Lo curioso es Ciudadanos, no Podemos
Lo que está sucediendo ahora con el partido Ciudadanos (C's) indica que en España no son aplicables los principios de la democracia tradicional británica, que hemos invocado todos estos años al echarlos de menos como solución a los males de la ‘casta’ política. Desde que en la Transición se instauraron las listas electorales cerradas y bloqueadas para los partidos políticos, en las que el ciudadano no votaba directamente a nadie excepto unas siglas abstractas y unas listas impuestas por la ‘casta’, quisimos que la política en España consistiese en que los vecinos de un barrio o un distrito pudiesen elegir a alguien a quien conocieran de haber intercambiado con él un par de frases, y por tanto supiesen vagamente a quien votaban, como en Inglaterra. Pero lo de Ciudadanos es asombroso, porque va en sentido contrario.
La gente está dispuesta, en un porcentaje significativo, a votar a un partido ascendente casi indistinguible de otro muy descendente (UPyD), a apoyar algo que no se sabe bien si en efecto es un partido o una sola persona de aspecto y discurso sano proyectada geográficamente en diversos hologramas (Albert Rivera), y del que en algunos sitios nadie sabe nada de sus candidatos, tal vez porque aún no los hay. No le hace falta ni hacer campaña intensiva ni tener muchos medios. Según la cadena SER, desde la penúltima a la última encuesta que han hecho Ciudadanos ha crecido 14 puntos en intención de voto en España, casi empatando con Podemos. Se nos cae la mandíbula, que dirían en Inglaterra, por lo pasmoso.
En el PP confían en que la hinchazón Ciudadanos se rebaje en cuanto se nombre algún candidato físico, con identidad, en todas las autonomías. "Entonces no habrá tanto entusiasmo, cuando la gente vea que no conoce al candidato o, peor, que lo conoce y no le convence, y Ciudadanos empezará a bajar". Hasta ahora pensábamos que con la materialización física es cuando un partido empieza a subir. La democracia inglesa operaba así, con caras, carismas, apretones de manos en cada calle y cada casa. A Ciudadanos, por el contrario, le está funcionando la idea vaga que la gente tiene de ellos. Ciudadanos inaugura en política, tal vez para su propia sorpresa, lo que el cine de serie B inventó hace cincuenta años: se pintaba un cartel con escenas espectaculares que no salían necesariamente en la película, porque la gente irá al cine por el cartel, no por la película. Más aún: a Ciudadanos no le hace falta ni el cartel. Basta un rumorcillo agradable de algunas tertulias con sentido común y un cierto aroma a recién estrenado, a colonia ‘Denenes’.
El fenómeno Podemos sorprende mucho menos que el de Ciudadanos. Lo de Podemos, en realidad, es muy viejo. La pulsión destructiva y la atracción del abismo siempre está latente en cualquier sociedad occidental, que o bien se harta de escasez o bien se harta de bienestar. En cualquier caso, se harta de que todo siga igual, porque se aburre. Hay una buena porción de gente que prefiere que España sea Venezuela, seamos claros, y que empiece el baile. La destrucción por aburrimiento de una sociedad pueden ser estallidos sociales sin razón aparente en Inglaterra, oscuros deseos supremacistas en Alemania o, en España, nostalgias de meter en la cárcel a "todos los corruptos", o de eliminarnos directamente entre nosotros. En España la pulsión destructiva de la masa forja el propio carácter nacional, sólo aplacada por períodos de gobiernos fuertes o directamente dictaduras. Ya lo decía el difunto maestro de Gramática Perona, en una doble ‘boutade’ que no era tal y que muy pocos entendieron: "hay que bombardear Barcelona cada cincuenta años" y "Franco fusiló poco", es decir, que no escarmentó lo suficiente a una sociedad a la que sólo el miedo aparta de consumirse en luchas intestinas a cada momento. Lo de Podemos no es nada sorprendente. Sí lo es lo de Ciudadanos.
De Ciudadanos casi no se sabe qué es ni quién está, si existe en todas partes, sólo en algunas o únicamente en Cataluña, pero con el caso Ciudadanos se demuestra que lo de la política británica de currarse personalmente al votante es una antigualla, propia de un viejo mundo analógico: Aquí, ahora, para que te voten, no hace falta que te vean, que te conozcan del barrio ni que te rocen. Basta con cuatro ’tuits’ recién duchados y la apariencia virtual de que eres un partido. Un caso para estudiar en las facultades de ciencias políticas mucho mejor que el de Podemos.





















