La culpa es del pueblo
A los votantes españoles se les ha dado la oportunidad este mes de junio de tener un resultado electoral distinto que haga el país gobernable y sin embargo van a votar más o menos lo mismo que la vez anterior. Volvería hacer lo mismo en unas terceras elecciones. Sencillamente, los españoles ahora mismo no están preparados para votar nada.
Las sociedades enferman por distintas causas –temporalmente o en algún caso, como la sociedad argentina, parece que para siempre- y ésta es una de esas ocasiones. Está claro quién tiene la culpa de la situación en la que estamos y hacia la mucho más nefasta que nos dirigimos. Por supuesto, el pueblo. Los políticos españoles, aún con su altura mediocre, y en algunos casos nefasta, han demostrado estar por encima del nivel de sus electores. Ya quisiera el Pueblo español tener al menos el nivel de sus mediocres y en algún caso nefastos políticos. En una sociedad teóricamente mayor de edad, la responsabilidad de lo que ocurre es del Pueblo español, no de los corruptos ni de Venezuela.
Estaba equivocado cuando escribí que, contra la general opinión publicada, nuestros políticos eran simple fermento de la sociedad de la que salían, y que los dos, políticos y sociedad, eran de la similar calidad y pelaje. No. Pequé de modesto. La sociedad española es un submundo inferior al de sus políticos. Hay al menos seis millones de personas dispuestas a votar a una opción que va contra todo nuestro sistema de vida occidental y toda nuestra libertad, más otros diez millones aproximadamente que no irán a votar porque les da igual esa posibilidad muy cierta. Total, en España hay más de dieciséis millones de tipos a los que no les confiaríamos a nuestra abuela para que la ayudasen a cruzar el semáforo. ¿Se puede ir así a algún sitio que no sea el precipicio?
Esto de España tiene cada vez peor pinta, pero eso no es sólo un detalle estético, sino moral. Por poner un ejemplo, la madre de Pablo Iglesias le echó hace poco una bronca a éste por el aspecto de “zarrapastroso” del disfraz de cutre que lleva habitualmente, sin caer que la superficie en Iglesias es, justo, el contenido. Es una transpiración al exterior de su catadura. Algo que sí advirtió la madre del mafioso adolescente Henry Hill en “Uno de los nuestros” de Scorsese, al verle aparecer en el honrado barrio residencial con traje de alpaca y zapatos bicolores: “Dios mío, pareces un gángster”. Justo lo que era. Iglesias, en cambio, le dio su coartada a la madre de por qué va lo más antiestético posible: “es como visten mis electores”. El problema no es como visten sus electores, como el problema del mafioso Henry Hill no eran sus zapatos bicolores. El problema es cómo son esos electores. Exactamente como parecen.
Este es un país extremista y desquiciado que, al revés que en Alemania, Francia o cualquier otro donde la gente no tenga un asunto personal contra la cultura, impide que sus partidos moderados pacten entre sí porque les retirarían en el acto el voto, en masa. Lo que sucedería indistintamente si el PP apoyara un Gobierno del PSOE o si el PSOE apoyara un Gobierno del PP. Esto es lo que sucede en un país secularmente brutal donde la gente no viene duchada a la democracia. Como dijo alguien, en una frase que no me parece una “boutade” a la francesa sino puro realismo carpetovetónico, “la democracia es una cosa demasiado importante como para dejarla en manos de los votantes”.





















