Rita la excesiva
Rita Barberá representa perfectamente todo el exceso de un determinado territorio español. Mucho más allá de una persona o un partido, o unas determinadas prácticas en años de bonanza económica, es una mentalidad, la levantina, que al materializarse hacia el exterior lo hipertrofió todo, lo exageró todo –supongo seguirá exagerándolo todo, ahora dándoselas de procatalanistas, limpios y de izquierdas, como si hubiésemos nacido ayer y no nos acordásemos de que, cuando la burbuja, todos éramos de los nuestros-. Una mentalidad fallera convertida en una masa informe, rozagante, bronceada y algo hortera que, cuando la dejaron, llegaba al menos hasta Cerdeña, amenazando con conquistar el mundo.
Insisto, no es cuestión de siglas políticas. Valencia, en los años de la burbuja, no era una provincia, sino un ente orgánico gigantesco que lo devoraba todo. Todo era un gran turrón de película de Berlanga, una película coral a la berlanguiana donde todo el país quería ser Valencia (incluso Cataluña por entonces quería ser Valencia), y no pocos acabaron siéndolo de verdad.
Yo, a principio de los años 90 escribía desde Murcia en un periódico de Valencia, y además sobre asuntos genuinamente valencianos de los que tenía muy ligera noción, desde la cría de la chufa hasta los trueques por obra pública a empresarios que ya acometían muchos ayuntamientos, esperando la orgía de la década siguiente. Cuando algún lector ofendido me quería insultar y con razón, llamaba al periódico donde no estaba, y me llamaba “alicantino” y “mesetario”. Hasta tal punto lo valenciano era ya una proliferación descontrolada de células que se creía que Alicante era también la ascética meseta, poblada de muertos de hambre, comparado con cómo se las gastaban en la capital. Era cuando el presidente Zaplana tenía los labios morados de tantos rayos uva y la jefa de prensa más atractiva de toda Europa.
El apogeo tanto volumétrico como político de la todavía senadora y expulsada del PP Rita Barberá coincidió con la época en que en medio de la noche, en alguna parte pérdida de La Mancha, no se escuchaba ese característico zumbido de abejas que es el silencio, sino siempre un lejano eco que venía del este, de petardos lejanos inaugurando alguna urbanización en la que al día siguiente la hija adolescente de Aznar haría su característico posado. Si una mascletá se pudiese antropomorfizar, tendría la vera efigie de Barberá, que cuando abría los brazos para abrazar al entero pueblo valenciano era algo más grande que la vida, más ubicuo e insidioso que el “caloret” en verano.
Es un personaje excesivo, como una convención de jeques del Golfo Pérsico reunidos en una sola persona, una imagen perfecta para encarnar el desparrame intrínsecamente levantino, y por eso la votaban abrumadoramente y ahora abrumadoramente la echan. Y que ahora la echen por mil euros, mil putos euros que encima no hay constancia de que cometiese delito alguno, es una vergüenza. No para ella, sino naturalmente para los hipocritones que la juzgan. No hay derecho. Nunca debieron aceptar los políticos esa estupidez de irse de su carrera, de la carrera de toda una vida, por que meramente les abran juicio oral. Por mil euros no merece la pena que termine la gran odisea levantina en la historia de España. Ella hubiese merecido un final también excesivo. No sé, Rita haciendo el titanic mientras Valencia se sumergía para siempre en las aguas.
A Fraga le cabía España en la cabeza, pero en Rita caben, sin faltar ni un día, aquellos años locos en los que todos los españoles participamos en alguna medida del festolín. Cuando ella dijo aquello de “qué hostia nos han dado, qué hostia”, en realidad representaba la que nos llevamos los españoles cuando reventó la burbuja. Ahora no nos acordamos de lo felices que éramos todos viendo que nuestros amigos tenían picassos colocados junto al wáter. Siempre había yates en los que nos llevaban los amigos y nadie protestaba, porque toda España estaba en lo mismo. El fulgor de Rita Barberá vestida de rojo una noche cualquiera de Valencia hacía que medio planeta pareciera arder en un incendio, visto desde el espacio. Y que, después de todo eso, la echen por mil euros que no ha robado, indigna a cualquier persona que tenga una mínima noción del “clímax” que debe rematar toda bonita historia. Todo está corrupto ahora, sí, pero de impostado puritanismo.





















