El cambio de hábitos es la fórmula de la excelencia
Federico Sceriffo es un piloto de coches de “conducción extrema”. Lo conocí ayer viendo el video que adjunto en este post donde sube una carretera infernal de montaña practicando una modalidad que se llama ‘drifting’ (derrape) con la que logra tener el control de su coche en todas las curvas dando ‘bandazos’ mientras hace deslizar la parte trasera del vehículo sin perder el control.
Nada más verle me surgió una pregunta poderosa: ¿qué es
lo que me diferencia de él? Evidentemente el hecho de que yo no sé hacerlo. Y sucesivamente me pregunté: ¿qué es lo que yo sé hacer entonces que él no sabría hacer? Sí porque si él se ha dedicado mucho tiempo a entrenar esto, seguramente habrá restado de su vida otras cuestiones a las que yo habré dado mayor importancia.
Todos podemos destacar en una disciplina si le dedicamos el tiempo que requiere. Y el tiempo precisamente es lo único que posiblemente Federico y yo compartamos: tanto él como yo nos levantamos cada mañana y tenemos a disposición el mismo tiempo. 24 horas.
La cuestión para lograr la excelencia entonces reside en que es lo que cada uno de nosotros hace con el tiempo que le es concedido. Y esto básicamente tiene que ver con las decisiones que tomamos y los hábitos que forjamos.
El hábito es la unidad básica de la psicología, tal como el átomo lo es para la química. Al igual que el átomo se descompone en neutrón, protón y electrón, el hábito se puede descomponer en conductas, creencias y recompensas emocionales asociadas.
Un hábito es la resultante de un comportamiento o patrón de pensamiento que, repetido en el tiempo, se consolida de manera estable que se activa cada vez que se generan ciertas condiciones previas. Por ejemplo en ciertas personas puede ser un hábito el de evitar mirar a los ojos. Este hábito es posible que se forje como resultante de una estrategia de acción ante ciertas situaciones que la persona ha experimentado en pasado y que, a través de esa forma de actuar, le haya aportado un cierto beneficio o recompensa emocional, y que, gracias a ella haya supuesto un aprendizaje para afrontar futuras situaciones en las que el patrón se repetirá consolidándose, por ejemplo:
Padre: mira fijamente al hijo y le pregunta en tono inquisidor donde puso una herramienta que su hijo cogió de su caja sin permiso.
Hijo: evita mirar a los ojos para evitar la confrontación y le contesta diciéndole que la puso en el cajón de la cocina.
Recompensa Emocional: al evitar la mirada el hijo experimenta una sensación de alivio (estrategia de afrontamiento de situación estresante) que le permite superar esa circunstancia con mayor comodidad.
Aprendizaje: si evito mirar a los ojos, me siento más cómodo a la hora de hablar o afrontar situaciones tensas.
Qué duda cabe que ese hábito, mientras sea un niño, no cause inconveniente alguno. Pero imaginemos que ese niño crezca y el trabajo que realiza le pone ante un nuevo reto de ser jefe de equipo. Tendrá que negociar con ciertas personas y afrontar situaciones de conflicto. Una persona que quiere ser un buen negociador, tendrá que saber mirar a los ojos, por lo que lograr la excelencia se convierte en la necesidad de identificar que hábitos ha de cambiar, extinguir o modificar. Y este puede ser uno de ellos.
Volviendo al paralelismo con la química, al igual que los efectos de partir un átomo, según de que material se trate, pueden consistir en detonar una fuerte energía, los efectos de romper un hábito pueden ayudar a una persona a liberar un gran potencial.
Los deportistas pasan horas y horas mejorando vicios adquiridos en ciertos movimientos (pensemos en el tenis o en las artes marciales o en los deportes de motor) cuyo beneficios de ese cambio pueden suponer un resultado importante. Un ejemplo es el trabajo de la biomecánica de las artes marciales: cambiar el ángulo de una patada en Kung Fu cuando una persona tiene tendencia a abrir en exceso la pierna o a no cargar adecuadamente el golpe, puede otorgar muchas más explosividad a su movimiento. Sin duda su hábito es el de una tendencia que parece “natural” a abrir o cerrar en exceso la pierna: pero si quiere lograr un mayor nivel de ejecución tendrá que ir en contra de eso que le parece natural y que sin embargo es un movimiento que simplemente le resulta “más cómodo” realizar de esa manera, pero no necesariamente más eficaz: lo cómodo pocas veces coincide con lo eficaz, y nunca con lo excelente. Al contrario, la excelencia se basa precisamente en ir más allá de lo que habitualmente resulta cómodo: porque tarde o temprano todo lo que hacemos, en el momento en que se convierte en hábito, es decir en cómodo, será indicador que he habremos logrado el máximo nivel de incompetencia con respecto a lo que se sitúa en el siguiente nivel de ejecución. Y siempre hay un siguiente nivel. Bien logramos nosotros llegar e ello, o más pronto que tarde llegarán otros.
Por estas razones no es tan fácil romper o cambiar un hábito de manera estable: hay muchos mitos alrededor, como ese bulo de los 21 días, el de las 10000 horas de entrenamiento, o los famosos cambios de historia que promueven los gurús de la PNL: si bien lo de los 21 días y lo de la PNL no encuentran un fundamento científico en sus resultados, el límite de las 10000 se tribuye no tanto a los cambios de habitos, sino al logro de un nivel de ejecución excelente y proviene de una investigación de Anders Ericsson, psicólogo de la Universidad de Florida, usando como muestra un grupo de violinistas. El verdadero hallazgo de Ericsson no reside en que son necesarias las famosas 10000 sino en que para ello los implicados necesitan de aplicar un esfuerzo extra consistente un prestar atención a lo que hacen, identificando el feedback que le ayude a cambiar, modular y ajustar su rendimiento de manera constante. Es decir, 10000 horas no bastan si no se pone atención plena en lo que se hace.
Para lograr la excelencia parece entonces muy importante identificar los hábitos implicados en un determinado ámbito de actuación, y luego tratar de cambiarlos, extinguirlos o integrar nuevos que ayuden al logro de ese nivel óptimo.
Un entrenador, un maestro, un mentor o un coach pueden ayudarnos en prestar atención a ese feedback, pero si realmente queremos cambiar de habito tendremos que recurrir al psicólogo. El psicólogo, así como el químico, es quien sabrá cómo ayudarnos a manejar esa unidad básica de comportamiento, actuando sobre creencias, conductas y emociones con precisión y control.





















