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Opinión |
Jueves, 19 de Mayo de 2016

Patafísica y patapolítica

El último CIS lo puso en evidencia de manera palpable y la realidad lo corrobora cada día: uno de los mayores obstáculos, para muchos ciudadanos, lo sigue constituyendo la clase política en general, y la partitocracia en particular.  O al menos, esa deducción se podría extraer de una somera lectura de los resultados del barómetro 'císico', que permanentemente indica bajas presiones, y conduce a las bajas pasiones de la desafección. Así, la preocupación de los españoles por la falta de gobierno ha crecido notablemente en el mes pasado; y es ya el octavo problema de los ciudadanos. A ello hay que sumarle un alto grado de rechazo hacia nuestras formaciones políticas, que se plasma en el hecho de que uno de cada cinco españoles vea en nuestros políticos el principal problema.


A esta situación tan patente, podríamos añadirle más sumandos, como el de la corrupción y el fraude -también teñidos de políticas tonalidades-, que desasosiega a más del 47% de la población, según el omnisciente CIS. Ni que decir tiene que el paro sigue suponiendo la principal preocupación de los españoles, con un 78,4 por ciento; pero, tras el desempleo, los devaneos políticos  -y sus camaleónicas variantes-  encarnan  los mayores quebraderos de cabeza para todos y cada uno de nuestros compatriotas.


Cuando se confeccionó este barómetro se sabía a ciencia cierta que nos veíamos forzados a unos nuevos comicios. Y ya habíamos comprobado fehacientemente que pactar no entraba en el reducido vocabulario de nuestros líderes. Hoy nos vuelven a demostrar que no son capaces de ponerse de acuerdo ni para jugar al mus; ni, por supuesto, para recortar los cuantiosos gastos de una campaña, que ellos han provocado, y que estúpidamente pagaremos todos.  


De esta guisa, no tengo más remedio que volver a reivindicar la patafísica una vez más... Sin patafísica no hay paraíso. Como buenos patafísicos comamos, charlemos, bebamos y reivindiquemos los colores todos del universo, que falta hace en este tiempo tan gris, donde la mediocridad abunda. No estaría de más un doctor Faustroll en este escenario obsceno, en el que discurre esta divina comedia nuestra.


No quiero ahondar más en el triste espectáculo que han dado nuestros  ex-representantes parlamentarios, que evidentemente no se han ganado el sueldo y han suspendido con estrépito este curso parlamentario, reducido a apenas un trimestre. Harían bien en seguir los postulados de la patafísica; que para la 'pata-política', ésa que se caracteriza por meter la susodicha, siempre tienen tiempo... Ojalá, de ahora en adelante les ilumine la deletérea y evanescente patafísica, la ciencia de las soluciones imaginarias. En un país tan irreal como el nuestro, quedan pocas alternativas: la imaginación y la patafísica, o el esperpento y el callejón del Gato.


El CIS -y lo que no es el CIS- nos describe un panorama muy conocido, demasiado conocido. Y no quiero entrar en sus sabihondas predicciones electorales. Pero, sin que consultemos al Oráculo de Delfos, el horizonte que se adivina no varía sustancialmente de lo que ahora vemos a través de la ventana del pasado 20D. El complejo ejercicio cabalístico que hechizará a propios y extraños en las próximas semanas, a medida que avance esta batalla campal que se avecina, no va a conseguir sino añadir más hartazgo sobre el hastío predominante. Acabaremos todos hasta más arriba de la estratosfera de estas elecciones. Sólo despertaremos el 26 de junio a partir de las 8 de la tarde. Si sobrevivimos. Al día siguiente, indefectiblemente se reiniciará el juego de unos contra otros.

En una tierra como ésta, donde reina el desconcierto y aparecen nombres envueltos en panameños ropajes como por ensalmo, nos hacen faltan muchos remedios patafísicos, tanto como en la Grecia de Aristóteles era necesaria la filosofía. Sus imaginativas propuestas nos permitirían encontrar los aromas, texturas y sabores que creíamos olvidados, los de una convivencia en libertad.  Porque el objeto de la gobernanza debe ser ‘la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad no es otro que el bienestar de los individuos que la componen’; así lo entendía la Pepa, la añorada Constitución de Cádiz de 1812.  


Han transcurrido 204 años y no hemos aprendido nada. Ése debería seguir siendo  nuestro objetivo; por muy cándido que parezca, hay que recuperar la felicidad como derecho. Pero ya saben que nos espera todo lo contrario; en esta campaña, se nos prometerá de todo... menos felicidad. Hasta tal punto de cinismo no llegan todavía. Aunque lloverán buenas palabras, torrentes de buenas palabras, con mayor o menor acierto retórico... Parafraseando a Larra, digo con él que las palabras buenas son aquellas que no dicen nada. Como por ejemplo: prosperidad, justicia, regeneración, responsabilidad, progreso, reforma... Éstas no tienen un significado concreto, hay quien las entiende de un modo, y hay quien las entiende de otro; y hay, por fin, quien no las entiende de ninguno. Y a buen entendedor, pocas palabras bastan.

 

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