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Opinión |
Miércoles, 08 de Junio de 2016

Muhammad Ali, el malo

Al ex boxeador Muhammad Ali le han hecho falta treinta y cinco años de sufrir Parkinson para que todos por unanimidad hablen maravillas de él como persona. Cuando si algo no fue mientras estuvo sano, desde luego, es buena persona. Los genios mediáticos se pueden permitir ser lo peor, pero además que la gente valore sus mezquindades con simpatía. Como saben los que triunfan en España, la única manera de que te perdonen el éxito es padecer una enfermedad humillante. Al parecer, pasa lo mismo en el resto del mundo. El triunfador Ali, al que hemos visto morir al ralentí, ha sido perdonado y hasta elogiado por las crueldades perpetradas mientras pudo permitírselas. De modo que hasta las víctimas de su despotismo creen recordar ahora la historia como no ocurrió. Cada vez más, el pasado es algo impredecible.

 
De Ali nadie dice aquello del actor Steve McQueen, cuando falleció abrazado a una Biblia: “fue un hijo de puta mientras vivió, y seguirá siendo un hijo de puta después de muerto”. Nadie habla ahora mal de Ali, porque tan larga enfermedad neuronal lo transformó en un hombre considerado y, sobre todo, más callado. Pero el que [Img #43489]llamaron 'bocazas de Louisville' fue un auténtico malvado durante el período más esplendoroso de su vida. Simplemente hasta donde le alcanzaron las fuerzas. Hizo mucho por la emancipación negra y el antibelicismo, pero maltrató a gente a propósito, hasta su destrucción. Ahora que lo pienso, un auténtico héroe de la izquierda: amor por la humanidad y odio hacia las personas concretas, sobre todo a los que le habían hecho el bien. Cuando se le declaró el Parkinson a principios de los años 80 ya se había ido el campeón y había llegado el ser humano, pero es dudoso que siquiera se saludaran al pasar. Parte de la técnica boxística ganadora de Ali consistió en vejar a sus contrincantes para que, si se recuperaban de sus puños, no lo hiciesen jamás de sus palabras. Aquello fue mucho más allá de las típicas bravatas antes de los combates. Hizo todo el mal que pudo, a todos los que pudo.
 


George Foreman, hombre noble, entró en una grave crisis existencial tras la pelea en Kinsasha contra Ali. Pero tal vez no fue por el KO con que su contrincante le sorprendió tras hacer con sus puños un velocísimo movimiento como si desenredara un ovillo de lana, sino porque durante las seis semanas previas Ali había recurrido a lo más bajo contra él, como demagogo sin escrúpulos que era. A Sonny Liston (“No eres nada”), que no podía defenderse porque casi no sabía hablar, y sobre todo a Joe Frazier, que había salido de la miseria y había ayudado a Alí en todo cuando lo necesitó, les ocurrió igual. Frazier, en su vejez, dijo algo sobre la enfermedad degenerativa de Ali que debemos someter al menos a una reflexión: “lo que haces en tu juventud vuelve para morderte el trasero al hacerte mayor”. Demasiados no volvieron a ser los mismos tras las heridas producidas por los golpes verbales de Muhhamad Ali. “Echao palante” como era, nunca tuvo la gallardía de pedir perdón en persona. Ahora sus necrológicas hacen pensar que se nos hubiera muerto Paulo Coelho, o u otro santón del pensamiento positivo. Las frases motivacionales atribuidas a Ali, muchas de ellas inventadas porque son tan tontas que jamás las hubiese pronunciado alguien tan inteligente, inundan estos días el Facebook. Cualquier pareado pastoril que se le ocurre a una poetisa adolescente se pone firmada por Muhammad Ali.  
 


Con un boxeo al que le está ocurriendo como a los toros y la imparable estupidización del planeta, al final Muhammad Alí va a quedar como un autor de frases para carpetas de colegialas y como el tipo que se le ocurrió el lema publicitario de Nike: 'Impossible is nothing'. Esta será su condena, y no el Parkinson.

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