Indiscreto Rajoy, pero menos
Igual que Cyrano de Bergerac, que era un hombre a una nariz pegado, los presidentes de Gobierno españoles parecen adheridos a micrófonos indiscretos. Si todo el mundo pudo oir a Aznar en la UE lamentando "el rollo" que les había soltado a sus señorías comunitarias durante un discurso oficial, y el cartagenero Federico Trillo resolvió un galimatías documental con un "manda huevos" en sordina que le reportó una notable popularidad siendo presidente del Congreso, Rodríguez Zapatero emprendió un cursillo acelerado -y así nos ha ido- sobre economía cuando el que fuera ministro Jordi Sevilla le garantizó, en pleno mohín de perplejidad del primero, que dominaría la materia "en dos tardes". Para no romper la tradición e inscribir su nombre en las fonotecas especializadas, Mariano Rajoy se subió al carro de la historia en Bruselas dando por hecho que las reformas que restan le abocan a un huelga general.
En un aparte, aunque dentro del foco televisivo, el presidente del Gobierno le dijo a su homólogo finlandés Jyrki Katainen que la andanada que está preparando le iba a costar un huelga, afirmación que se apresuró a matizar, para ser enmendado a renglón seguido por su propio jefe de filas, el que según todos los indicios será coordinador general del PP, Esteban Gonzáléz Pons, a falta de algún otro cargo con más solera al que sin duda aspiraba el exsecretario de Comunicación del partido. Según Pons, siempre presto al lance, hay que situar las palabras de Rajoy en un contexto coloquial que no debe tomarse al pie de la letra.
Ya. Lo que ocurre es que mientras los deslices de sus predecesores en el cargo no pasan del chascarrillo, el mensaje sonoro del jefe del Ejecutivo adquiere ribetes de convocatoria. Máxime después de asegurar él mismo a viva voz que lo peor está por venir. O sea que, en medio del desbarajuste actualmente en vigor, a lo mejor la prospectiva de Rajoy no fue tan espontánea ni tan coloquial sino que tenía toda la intención en un doble sentido: por un lado, de cara al, digamos, mercado interior, poniendo la venda antes de la herida para que Dios, si no confesados, nos coja al menos con el apósito recién cambiado. Por el otro, con vistas al mercado exterior. Con su sospechosa indiscreción estaba lanzando a sus interlocutores europeos la idea de que es el campeón de las reformas, el máximo ejecutor de las medidas impuestas desde los organos de decisón -es un decir- comunitarios, el alumno aventajado, en fin, que está dispusto al sacrificio que toda huelga general supone para un Gobierno por mucha mayoría absoluta que éste tenga.
En vísperas de la reforma laboral que se avecina, que sin duda hará saltar chispas, las cosas dichas por un presidente de Gobierno, incluso en una reunión distendida entre amiguetes como sugiere Esteban González Pons, adquieren la solemnidad y el boato de las grande ocasiones. El día que empiecen a tratarnos como adultos tal vez comencemos a creérnoslos.
En un aparte, aunque dentro del foco televisivo, el presidente del Gobierno le dijo a su homólogo finlandés Jyrki Katainen que la andanada que está preparando le iba a costar un huelga, afirmación que se apresuró a matizar, para ser enmendado a renglón seguido por su propio jefe de filas, el que según todos los indicios será coordinador general del PP, Esteban Gonzáléz Pons, a falta de algún otro cargo con más solera al que sin duda aspiraba el exsecretario de Comunicación del partido. Según Pons, siempre presto al lance, hay que situar las palabras de Rajoy en un contexto coloquial que no debe tomarse al pie de la letra.
Ya. Lo que ocurre es que mientras los deslices de sus predecesores en el cargo no pasan del chascarrillo, el mensaje sonoro del jefe del Ejecutivo adquiere ribetes de convocatoria. Máxime después de asegurar él mismo a viva voz que lo peor está por venir. O sea que, en medio del desbarajuste actualmente en vigor, a lo mejor la prospectiva de Rajoy no fue tan espontánea ni tan coloquial sino que tenía toda la intención en un doble sentido: por un lado, de cara al, digamos, mercado interior, poniendo la venda antes de la herida para que Dios, si no confesados, nos coja al menos con el apósito recién cambiado. Por el otro, con vistas al mercado exterior. Con su sospechosa indiscreción estaba lanzando a sus interlocutores europeos la idea de que es el campeón de las reformas, el máximo ejecutor de las medidas impuestas desde los organos de decisón -es un decir- comunitarios, el alumno aventajado, en fin, que está dispusto al sacrificio que toda huelga general supone para un Gobierno por mucha mayoría absoluta que éste tenga.
En vísperas de la reforma laboral que se avecina, que sin duda hará saltar chispas, las cosas dichas por un presidente de Gobierno, incluso en una reunión distendida entre amiguetes como sugiere Esteban González Pons, adquieren la solemnidad y el boato de las grande ocasiones. El día que empiecen a tratarnos como adultos tal vez comencemos a creérnoslos.





















