Americanos paletos, dicen los paletos
Napoleón Bonaparte dijo de los españoles que se creían más listos de lo que eran. No sé si más listos, pero desde luego sí más cultos de lo que la realidad puede probar. Respecto a nuestras auténticas inquietudes culturales como pueblo somos, por decirlo con prudencia, poco realistas. Nos las damos de cultos y europeos cuando la realidad es que, como declara otro francés, el escritor Houellebecq, que nos conoce muy bien porque ha tomado copas en los puticlubs para camioneros entre Albacete y Almería (eso sí que es tomarle el auténtico pulso a nuestra sociedad), “los españoles tienen algo personal contra la cultura”. Es decir, nos sentimos personalmente insultados por aquellos que saben de algo.
Siempre ha sido así, pero la cosa ha ido a peor en la “era de la (supuesta) información”. Los españoles siempre han sido una excepcionalidad cultural digna de observación y deberíamos mantener un prudente silencio cuando se habla de la ignorancia masiva de otros pueblos. Uno de los espectáculos contemporáneos más inenarrables es escuchar a un español decir que los estadounidenses pobres o del interior son incultos y patanes y que por eso han votado a Trump. Hombre.
Eso de la incultura del americano rural lo puede decir un finlandés, por ejemplo, que lee de media tres periódicos diarios. O incluso un griego, esos “cenicientos” económicos de Europa, cuyo consumo de prensa -¡y prensa de papel!- está muy por encima porcentualmente de lo que jamás hemos soñado aquí ni en los mejores tiempos de las rotativas. Eso de la incultura del americano rural lo puede decir casi cualquiera en Europa. Pero desde luego no lo puede decir un español. Un español, cuando se habla de lo burros y lo manipulables intelectualmente que son en cualquier parte del mundo, incluídos los habitantes de la tundra esquimal, debería cambiar inmediatamente de tema y mirar a otra parte por una mínima decencia y reconocimiento de las propias limitaciones. Me maravilla que gente muy suelta de cuerpo que escribe “ola ke ase” en su whattsap esté ahora mismo arreglando el planeta en la barra de los bares haciendo estudios muy pormenorizados de lo que los granjeros y paletos norteamericanos serían capaces de acertar si jugaran al “trivial pursuit”. Como si aquí no tuviéramos al menos siete millones de personas, casi una de cada seis de la población total del país, dispuestas a votar a ciegas, según encuestas de la semana pasada, a simpatizantes de los terroristas de ETA o a redomados comunistas del modelo de la banana (¡si al menos nuestros neocomunistas fuesen estalinistas serios!). Un poco de serenidad.
España era el país a visitar durante el romanticismo europeo porque se nos consideraba un país ajeno a la civilización. Rousseau admiraba nuestro asalvajamiento, “el último país con verdadero carácter de Europa”. Traducción al lenguaje coloquial: éramos exactamente aquello que empezaba donde se acababa Europa. España no era la puerta de Oriente. Era puramente Oriente. Un territorio donde te podía pasar cualquier cosa en cualquier revuelta del camino. España era algo así como una polvorienta carretera secundaria que lleva a un pueblucho del “Cinturón de la Biblia” lleno de lugareños psicópatas. Pero para las barras de los bares españoles, y esa extensión de las barras de los bares en que se han convertido los medios periodísticos, en Estados Unidos vive gente muy rara e inferior que no lee el 'Parerga y Paralipómena' de Schopenhauer cuando deja de recoger el algodón, y de ahí sale el resultado de Trump, al que por cierto ha votado la mayoría de jóvenes blancos con estudios superiores. Pero no vamos a dejar que los hechos nos estropeen la fiesta.
En el fondo no me extraño. Vivimos en un sitio absolutamente descabalado donde va dando leccioncitas sobre la democracia mundial y cultura política fina ese bigotudo populista asturiano cuyo máxima contribución a la mejora de la ciudadanía es que regala muy buenos botes de anchoas.






















