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Opinión |
Miércoles, 23 de Noviembre de 2016

Han matado a Rita dos veces

Pese a ser una difunta sobre la que antes de morir ya se decretó la brutal muerte civil sin pruebas, hay que preguntarse por un momento, aunque eso sea incómodo para la masa (siempre de fiesta “non stop” en esto de la corrupción), qué ocurre si al final resulta que la ex alcaldesa de Valencia Rita Barberá era una persona inocente. Vaya, vaya, si resulta que es inocente, a ver cómo la resucitamos, si no el cuerpo al menos la fama.
 
De momento la jauría española ya ha matado a está mujer caída en desgracia al menos dos veces en el lapso de unas pocas horas: con el fulminante infarto siendo aún joven, porque las muertes civiles suelen traer del brazo a las biológicas, y ese mearse sobre su tumba aún abierta y tibia a cargo del partido de siempre, Podemos, representante autorizado de toda la canalla del país, que, como los niños crueles que luego con poder se convierten en una mezcla entre Calígula y Heliogábalo, no saben comportarse ni durante un escaso minuto de silencio en las Cortes. ¡Hasta el bebé de Bescansa estuvo más circunspecto en sede parlamentaria!
 
Creo que ha llegado una ocasión inestimable para que el país reflexione sobre su deriva moral, mucho más peligrosa para la convivencia que el problema de la corrupción. En un artículo publicado en este mismo medio, hace unas semanas, me preguntaba si alguien que estaba siendo juzgado “por mil putos euros” podía acabar su larga y, en no pocos puntos, admirable carrera de eficiencia pública así de ignominiosamente. Lo que ha acabado es su vida por esos mil (putos) euros. Y si al final es inocente, se habrá acabado todo por nada. ¿Cómo era aquello de que la vida pone al final a cada uno en su lugar? Bah, basura bienpensante. Ya no habrá lugar para Rita Barberá aunque salga de los juzgados absolutamente limpia, como mártir política de lo peor de un país enfermo.  
 
Pero ya hay quienes han dictaminado su culpabilidad eterna aunque pudiera ser inocente, porque ellos lo valen. El partido Podemos ha eliminado muy suelto de cuerpo las instituciones democráticas, antes de llegar a ocuparlas. Desbancando la tarea democrática de los jueces, ha dictaminado, según su desleal saber y entender, que Barberá era una corrupta y lo seguirá siendo después de muerta. “Los homenajes a corruptos sobran”, ha sentenciado dentro de esa virtualidad tóxica que gastan que siempre corre paralela a la verdad, sin llegar nunca a tocarse. Barberá no era una corrupta y no lo será hasta que el minuto en que un juez dictamine qué ha ocurrido con aquellos mil euros, y si tuvieron un destino sucio. Y tampoco era un homenaje en las Cortes, sino un responso en la sede de la soberanía nacional por un personaje muy relevante, y por cierto muy capaz, de la democracia española de los últimos decenios. De cinco palabras, la única que no es mentira es la preposición “a”.
 
Las cosas están en un punto tal de cerdeo en la vida pública que lo más corrupto del país son las denuncias contra la corrupción. La mayor amenaza contra la decencia pública son que dicen ser los intérpretes autorizados de esa decencia pública. Cuando los que vienen a limpiar la roña (pero sólo la de los señalados como enemigos, no la de los amigos) traen la más completa miseria moral.
 
¿Qué pasaría si al final la ex alcaldesa de Valencia Rita Barberá fuese inocente, tras su doble defunción? Absolutamente nada. No dará ningún problema de conciencia a nadie. Esto no es Estados Unidos, después de todo. Al contrario, estará más muerta aún, civil y biológicamente, que ahora. Si su memoria queda limpia –qué le importa a nadie su memoria limpia, ¿verdad?- los que ya tienen su odio africano formado tendrán una razón más para odiarla con más ahínco. Precisamente por su inocencia. Habrase visto, encima inocente.   

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