Si vas a Sakurando, pregunta por Qing
Mi amigo Qing es el maître, encargado, jefe de sala, responsable o como quiera que se llame ese puesto en el idioma chino, y lo desempeña con una cordialidad inasequible al desaliento en uno de estos interesantes y accesibles restaurantes asiáticos que han proliferado en Murcia en los últimos años, en diferentes versiones y modalidades.
Desde que decidí que la única forma de revertir parcialmente el implacable peso de los años es combatir el peso de los kilos, me he aficionado a la comida asiática, especialmente en su versión japonesa que, para disgusto de los puristas, forma parte de la oferta de este tipo de restaurantes asiáticos. Este en concreto, el Sakurando Teppanyaki, incorpora a su oferta las tradicionales planchas con cocinero cocinando en vivo y en directo y que, entre vuelta y vuelta a las verduras, la carne o el pescado, va ejecutando divertidas piruetas con la comida y las paletas para delicia y jolgorio de los comensales, especialmente si son del formato niño o adolescente.
A base de repetir –me encanta repetir en los restaurantes porque a la tercera vez me hace sentir como si fuera un consejero de Caja de Ahorros a punto de ser rescatado por el Banco de España-, he llegado a tener una relación muy cordial con Qing, personaje inteligente, agradable y simpático donde los haya. Por esta relación he llegado a saber que vino a España hace ya veinte años reclamado por su madre que ya vivía y trabajaba aquí. También supe que es de la provincia de Fuyián, frente a Taiwan, de donde proviene una parte importante de la inmigración china a España.
Lo de emigrar no me parece que sea nunca una buena idea y, de hecho, creo que sería mejor para los que emigran a España y para nosotros mismos que viajaran sus mercancías libremente hasta nosotros y que no fueran ellos los que tuvieran que abandonar su hogar para buscarse el sustento en nuestra patria. Yo nací en Cartagena y he conseguido a duras penas y con gran esfuerzo, y no sin cierta “saudade” desgarradora, moverme hasta Murcia, que apenas está a cuarenta y cinco kilómetros de mi ciudad natal. Comprendo el enorme esfuerzo de quien cambia de país o incluso de continente.
Por eso no deja de emocionarme la capacidad que tiene el pueblo Chino de desperdigarse por todo el planeta, de encontrar su sustento a base de trabajo duro y de iniciativa empresarial. Más de seiscientas empresas chinas funcionan ya en Murcia capital. Solo he conocido un comercio chino que haya tenido que cerrar sus puertas por falta de público, y solo para abrir un par de manzanas más allá a continuación. Por otra parte, es sorprendente el nivel de empleo, con mano de obra china es cierto, que son capaces de mantener, a veces contra viento y marea en plena crisis económica. Si de ellos dependiera no habría noche ni día, ni laborable ni festivo. Si hay un cliente dispuesto a comprar, allí están ellos para vender.
Sin despreciar a ninguna raza ni nacionalidad –los seres humanos somos esencialmente idénticos por genética aunque las diferencias culturales creen después abismos artificiales entre nosotros- siempre digo que el día en que vea un chino en la cola del paro, limpiando cristales en un semáforo o pasando la noche en un cajero de banco, empezaré a pensar que la economía está –en ese momento sí- a punto de derrumbarse.
No todo el mundo sabe que la diáspora china en Asia ha sido la inspiradora de gran parte del espectacular crecimiento económico espectacular de tigres asiáticos como Singapur o Malasia. Allí donde se instalan, florece el comercio y se globaliza la economía.
Voy a pedir a los reyes magos para el próximo año, que vengan a España medio millón de chinos más como los sesenta mil que ya viven y trabajan aquí, y ya veremos cómo nuestros cinco millones de parados se convierten en una cosa del pasado. Yo también creo, como Rajoy, que son los emprendedores los únicos capaces de crear empleo. Y no conozco pueblo más emprendedor que el que habita desde hace milenios las extensas tierras del Imperio.
Más artículos de Dionisio Escarabajal, en su blog del Círculo de Economía
Desde que decidí que la única forma de revertir parcialmente el implacable peso de los años es combatir el peso de los kilos, me he aficionado a la comida asiática, especialmente en su versión japonesa que, para disgusto de los puristas, forma parte de la oferta de este tipo de restaurantes asiáticos. Este en concreto, el Sakurando Teppanyaki, incorpora a su oferta las tradicionales planchas con cocinero cocinando en vivo y en directo y que, entre vuelta y vuelta a las verduras, la carne o el pescado, va ejecutando divertidas piruetas con la comida y las paletas para delicia y jolgorio de los comensales, especialmente si son del formato niño o adolescente.
A base de repetir –me encanta repetir en los restaurantes porque a la tercera vez me hace sentir como si fuera un consejero de Caja de Ahorros a punto de ser rescatado por el Banco de España-, he llegado a tener una relación muy cordial con Qing, personaje inteligente, agradable y simpático donde los haya. Por esta relación he llegado a saber que vino a España hace ya veinte años reclamado por su madre que ya vivía y trabajaba aquí. También supe que es de la provincia de Fuyián, frente a Taiwan, de donde proviene una parte importante de la inmigración china a España.
Lo de emigrar no me parece que sea nunca una buena idea y, de hecho, creo que sería mejor para los que emigran a España y para nosotros mismos que viajaran sus mercancías libremente hasta nosotros y que no fueran ellos los que tuvieran que abandonar su hogar para buscarse el sustento en nuestra patria. Yo nací en Cartagena y he conseguido a duras penas y con gran esfuerzo, y no sin cierta “saudade” desgarradora, moverme hasta Murcia, que apenas está a cuarenta y cinco kilómetros de mi ciudad natal. Comprendo el enorme esfuerzo de quien cambia de país o incluso de continente.
Por eso no deja de emocionarme la capacidad que tiene el pueblo Chino de desperdigarse por todo el planeta, de encontrar su sustento a base de trabajo duro y de iniciativa empresarial. Más de seiscientas empresas chinas funcionan ya en Murcia capital. Solo he conocido un comercio chino que haya tenido que cerrar sus puertas por falta de público, y solo para abrir un par de manzanas más allá a continuación. Por otra parte, es sorprendente el nivel de empleo, con mano de obra china es cierto, que son capaces de mantener, a veces contra viento y marea en plena crisis económica. Si de ellos dependiera no habría noche ni día, ni laborable ni festivo. Si hay un cliente dispuesto a comprar, allí están ellos para vender.
Sin despreciar a ninguna raza ni nacionalidad –los seres humanos somos esencialmente idénticos por genética aunque las diferencias culturales creen después abismos artificiales entre nosotros- siempre digo que el día en que vea un chino en la cola del paro, limpiando cristales en un semáforo o pasando la noche en un cajero de banco, empezaré a pensar que la economía está –en ese momento sí- a punto de derrumbarse.
No todo el mundo sabe que la diáspora china en Asia ha sido la inspiradora de gran parte del espectacular crecimiento económico espectacular de tigres asiáticos como Singapur o Malasia. Allí donde se instalan, florece el comercio y se globaliza la economía.
Voy a pedir a los reyes magos para el próximo año, que vengan a España medio millón de chinos más como los sesenta mil que ya viven y trabajan aquí, y ya veremos cómo nuestros cinco millones de parados se convierten en una cosa del pasado. Yo también creo, como Rajoy, que son los emprendedores los únicos capaces de crear empleo. Y no conozco pueblo más emprendedor que el que habita desde hace milenios las extensas tierras del Imperio.
Más artículos de Dionisio Escarabajal, en su blog del Círculo de Economía





















