La sombra de Grey es alargada
Parto de la base, desconocido lector, que no soy psicólogo ni me he interesado nunca por esta disciplina desde luego, pero hoy especialmente, sí me gustaría hablarles de este lío que se ha montado con la dichosa versión cinematográfica de una novela, o trilogía de ellas, que ha batido todos los records de lectores hasta ahora conocido. Vamos lo que se suele llamar, no sin cierta cursilería, todo un fenómeno social. Me refiero a ‘Cincuenta sombras de Grey’.
Tengo que reconocer, para empezar, que ha sido de los pocos libros en mi vida que he dejado a medio. Recuerdo que una buena amiga me lo pasó en versión digital para leerlo en mi ebook y que comencé su lectura un verano hace ahora dos o tres años pero me lo dejé sin acabar. No pude terminarlo, aunque quería. Se me hizo demasiado cuesta arriba. Recuerdo que me preguntaban qué me parecía y siempre decía lo mismo: “Una historia de Corín Tellado pero pornográfica”.
En mi infancia y adolescencia las novelas de la autora asturiana, María del Socorro Tellado López, eran lectura poco menos que obligada para nuestras madres y abuelas. Reconozco que he leído muchas de ellas, pues estaban en casa, como leí también muchas más todavía de aquel Marcial Lafuente ‘Estefanía’ ya que mi padre
era un gran aficionado al género y en casa estaban por docenas en aquel mueble biblioteca. Lo curioso es que compartían anaqueles con las novelas de Blasco Ibáñez, las vidas de santos de la Editorial Bruguera, el Quijote, las novelas ejemplares de Cervantes y las de Agatha Christie o incluso las ‘Aventuras de Guillermo el Travieso’ o Tintín que eran mis libros favoritos. Lo dicho, y no me avergüenzo en absoluto, que he leído muchas novelas de Corín Tellado con esas historias inolvidables de chica pobre y señorito rico o viceversa. Claro que, en aquella época, ni besos teníamos en las páginas de lectura. Faltaría más, un atentado de tal calibre a la moral católica imperante.
Pero cuando empiezo a leer las dichosas Sombras de Grey se me representan, con total similitud, aquellas historias. Niña más o menos normalita, tirando a pobre, que conoce a posible jefe que se prenda de ella al instante siendo, como lo era, mucho más rico y mejor posicionado que la aspirante al puesto. Total, la vieja historia de siempre. Pero mire usted por donde, en esta historia, aparece la ‘cama’ y mil posturas, maneras y fórmulas de placer con dolor o dolor con placer que tanto monta, monta tanto. Y perdón por lo de ‘montar’ pero es así como refiere el dicho tradicional. Lo cierto y verdad es que cuando los tortolitos llevaban ya más de trescientas páginas de hacerlo en todas formas y posturas, servidor, dejó aquello y hasta hoy. O sea que sí, lo reconozco públicamente, yo he leído la dichosa novela. No soy como esos que dicen que no ven ‘Gran Hermano’ pero luego se dispara el share y resulta que tiene más de cuatro millones de espectadores. O como esos otros que, cuando preguntas, siempre están viendo los documentales de ‘La 2’. De tal manera y de ser cierto que, la pobre cadena estatal, sería lo más visto en la historia de la televisión. Pero yo no les engaño. Yo leí trescientas y pico páginas de esa dichosa novela hasta que mi cuerpo, y sobre todo la mente, dijeron basta y ahí se cerró la aventura.
Pero debo reconocer que la novela estaba y está en manos de todo el mundo. Especialmente de señoras, señoritas y adolescentes. Todo un éxito editorial que le ha supuesto a su autora figurar en la lista de los autores más ricos de este siglo recién empezado. Como les decía antes, y perdón por la cursilería, todo un ‘fenómeno social’. Menos mal que no soy psicólogo porque me hubiera atascado en descifrar semejante enigma de atracción. No encuentro, por ningún lado, placer de lectura que me lleva a ‘verlos’ colgados, torturados, molidos a latigazos o copulando como locos boca abajo en una viga del techo.
Y ahora el éxito se traslada a las pantallas. Lleno en las salas. Lista de espera para conseguir entradas e incluso pagos astronómicos de reventa para su estreno. Esto lo entiendo menos todavía. ¿Qué está pasando en esta sociedad? No encuentro respuesta que dar desde luego.
Uno, que ya los cincuenta los lleva en la partida de nacimiento, recuerda aquella España de mi adolescencia cuando salimos de la férrea moral ‘nacional católica’ que se acabó en el mismo momento que la gruesa losa de mármol del Valle de los Caídos cerró la tumba donde metieron el cuerpo de Franco. A partir de ahí, el despiporre. Las señoras de Acción Católica protestando, la extrema derecha dando zurriagazos, algunos curas en los altares desgañitándose con las penas del infierno pero los quioscos llenos de tetas de todos los gustos y volúmenes para satisfacción de aquellos ojos que había estado ciegos tantísimos años.
Recuerdo la que se armó en los cines españoles, en todas las provincias, cuando se estrenó ‘La Trastienda’ de Jorge Grau. Fue en 1976. Película tópica de triángulo amoroso, rodada y desarrollada durante unos sanfermines en Pamplona, y que nos ofreció el primer desnudo integral de la historia del cine español. José Frade era el productor y puso como condición indispensable que el papel se lo dieran a su estrella María José Cantudo. La verdad es que en aquellos años la señora estaba extraordinariamente de buen ver. El desnudo paralizó a este país pazguato y atrasado. Luego vendría la época dorada de Interviú. ¿Qué decir de aquel desnudo de Marisol? Se vendieron millones de ejemplares y fue la revista más vendida de la transición. La verdad que la malagueña estaba preciosa en aquellas fotos y, no olvidemos, que hasta ese momento, había sido la ‘niña del franquismo’, la nuera perfecta, la que todas las madres soñaban para sus hijos pero cuando se destapó en la revista fue el sueño prohibido en noches inconfesables de millones de españoles. La niña de ‘Un rayo de luz’ había pasado a ser la preciosa mujer de ‘Una bomba de deseo’.
Pero hoy ¿qué nos aportan las dichosas sombras de Grey?, ¿qué nos traen de nuevo que no sepamos ya?, ¿necesitamos una película para excitar la libido?, ¿tenemos que ver latigazos, golpes y torturas para que se nos despierte el apetito sexual?, ¿son acaso nuestros sueños hoy el hacer todo eso con nuestra pareja?, ¿nos hemos vuelto masoquistas?, ¿vamos a volver a aquella vieja costumbre de la ‘fila de los mancos’ cuando aprovechando el cine se aliviaban muchos en la oscuridad y soledad de la butaca?
Sencillamente no lo entiendo por mucho que intenten explicármelo. Se escapa a mis cortas luces. Creo sinceramente que ya estamos todos mayorcitos para esto. Aunque les voy a confesar una cosa, antes de cerrar esta columna. El pasado verano todos los días se sentaba, cerca de mi sombrilla, una agradable abuelita que bajaba a la playa con dos nietos. Cuando los niños, tras echarse la cremita, se iban a bañar, la simpática abuelita, sacaba de su bolsa de playa la novela de las ‘Sombras de Grey’ y se ponía a leerla tan ricamente. La señora en cuestión se olvidaba de las criaturas toda la mañana y se ‘perdía’ en aquellas páginas llenas de sadomasoquismo. La cosa de la lectura no tiene edad desde luego.





















