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Opinión |
Miércoles, 21 de Diciembre de 2016

Rajoy más castellano que Aznar

Unos años antes de su solitaria muerte, el diputado y senador del PP 'Tony' Cárceles llamaba a José María Aznar, entonces en la cumbre de su poder, 'La Cosa Bigotuda'. Creo que ya se puede desvelar esto sin que ni Tony ni José María se vean perjudicados en su carrera. La verdad es que Aznar no sé si era una cosa, pero sí resultaba un hombre extraño. Un castellano que llevó la castellaneidad al extremo invernal, llegando a la inexpresividad gestual total y absoluta. Sus interlocutores se delataban a sí mismos ante él, derrumbándose a causa de su silencio, sabiamente administrado. Alguno me llegó a decir, tras entrevistarse con Aznar, que daban ganas de decirle: “por favor, José María, que te estoy hablando”.


 
Si Hitler dijo de Franco –“¡eso, como Franco, La Cosa Bigotuda hace lo mismo de Franco!” dijo también Cárceles- que prefería que le arrancaran las muelas antes de tener que volver a dialogar con el Caudillo, supongo que los que se las veían con el muchachito hierático de Valladolid optaban por romperse la quijada con tal de no tener que dirigirse a él sin, muchas veces, obtener respuesta alguna. Y no ya una respuesta: si a Aznar le pillaba en buen día, ni siquiera regalaba una mirada. Sabía cómo castigar a la gente que no tenía suficiente presencia de ánimo. Eso fue mucho antes de que se inventaran las sombras de Grey.
 


Me contó el entonces responsable de Emergencias regionales Luis Gestoso, a quien tampoco voy ya a perjudicar en su carrera, que Aznar superaba la prueba de los abrazos y los apretones de mano del Pueblo con esta orden a su chófer, al final de los mítines multitudinarios: “por favor, la colonia”. Pero bajo la inexpresividad total y absoluta había en Aznar un laberinto de pasiones bastante exuberante, que es lo que no se supo hasta concretamente la boda de su hija. Algunas de esas pasiones eran propias de quien no ha tenido mucho dinero o su castellaneidad le ha impedido gastárselo en 'piulas' y de pronto conoce el estilo de vida mediterráneo, tirando a valenciano. La boda de esa hija que era un calco del padre fue aparentemente en El Escorial pero pareció más bien una gigantesca 'paellada' en la Malvarrosa, o en Marina D’Or, con más futuros procesados que tropezones. Lo de Aznar le ha pasado a muchos castellanos, e incluso a no pocos vascos. Ahí se vio que Aznar era un falso hombre seco y frío. Esa corriente de agua hirviente y ligeramente sulfurosa bajo la piedra que Aznar ha mostrado en todos los años que han seguido a la fecha en que dejó el poder en el PP. El ex presidente se nos reveló, más allá del lógico orgullo, un sentimental.  


 
Rajoy, un hombre procedente de la bruma y no de la helada, le ha ganado sin embargo en gelidez política a Aznar, quien se dejó llevar por el entusiasmo en las Azores y sobre todo en la boda. Le ha ganado a hieratismo a Aznar, si no en el físico al menos en lo moral. En su propio terreno y en sus barbas, 'at his very eyes'. A Aznar, que aún trece años después no sabe qué ha pasado, le han levantado algo más que un partido político. Le ha robado su famosa y silente castellaneidad un gallego.

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