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Opinión |
Jueves, 01 de Marzo de 2012

Criminalizar a los parados

Detrás del proyecto, larvado al principio y explícito después, de utilizar a los parados que cobran el desempleo como una suerte de brigada de intervención rápida destinada a ejercer misiones sociales de manera forzosamente voluntaria so pena de perder la prestación económica, parece ocultarse un intento de criminalización que sigue un guión minuciosamente escrito -sindicatos, estudiantes, funcionarios- del que quedan excluidos los evasores fiscales de cuello duro y terno impecable y aquellos administradores públicos que nos han llevado al punto de no retorno en el que nos encontramos con su derroche de recursos y su enfermiza afición a construir inútiles pirámides con las que pretendían pasar a la posteridad mediante la tradicional placa inaugural atornillada en el lugar más visible del vestíbulo.

Si en el inicio de los recortes salariales aplicados a los servicios esenciales hubo políticos con pedigrí que justificaron las medidas de ahorro haciendo el mismo ruido que una estampida de elefantes en una cacharrería al ver en los docentes, pongamos por caso, a unos redomados vagos, ahora le ha tocado el turno a la parte más débil de una cuerda con la que ahorcarse tan ricamente y que sigue tensándose como si tratara de una goma infinita.
 
Los nuevos galeotes que presuntamente se incorporarán a la cadena de montaje común son más de cinco millones sobre los cuales el presidente de la CEOE, Juan Rosell, ha dejado caer la sombra de la duda al deslizar la sospecha de que, curiosamente, los expulsados del mercado laboral únicamente encuentran faena cuando están a punto de dejar de cobrar el paro. Aún dando por hecho que en todos los sitios cuecen habas y de que hasta el más tonto hace relojes, la generalización es injusta en la misma medida que lo sería atribuir al común de los empresarios comportamientos irregulares o abiertamente corruptos en la gestión de sus empresas y en sus relaciones con las corporaciones locales y autonómicas.

Tras la reforma laboral puesta en marcha por el Gobierno que, se mire por donde se mire, abarata el despido hasta convertirlo en una ganga, los empresarios y sus aliados políticos aducen con la cadencia de un mantra que a nadie le gusta dejar a la intemperie a sus trabajadores. En la misma línea argumental deberían tomar en consideración que a nadie, o a muy pocos, les gusta engrosar las nutridas huestes del desempleo después de décadas laborando por cuenta ajena y, de paso, cotizando para mantener un sistema que muchos eluden con artificios contables e ingeniería fiscal solo al alcance de las economías más poderosas.

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