Murcia, de ciudad grande a gran ciudad
“Murcia, en la actualidad, es una ciudad grande. A partir de ahora será una gran ciudad”. Son las palabras que destaco de la presentación que, en el proyecto ‘Murcia Río’, pronunció el candidato a presidir el ayuntamiento de Murcia por el Partido Popular, José Ballesta, y que en este caso y por su contundencia en la afirmación utilizo de titular para esta columna.
‘Murcia Río’ es una carta de presentación que el candidato colocó sobre la mesa por lo que supone de novedosa y sobre todo por lo que significa el ‘abrir’ la ciudad al río pues, aunque parezca mentira, Murcia ha vivido siempre de espaldas a él y bastante hemos tenido con preocuparnos y ocuparnos de que sus aguas cruzaran limpias la ciudad y que los cauces y márgenes no fueran foco de cañas e inmundicias. Ahora, Ballesta lleva en cartera dar un paso adelante y ganar para la ciudad ese enclave urbano que, sin duda, sería el gran espacio de ocio y esparcimiento de la que esta urbe anda huérfana.
El viejo y cansino Thader, hoy Segura, ha sido la fuente de riqueza para este valle y a su vera, en sus riberas se ha ido desarrollando la vida del hombre hasta nuestros días. Ya en la ‘Bastitania y Contestanía del Reyno de
Murcia’ (1794) escrita por el historiador y eclesiástico Juan Lozano y Santa, el escritor nacido en Jumilla nos ofrece datos puntuales de la importancia del río para los romanos que utilizaron sus aguas, incluso para el comercio entre poblaciones. José Ballester Nicolás en ‘Alma y Cuerpo de una ciudad’ da un paso más y, el insigne periodista, nos describe como en las zonas pantanosas aledañas al actual Monteagudo, los romanos, tenían una especie de embarcadero por donde, las maderas de los frondosos bosques murcianos, (quien lo diría hoy) bajaban por el cauce del Segura siguiendo su curso hacia la desembocadura donde, aquellos, tenían pequeños astilleros para la construcción de barcas de pesca conocidas también como de cabotaje.
Siglos más tarde, y tras la invasión de Muza en el 711, los pueblos del norte de África acampan en este valle, pues según la historia, les “recordaba especialmente a las tribus de procedencia egipcia” las aguas, los paisajes y la riqueza del ‘Padre Nilo’. Sería en el 825 cuando el gran Califa Abderramán II envía sus tropas a pacificar las continuas revueltas y guerras entre las tribus asentadas en las riberas y tierras del Thader, y funda la Madina Mursiya. Hoy Murcia. Refiere el profesor Gaspar Remiro, en su ‘Historia de la Murcia musulmana’, que el poderoso atractivo que tuvieron estas tierras para los ejércitos del Califa, enviados a pacificar los territorios levantiscos y hostiles, fue precisamente la riqueza del Thader y que, ese “amplio y caudaloso” río, serviría como fuente de riqueza para la nueva ciudad creada sobre la base de un campamento militar para pacificar los territorios del califato cordobés. El gran atractivo fue el río.
El desconocido lector habrá escuchado o incluso recordará de niño, si tiene edad para ello, que el celebérrimo ‘Parque de Ruiz Hidalgo’ era la envidia de otras ciudades de España. Situado en las riberas del Segura, este frondoso parque, fue desde finales del XIX y primera mitad del XX un lugar de esparcimiento y recreo para Murcia. Paseo romántico en las atardecidas de verano. Escenario del ciclo ferial septembrino. Lugar de encuentro de los mercados de ganado todos los jueves del año y solaz de la sociedad para tomar el sol en las frías tardes del
invierno murciano. Obligado paseo de carruajes y caballistas. Lugar de encuentro y ‘escarceo amoroso’ de parejas que se miraban de lejos. En definitiva fue y era el gran pulmón de una ciudad que, en aquellos años pretéritos, miraba de cara al río. Incluso, aquel invento del Cinematógrafo, sorprendió a los murcianos en una caseta instalada al efecto para proyecciones, junto al Segura, en aquel romántico paseo que fue el desparecido Parque.
Algo parecido, pero con los avances y construcciones que da la modernidad, es lo que quiere hacer Ballesta si los murcianos le dan su voto de confianza en las urnas. El gran espacio urbano que la ciudad necesita. A lo largo del cauce la instalación de lugares de ocio. Bares, cafeterías, restaurantes… zonas de paseo y esparcimiento. Pistas deportivas. Embarcaderos para disfrute de toda la familia haciendo piragüismo por las tranquilas aguas del Segura (recuerdo aquí y ahora esa actividad hoy perdida, el piragüismo, pero que los jóvenes de mi generación practicábamos en el desparecido Club Remo) Pérgolas y zonas de césped para conciertos al aire libre. Exposiciones. Incluso un gran aparcamiento subterráneo que aliviaría en gran medida el colapso del centro de la ciudad. En definitiva, utilizando sus palabras, el gran proyecto, o proyecto número uno, de más de quinientos que irá presentando a los ciudadanos a lo largo de todos estos días.
Por supuesto, el candidato no se olvidó de mencionar otras grandes asignaturas pendientes para Murcia: el soterramiento de las vías del tren, la recuperación y reestructuración de los Rosales, los restos de San Esteban, la Fama, el barrio del Carmen o las pedanías…. Pero de todo ello hablaremos en otro momento. Hoy me he parado en el tema del río pues la idea me parece magnifica por lo que significa y representa que una ciudad como Murcia, que tiene en el río la fuente primigenia de su vida y su cultura, haya estado de espaldas a él y ahora pretendan que se abra de par en par a ese espacio que nunca debió de olvidar.
Tenemos mil ejemplos por España de cómo se han recuperado los espacios fluviales para dar vida y riqueza a las ciudades. Solo voy a mencionar tres sobradamente conocidos por todos. Muy cerca de Murcia, Elche. Un poco más alejada, Valencia, y todo cuanto se hizo en torno al Turia. Y no quiero dejarme fuera la querida Triana, en mi vieja y querida Sevilla, que tiene en todo el cauce del Guadalquivir una vida singular que la convierte en foco permanente de atractivo turístico. Tomar un aperitivo, café o copa de noche en las riberas de aquel río mirando a la Torre del Oro, para mí, no tiene precio.
Aquí, en mi amada Murcia, me imagino sentado en una terraza una noche de la canícula estival o en primavera, junto al cauce del Segura, teniendo frente a mí la vista incomparable de la Glorieta, sus frondosos árboles y, sobresaliendo entre sus ramas, la torre catedralicia iluminada. No, no es un sueño. Con las ideas que nos trae Ballesta esto puede ser posible. Y no es, ni de eso se trata, de una obra ‘faraónica’ ni nada que se le parezca. No soy hombre de números pero les puede asegurar que, visto lo visto y lo que nos explicaron en el acto de presentación, no sale nada caro y es perfectamente asequible para una ciudad como Murcia.
Ojalá pasemos de ser ‘una ciudad grande’ para convertirnos en ‘una gran ciudad’ Murcia, y los murcianos, lo merecen.






















