Una sociedad que devora a sus jóvenes…
“Una sociedad que devora a sus jóvenes no merece una lealtad espontánea e incondicional”. La frase pertenece a la escritora inglesa Pat Barker y la leí en la última página de Regeneración, primera novela de la trilogía que la autora ha escrito sobre la Gran Guerra de 1914-1918, con cuya última entrega, El camino del fantasma, ha obtenido el Booker Prize, uno de los más prestigiosos de las letras británicas. Regeneración es una obra en la que Pat Barker mezcla la realidad histórica con personajes de ficción, utilizando el pasado como puerta trasera hacia el presente.
En la entrevista que publicó el diario “El Mundo” en el suplemento cultural del pasado 30 de octubre, dice la novelista en cuestión: “No me interesa la novela histórica como simple recreación o como pieza de museo. Me interesa en todo caso poner sobre la mesa las preguntas del pasado que siguen siendo relevantes para las preocupaciones de hoy”.
Es lo que hacen los protagonistas de la novela, el doctor W. H. Rivers y los soldados-poetas Siegfried Sassoon, Wilfred Owen y Robert Graves, a los que el médico conoció en el hospital de guerra de Craiglockhart. Dice Rivers, que está considerado hoy como el padre del estrés postraumático, a través de la pluma de Barker: “lo que aprieta en último extremo el gatillo del estrés, a lo que antes se llamaba histeria, es la incapacidad de poder controlar tu propio destino y de estar a expensas de fuerzas aleatorias”.
Al traer a colación la novela de Pat Barker, cuya lectura les recomiendo, no he pretendido escribir una crítica literaria, sino reflexionar acerca del estrés al que está sometida nuestra sociedad en general y nuestros jóvenes en particular, pues parece que todos vivimos bajo el influjo de esas fuerzas extrañas y aleatorias que cada día nos intentan vender el Paraíso, un Paraíso que no vemos por ningún sitio, en especial si se está parado o si se tienen menos de 35 años. ¿Controlamos nuestro destino o nos lo están controlando?
Triste paradoja la de una sociedad que cuenta con la generación mejor preparada de su historia y que ha de marchar a otro país en cuanto acaba los estudios o aceptar trabajos, como le sucede al hijo de una amiga, ingeniero de telecomunicaciones –y a tantos jóvenes que ustedes conocerán, seguro- que para sacarse un dinero y medio ir tirando, tiene que andar con clases aquí y allá, donde le salgan, o tratando de conseguir clientes para alguna de las ONGs que le sacan las castañas del fuego al Gobierno, un día sí y otro también, prestando atención urgente a las capas más desfavorecidas de nuestra sociedad.
Que esa es otra, en la que hoy no quiero entrar. La caridad siempre será necesaria, porque la desigualdad no parece que vaya a desaparecer nunca, pero una sociedad en la que es necesaria demasiada caridad es porque en ella está fallando estrepitosamente la justicia.
En fin, y vuelvo al principio, una sociedad que devora a sus jóvenes no merece una lealtad espontánea e incondicional. ¿Se merece respeto a sí misma –y me incluyo ahí- la sociedad española en los tiempos que corren? ¿Estamos sabiendo obtener alguna conclusión válida de nuestro pasado para edificar un futuro mejor y más sólido? ¿Nos hemos planteado en serio decirle a los partidos políticos hasta aquí hemos llegado, basta ya, vamos a cambiar lo que haya que cambiar y a construir una sociedad sólida y solidaria el tiempo?
Soy de los convencidos de que no existe un régimen mejor que la democracia para articular la convivencia. Pero también estoy convencido de que o hacemos una reflexión seria y profunda como sociedad y empezamos a sacar lo mejor de nosotros mismos, que tenemos mucho, o el pasado anodino y triste pudiera salirnos de nuevo al encuentro. Salvémonos a nosotros mismos. No permitamos que nadie venga a salvarnos, que ya tenemos constancia histórica de cómo acaban los mesianismos.
Preguntas sobre el pasado, reflexiones para el presente, decisiones hacia el futuro.





















