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El inventores no fracasan, solo descubren 999 maneras de cómo no hacer una bombilla. Por norma general, los reconoceréis por sus ojos huidizos al entrar en una reunión. Los despachos no son ni serán nunca su hábitat natural. El inventor, en ese momento, se siente pulpo en un garaje, fuera de tiesto. Entonces, se percata de que en el mundo de los negocios se habla otro idioma que nunca acabarán de dominar.
Luego, ya entrados en materia, se calman y clavan la mirada en el interlocutor con esa especie de audacia que los hace únicos. Porque son únicos solucionando problemas. Casi siempre visten diferente, ni mejor ni peor, tan solo de otra manera. Es evidente que desconocen aquél refrán ruso que afirma que a los hombres se les saluda según su vestimenta, y se les despide según su inteligencia.
Cuando empiezan a hablar se descubren; el centro es la idea, no el dinero. No buscan la fama, lo que interesa es la resolución del problema, competir consigo mismos y con el universo que pone problemas a los hombres. La idea es el centro y la rabia la gasolina, porque les carcome comprobar cómo otros ‘inventos’ menores están usurpando su genial idea.
No saben de negocios, pero vienen a ver cómo pueden hacer negocio. No es por hacerse ricos, que puede que sí, sino porque necesitan el dinero para seguir inventando. O, sencillamente, porque no pueden gastarse más ahorros, comprometer más espacio en su casa o dedicar más tiempo. Necesitan ayuda para seguir inventando y parece que todos los caminos llevan a una única salida: hacer negocio.
Bajo mi experiencia, la mayoría de veces damos por hecho que los inventores se tienen que hacer empresarios, pero no nos damos cuenta de que son dos perfiles profesionales que están en las antípodas. Uno ha de ser práctico, flexible, adaptable a lo que el mercado quiere, en tiempo y forma. El otro únicamente se debe a su idea, vivirá a su capricho hasta que logre domarla.
El empresario quiere obtener un beneficio lo más rápido posible, mientras que el inventor puede mejorar su invención hasta su completa ruina. Uno explota su producto hasta el final pero, el otro, salta al siguiente reto cuando este ya está domesticado. ¡Siempre queda tanto por inventar! ¡Tantas ideas reclaman su atención!
El ‘empresario tipo’ sufre porque no alcanza los objetivos, porque no vende, porque la competencia viene fuerte, porque tiene familias que dependen de él. En cambio, el ‘inventor tipo’ sufre porque no tiene dinero, porque arrastra a su familia, porque no tendrá tiempo suficiente en su vida para desplegar todas las ideas que le bullen en su cerebro.
En cierta ocasión un inventor me contó como se jugó literalmente a cara o cruz cuál de sus dos brillantísimas ideas desarrollaba por falta de dinero. A veces la idea los absorbe como un amor arrebatador. No quieren dinero la mayoría de las veces, les basta con que su invento funcione, que la gente lo use, que su idea triunfe, que su enconamiento haya valido la pena.
¿Qué puedo hacer por ellos? Cada mes recibo a decenas de inventores en nuestra oficina. De primeras siempre empiezo ilusionándome con sus ideas, casi todas maravillosas, y acabo sufriendo porque veo que no lo van a poder desarrollar, que les falta algo, que no llegamos. Algunos no tienen casi fuerzas, por eso salen de su mundo y vienen a pedir ayuda. Otros, la mayoría, jamás serán capaces de convertirlo en un negocio, ni saben ni pueden aprender cómo hacerlo.
Yo les estoy muy agradecido de que hayan compartido su idea conmigo, al principio casi como un secreto y al final como las peripecias de un hijo. Me devano los sesos para encontrarles un apoyo, una ayuda. Y pienso: ¿qué son 20 mil, 30 mil o 50 mil euros para conseguir lo que necesitan? Y más cuando es destinado a algo que puede valer millones… o no. Porque nunca se sabe, la invención, como la ciencia, se mete en pasillos oscuros para intentar abrir una ventana que hay al fondo y que nos ilumina a todos.
Cuando se van de la oficina pienso que habría que hacer algo. Quizá, aceptar que el inventor de algo brillante, útil, maravilloso, con una demanda brutal, puede no ser capaz nunca de gestionarlo como empresa y que, si lo intentamos, lo vamos a estropear. Vienen al Parque Científico de Murcia con algo que quiere ser un plan de negocio, con unas gráficas que han tenido que diseñar porque es lo que hay que enseñar pero que, entre divertidos y angustiados, saben que es pura ficción. Porque, reconozcámoslo, han tenido que usar su imaginación para eso como nosotros tendríamos que usar la nuestra para intentar entender su invento, que para ellos es pura lógica.
Entonces siempre me acuerdo de un ejemplo, una empresa de aquí, de Murcia, en donde hay dos socios principales. Uno es un torbellino de ideas y un genio en el laboratorio. El otro es el que sabe vender. Por separado tendrían una vida laboral más o menos mediocre, pero juntos se están haciendo imbatibles. Son la extraña pareja, pero un dúo perfecto.
Ojalá fuéramos una sociedad rica o empeñada en esta idea y pudiéramos brindar el apoyo suficiente a aquellos que empiezan siempre perdiendo, porque saben adónde quieren ir, lo tienen visualizado, pero no saben si van a poder llegar. Podríamos darles lo que necesitan a cambio de permitirles hacer lo que les gusta, tan solo eso, y que los demás se ocupen de hacérnoslo llegar. Ganaríamos todos, porque cuando gana un inventor gana toda la sociedad.

