Imputados de primera y de cuarta
El ministro de Justicia, señor Rafael Catalá, se apresuró a aclarar el día después de las elecciones catalanas y en términos exquisitos al presidente de la Generalitat, señor Mas, en qué consiste legalmente recibir la imputación de un juez. “no significa una presunción de culpabilidad; sólo es la manera de comparecer en juicio acompañado de letrado”. En el estado de histeria colectiva del país hacia los políticos, aplaudido por cierto por los propios políticos, es bueno que alguien como el señor Catalá -al menos alguien- no haya perdido del todo la cabeza. Mas es presuntamente inocente. Como cualquier imputado.
Al señor Mas, hoy presidente en funciones, no hay que presumirle culpable de nada hasta que lo condene el juez. De hecho, de lo que se ha presumido en Cataluña haciendo grandes fiestas no es ya de su inocencia, que por supuesto también, sino de su heroicidad cívica. Héroe por imputado. Fue imputarlo por no sé qué asuntillos ilegales y Mas, de político acabado se transformó en el ciudadano más limpio y respetable de Cataluña. Lo peor es que el ministro de Justicia, aunque no nos guste, tiene toda la razón sobre la imputación de Mas. No quiero pensar que Cataluña también.
Estar imputado consiste, en la escala de golfería, esencialmente en nada. Ni siquiera para un político. No es una acusación ni una sospecha, sino una garantía legal para un ciudadano sometido a cualquier investigación. No debería hacer falta ser el señor Mas, al que España trata con un cuidado lindante con lo escandaloso, para que se le diese a la palabra “imputado” exactamente, y siempre, su importancia judicial. Pero en este país hay imputados de primera como Mas e imputados de cuarta. Imputados a los que los políticos rivales, los medios, el buen Pueblo y hasta el ministro de Justicia tratan con un delicadísimo tiquismiquis garantista e imputados a los que, sin necesidad de investigación, se trata como ya condenados y ejecutados. Y, por supuesto, enterrados. Y lo que es peor: con la colaboración tantas veces de los propios imputados, mayormente políticos o ex políticos, que aunque sean inocentes aceptan actuar como si hubiesen hecho algo malo.
En un país normal, lo normal sería considerar que el señor Mas no es un héroe cívico catalán, sino un presunto inocente que ahora mismo, dado que está sometido a una investigación, tiene derecho a presentarse en los juzgados con un abogado. Lo que usted o yo pensemos sobre Mas, poniéndonos en jarras y dando grandes voces en el bar, debería ser indiferente. En un país normal, lo normal sería extender esa consideración que tiene el señor Mas a cualquier imputado, aunque viva por debajo de Cataluña.
Pero, como digo, los políticos del país, acobardados ante la gallofa, ante la masa sedienta de postureo e hipocresía (menos el singular caso de Artur Mas), han echado carroña tóxica a los leones. Ahora casi todos los partidos pactan eso tan absurdo (y tan demoledor para la Democracia, que nunca debe ser correa de transmisión de “tertulias” y “hashtags”), de que un político debe desaparecer de la vida pública cuando es investigado por un juzgado. Es decir, debe desaparecer por la máquina de picar carne puesta en marcha por un Pueblo degenerado por lo televisivo, lo tuitero y lo facebucanero, y no por una acusación judicial, o sea, profesional.
No es bueno que el patio de vecinos se suba porque le da la gana a la chepa de las garantías legales, las cuales deberían valer para todos por igual. Ya sabemos cómo acaba eso.






















