Todos somos culpables
La verdad es que aún tenemos poca cultura democrática. El problema de nuestro país es solo ese. Que, a medio formarnos en la asignatura democracia -somos de las última naciones (de nacer) europeas que rompimos dictadura- nos ha sobrevenido una recesión económica mundial, y nos ha pillado con la tripa llena de calostros y la digestión por hacer. Y, lo que es peor, pensando que toda nuestra vida iba a ser un chupar de tetas, y no es así. Por eso mismo, el resto de los países occidentales ya está asomando la proa, y lo único que a nosotros se nos ve es la popa… Y seguiremos hincando morro y respirando por el culo mientras no nos demos cuenta de que los dientes nos han salido para masticar, no para morder. Pero sobre todo, que hay que dejar de mamar de una puñetera vez por todas.
Por eso no nos damos cuenta tampoco de que mientras no nos olvidemos de las diecisiete cortes reinantes con sus diecisiete aparatosos aparatos (valga la redundancia) administrativos a gasto fijo, no levantará cabeza nuestra economía de fantasmas y fantasmadas. Que nos hemos equivocado, y que rectificar es de sabios y de prudentes. Y que hemos parido una ciudadanía que no valora los buenos servicios, si no los desaforados derechos. Que no persigue un país seguro, sino un país jaranero. Que desea prosperar sin trabajar, que quiere vivir bien a costa de que otros vivan mal. Que no pide lo razonable, pero sí exige lo inasumible. Y que nos hemos maleducado así porque nuestros políticos de medio pelo, como la sociedad de la que nacen, han venido a menos, y nos han malacostumbrado a darnos y regalarnos a cambio de voto a palo fijo. Y a disputarse la poltrona entre sí en nombre de un pueblo espeso, amorcillado, inculto e ignorante. De palmeros incondicionales. De voluntades compradas con bisutería social y quincalla festera. Una sociedad hecha estatua de alharaca sobre peana de espejuelos con que timar al indio. Una democracia convertida en mediocracia… y no quiero decir otra cosa de peor olor, pues me llamarán maleducado
Un solo ejemplo: ostentamos la galanura de ser el único país del mundo en el que, con casi cinco millones de parados, nada más que se manifiestan los que tienen trabajo, y de éstos, solo lo más privilegiados: los funcionarios. Y encima, como pobre, triste, miserable, patética y desvergonzada explicación a tal hecho, se justifica con la mala conciencia que solo puede destilarse de las clases más favorecidas, aludiendo a que si no salen a la calle es porque viven (yo diría subsisten, malviven o peorviven) de la economía sumergida. Economía sumergida, por otro lado, provocada por los propios sindicatos de clase, sostenidos de los gobiernos con dinero público, que solo miran en una única dirección: liberados a mogollón de los funcionarios del montón. Pero aquí, en esta España mía, en esta España nuestra, esa es la muestra… La reivindicación popular ostentada por los que tienen trabajo asegurado y paga fija per sécula seculórum. El resto, los deshauciados de techo y plato, son unos esquiroles que han de ser malditos, insultados y olvidados por querer comer antes que achuchar pancarta.
Pero todos habemus culpa. Toícos tos… Y no podemos, no debemos, achacarnos los unos a los otros lo que, en el fondo, perseguimos y envidiamos. Y si somos como somos, hacemos lo que hacemos y queremos lo que queremos, es porque elegimos lo que elegimos. Y elegimos políticos que no saben, no quieren, quizá no pueden, hacer lo que deben, que es tener la suficiente generosidad y honradez como para educar a un pueblo que debería arriesgarse eligiendo entre los mejores. Aunque eso conlleve al sacrificio de las listas abiertas. A no imponer una lista en nombre de una democracia que falsea su propio principio suplantando el poner por el poder. A renunciar a un paternalismo que tan solo encubre un partidismo.
