Meca de esta exquisita dulcería.


Lo demás, el resto de productos navideños, eran elaborados artesanalmente como he dicho antes, por nuestras madres y abuelas. Aparte que no había la gran variedad de ellos como tenemos hoy. Aquellas recetas ancestrales que salían a la mesa en fechas tan señaladas se limitaban a tortas, mantecados, cordiales, rollos, pastelillos de cabello de angel, que también se preparaba en casa tras largas horas de cocción de las calabazas, y poco mas. A eso se añadían turrón “blando o duro”, frutas escarchadas, piñones y peladillas, alguna figurita de mazapán y poco mas.


La bebida tampoco tenía mucha variedad. Coñac, Porthos que era murciano. Anís Pepito, Castellana, Marie Brizard (para economías saneadas) o aquel inolvidable Anís Salzillo, hecho en Algezares, y que llevaba en su etiqueta el Ángel de la Oración. Súmese a todos estos la “mistela” también llamada “vino viejo”, el licor de menta, el de café o la “cola cortá”. No había más.


El Champan era para mesas de ricos manteles y la Sidra “el Gaitero” para el resto que tenían,así,la posibilidad de hacer los oportunos brindis con burbujas como manda la tradición.

 

Era la Murcia de finales de los sesenta y primera mitad de los setenta. Recuerdo, como si fuera hoy mismo, el día que llegó Galerías Preciados a esta ciudad. Se instaló en la plaza de Cetina, donde hoy se encuentra una entidad bancaria. Dos pisos y escaleras mecánicas. Aquella Navidad, los grandes almacenes, instalaron el primer árbol de navidad frente a sus puertas de acceso. Un abeto de mas de tres metros que obligó, a todo el mundo, a pasar por allí pues era la primera vez que se veía algo así en aquella ciudad de mi infancia.


Fueron otras navidades. Con el “hilo musical” de la EAJ-17, la histórica Radio Murcia, con la voz inconfundible de mi admirado maestro Elías Ros Garrigos y sus ya históricas “campañas de Navidad” para los necesitados. Los Auroros acuidan siempre para cantar las “coplas de aguilandos” y contribuir, con su presencia, a que los murcianos contribuyeran con dinero, ropa o alimentos para hacer mas felices las navidades a quienes lo necesitaban.


Allí estaban las voces del “Tío Antonio de la luz” o “El Compadre” trovando a todas horas para poner luz en las ondas para quien no la tenía en sus hogares. Querida campana de Nuestra Señora del Carmen de Rincón de Seca.

 

Hoy todo es muy distinto. Turrones y dulcerías varias las encontramos ya en las grandes superficies a partir de octubre, como poco. Las tortas de Pascua, todo el año en las confiterías. Las campañas comerciales también madrugan con tentadoras ofertas y los comercios instalan adornos navideños incluso nada mas aparecer noviembre en el calendario. Hoy la Navidad “madruga” tanto que ya no la esperamos como antaño. Es mas me atrevo a asegurar que, llegados los días claves, estamos un poco saturados a causa de tanto anticipo.

 

¿Era mejor o era peor? Pues no. No me atrevo a asegurar categóricamente nada y mucho menos caer en la fácil tentación de aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. En absoluto. Eran diferentes. Solo eso.


Pero si es cierto que, aquellos años, con muchos menos en nuestras espaldas las navidades eran sinónimo de felicidad, de paz, de familia y amigos. De largas veladas junto al fuego y de escuchar historias pasadas en boca de nuestros abuelos. De ayudar a llevar al horno bandejas de ricas dulcerías. De cantar villancicos por las casas vecinas y de esperar, como nunca antes, la noche mágica del cinco de enero pues, en nuestras cartas, habíamos pedido mil cosas que previamente habíamos escogido en Almacenes Coy (llamado también Mostrador de Piedra) o en el Bazar Murciano que era el palacio de los sueños donde los niños de mi generación depositábamos todas nuestras ilusiones.

Aquellas navidades………

 

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