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Opinión |
Viernes, 30 de Diciembre de 2011

Camaleones y Reyes Magos

En estas fechas, por fidelidad al espíritu navideño, prometí o juré nunca más volver a hablar de la CAM... ni de sus dúctiles camaleones. Mas, debo reconocer mi absoluto fracaso, lo absurdo que son mis devaneos de eterno aspirante a periodista independiente: mis deseos más lúbricos me llevan a reincidir en mi error, a perpetuar mi condena una y otra vez. Me seduce perdidamente revolcarme con la CAM y sus maría-dolores.... ¿Qué le voy a hacer?  Empero, no debo flagelarme demasiado, sé que la llamada de la CAM es irresistible. O si no, pruebe a cerrar los ojos y a susurrar su nombre entre dientes... Vaya … a que le dan ganas de cometer cualquier barbaridad... No se preocupe, es el efecto CAM, un efecto pasajero que cambia de color con cada situación, una alucinación que nos traslada a los abismos insondables de la condición humana.

En el fondo, no es tan dañino convertirse en un camaleón, siempre y cuando se haya uno asegurado, como todo reptil que se precie, una pensión vitalicia... millonaria, a ser posible. De esta guisa, presuntamente, el antiguo comité de dirección de la caja habría firmado una póliza por valor de 57 millones de euros con una entidad aseguradora para el periodo 2007-2013, con el loable propósito de garantizar a sus trece abnegados miembros pensiones de por vida. El merecido premio a la lealtad de esos trece elegidos se consumaba con nocturnidad y suma cautela; suponía el broche de oro, nunca mejor dicho, a una carrera intachable de un equipo directivo tan eficaz; y, por ende, convenía el secreto.

No lo cree así la plataforma sindical -denominada eufemísticamente de Unidad Sindical de CAM, conformada por Sicam, UGT, CCOO y Csica- que sospecha que pudieron incurrir en delitos de estafa, deslealtad profesional y apropiación indebida; sostiene, además, que el consejo de administración no llegó a aprobar esa propuesta de retribuciones. Ese seguro, afirman, “fue contratado sin la aprobación ni el conocimiento del Consejo de Administración”, al que facilitaron supuestamente “información manipulada” que afectaría a los “estados financieros y contables” de la dolorida y dolorosa CAM. Para más escarnio, el pago de la prima, que se había aplazado hasta 2013, acabó adelantándose a 2010; e incluso algún beneficiario ni siquiera cumplía el requisito de haber permanecido los cinco años de rigor en el dichoso comité, más dichoso que ninguno.

Esta denuncia, presentada el 26 diciembre en la Fiscalía Anticorrupción de Alicante, por los mencionados sindicatos contra el ex presidente del consejo de administración Modesto Crespo y los ex directores generales Roberto López Abad y María Dolores Amorós, se añade a la investigación de la Audiencia Nacional, que dirige el mediático juez Fernando Grande-Marlaska, por irregularidades en la gestión de esta entidad centenaria venida a menos, tan a menos que ha perdido hasta el nombre. De hecho, la CAM ya es pasado; una historia para no recordar o para no dormir...

Su dudoso encanto se ha diluido como un azucarillo en un café hirviendo. De tantos pretendientes que sonaron, sólo uno (El Banco de Sabadell) -y en unas condiciones excepcionales- se ha atrevido a cargar con el peso de una institución que zozobraba en las cálidas aguas del Mediterráneo que la vio nacer. Y más de 50.000 personas que poseen cuotas participativas de la CAM, ahora sin valor, se siguen ahogando en su naufragio. No son precisamente cincuenta mil potentados; sus cuotas quedaron fuera del proceso de adjudicación de la entidad a favor del Sabadell, que no las heredó, por lo que no pueden recuperar su dinero. Los Reyes Magos de la CAM les han traído el más negro carbón de la mina más lóbrega. Haciendo de tripas corazón, algunos han tenido fuerzas bastantes para, pancarta en mano, gritar o cantar sus atribuladas penas, a modo de sentimentales villancicos, frente a la sede central de la caja en Alicante. Esas letras primorosas, que expresaban la grandeza de la solidaridad navideña, invitaban a acompañarles con zambomba y pandereta e incluso con armónico rascado de botella de anís: “Aquí, en frente, roban a la gente”. “Plazo fijo, robo fijo”. “¿Dónde está mi plazo?”...

Son sólo cincuenta mil casos aislados, cincuenta mil personas angustiadas... Y es admirable que muchas de ellas crean todavía en la integridad del ser humano, en la probidad de la sociedad y hasta en la universalidad de la justicia. Pero, en el viejo y salvaje sureste de la CAM, estos valores carecían de sentido; los indios y el séptimo de caballería se habían unido contra natura, en un pacto de sangre con el diablo cojuelo del dinero; y querían arrasar con todo... Y a fe, que casi lo consiguieron.  

Con el nuevo año, llega la hora del redentor banco Sabadell-CAM; desde su feliz alumbramiento, el destino de la caja mediterránea se circunscribe a ser el segundo apellido de un banco catalán. La otrora venerable entidad murciano-alicantina, cuyo nombre iba de boca en boca, no volverá a serlo nunca más; sus siglas se utilizarán exclusivamente en la Comunidad Valenciana, Baleares y Murcia; para el resto de los mortales, habrá dejado de existir.  

Aunque no para los cortesanos valencianos que, en su inmortalidad, viven en otra dimensión. Con la celeridad acostumbrada y la diligencia que se les supone, las Cortes Valencianas iniciarán en enero los trabajos de la comisión especial que debe esclarecer el proceso que llevó a la intervención del Banco de España. Cuando termine la investigación parlamentaria, ad calendas graecas, de la CAM no quedará sino un vago y atormentado recuerdo.


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