Es posible que algún día las elecciones sean señaladas por una cruz junto a los que se crean más aptos, más capaces, más honestos… Independiente del carnet, ideología, color u oportunismo que ostente. Es posible que el pueblo se equivoque, sí, pero es que tiene derecho a equivocarse, lo mismo que tiene derecho a obligar a sus políticos a entenderse, a no pelearse, y a no meter la mano. Y esta sería una forma de hacerlo. Yo creo que la mejor manera. Quizá la única…
Por eso no nos damos cuenta tampoco de que mientras no nos olvidemos de las diecisiete cortes reinantes con sus diecisiete aparatosos aparatos (valga la redundancia) administrativos a gasto fijo, no levantará cabeza nuestra economía de fantasmas y fantasmadas. Que nos hemos equivocado, y que rectificar es de sabios y de prudentes. Y que hemos parido una ciudadanía que no valora los buenos servicios, si no los desaforados derechos. Que no persigue un país seguro, sino un país jaranero. Que desea prosperar sin trabajar, que quiere vivir bien a costa de que otros vivan mal. Que no pide lo razonable, pero sí exige lo inasumible. Y que nos hemos maleducado así porque nuestros políticos de medio pelo, como la sociedad de la que nacen, han venido a menos, y nos han malacostumbrado a darnos y regalarnos a cambio de voto a palo fijo. Y a disputarse la poltrona entre sí en nombre de un pueblo espeso, amorcillado, inculto e ignorante. De palmeros incondicionales. De voluntades compradas con bisutería social y quincalla festera. Una sociedad hecha estatua de alharaca sobre peana de espejuelos con que timar al indio. Una democracia convertida en mediocracia… y no quiero decir otra cosa de peor olor, pues me llamarán maleducado
Un solo ejemplo: ostentamos la galanura de ser el único país del mundo en el que, con casi cinco millones de parados, nada más que se manifiestan los que tienen trabajo, y de éstos, solo lo más privilegiados: los funcionarios. Y encima, como pobre, triste, miserable, patética y desvergonzada explicación a tal hecho, se justifica con la mala conciencia que solo puede destilarse de las clases más favorecidas, aludiendo a que si no salen a la calle es porque viven (yo diría subsisten, malviven o peorviven) de la economía sumergida. Economía sumergida, por otro lado, provocada por los propios sindicatos de clase, sostenidos de los gobiernos con dinero público, que solo miran en una única dirección: liberados a mogollón de los funcionarios del montón. Pero aquí, en esta España mía, en esta España nuestra, esa es la muestra… La reivindicación popular ostentada por los que tienen trabajo asegurado y paga fija per sécula seculórum. El resto, los deshauciados de techo y plato, son unos esquiroles que han de ser malditos, insultados y olvidados por querer comer antes que achuchar pancarta.
Pero todos habemus culpa. Toícos tos… Y no podemos, no debemos, achacarnos los unos a los otros lo que, en el fondo, perseguimos y envidiamos. Y si somos como somos, hacemos lo que hacemos y queremos lo que queremos, es porque elegimos lo que elegimos. Y elegimos políticos que no saben, no quieren, quizá no pueden, hacer lo que deben, que es tener la suficiente generosidad y honradez como para educar a un pueblo que debería arriesgarse eligiendo entre los mejores. Aunque eso conlleve al sacrificio de las listas abiertas. A no imponer una lista en nombre de una democracia que falsea su propio principio suplantando el poner por el poder. A renunciar a un paternalismo que tan solo encubre un partidismo.
Es posible que algún día las elecciones sean señaladas por una cruz junto a los que se crean más aptos, más capaces, más honestos… Independiente del carnet, ideología, color u oportunismo que ostente. Es posible que el pueblo se equivoque, sí, pero es que tiene derecho a equivocarse, lo mismo que tiene derecho a obligar a sus políticos a entenderse, a no pelearse, y a no meter la mano. Y esta sería una forma de hacerlo. Yo creo que la mejor manera. Quizá la única…




















