Educación y consumo. Primeros pasos
Según el psicólogo Piaget, creador de la teoría del desarrollo evolutivo, durante los primeros años de vida nuestros hijos van a aprender como esponjas, sobre todo por imitación. Son las fases denominadas sensorimotoras y preoperacionales. El niño imita la conducta de las personas que están a su alrededor.
Desde que nos enteramos que vamos a tener un hijo hay que habilitar una partida presupuestaria familiar para su atención básica. En una lista estándar de suministros necesarios encontraremos la leche, los pañales, medicinas, cunas, cochecitos, etc. Nos puede parecer caro pero todavía no hemos visto nada. Lo cierto es que el gasto de un hijo crece con la edad. Las cosas se empiezan a poner realmente difíciles cuando entra en el instituto.
En un momento crítico el niño comienza a pedir que compremos algo para él. No es necesario que sepa hablar, simplemente agarra un artículo vistoso de un lineal del Mercadona y lo mete “con mucho arte” en el carro de la compra semanal. A partir de ahí empieza una lucha sin cuartel. Se convierte en un “mamamecompras”.
Nuestros hijos nos sugieren adquirir artículos influidos por:
1.Los hermanos y los amigos de la guardería.
2.El marketing, especialmente la televisión.
3.La familia.
Los publicistas tienen dos objetivos muy claros. Por un lado quieren conseguir que nuestros hijos no acepten un “no” por respuesta y sean muy caprichosos. Por otro lado buscan consumidores fieles e insaciables. Estos dos aspectos envuelven la configuración de la mayoría de los anuncios de la televisión que ven nuestros hijos.
Me parece oportuno apoyar nuestra respuesta a esa publicidad en las siguientes recomendaciones:
1.- Hay que ser coherentes. Cuando les damos una respuesta a ¿Papá me compras…? que sea reflexionada, consensuada con nuestra pareja y si es posible argumentada ante ellos.
2.- Tenemos que poner en valor cualquier compra. Me gusta el ejemplo de mis propios padres. Una vez al mes nos reunían a los ocho hermanos para celebrar una “FIESTA DE CHUCHES”. Mi padre iba a la tienda y compraba cuarenta duros de golosinas. Nos reunía a todos los hermanos y comíamos hasta reventar. Era un día muy especial y tenía un valor singular que todavía recuerdo con alegría.
3.- Aprendamos a ser asertivos, es decir, sepamos decir que no sin dañar al niño. Decir que no a nuestros hijos por su bien es un signo de nuestro amor y de la preocupación que tenemos por su educación.
El consumismo es una gran amenaza para todos pero también una buena oportunidad para educar a nuestros hijos en valores esenciales para su desarrollo como personas. Los padres no podemos perder la oportunidad de enseñarles templanza, prudencia y generosidad y cualquier excusa es buena.
Desde que nos enteramos que vamos a tener un hijo hay que habilitar una partida presupuestaria familiar para su atención básica. En una lista estándar de suministros necesarios encontraremos la leche, los pañales, medicinas, cunas, cochecitos, etc. Nos puede parecer caro pero todavía no hemos visto nada. Lo cierto es que el gasto de un hijo crece con la edad. Las cosas se empiezan a poner realmente difíciles cuando entra en el instituto.
En un momento crítico el niño comienza a pedir que compremos algo para él. No es necesario que sepa hablar, simplemente agarra un artículo vistoso de un lineal del Mercadona y lo mete “con mucho arte” en el carro de la compra semanal. A partir de ahí empieza una lucha sin cuartel. Se convierte en un “mamamecompras”.
Nuestros hijos nos sugieren adquirir artículos influidos por:
1.Los hermanos y los amigos de la guardería.
2.El marketing, especialmente la televisión.
3.La familia.
Los publicistas tienen dos objetivos muy claros. Por un lado quieren conseguir que nuestros hijos no acepten un “no” por respuesta y sean muy caprichosos. Por otro lado buscan consumidores fieles e insaciables. Estos dos aspectos envuelven la configuración de la mayoría de los anuncios de la televisión que ven nuestros hijos.
Me parece oportuno apoyar nuestra respuesta a esa publicidad en las siguientes recomendaciones:
1.- Hay que ser coherentes. Cuando les damos una respuesta a ¿Papá me compras…? que sea reflexionada, consensuada con nuestra pareja y si es posible argumentada ante ellos.
2.- Tenemos que poner en valor cualquier compra. Me gusta el ejemplo de mis propios padres. Una vez al mes nos reunían a los ocho hermanos para celebrar una “FIESTA DE CHUCHES”. Mi padre iba a la tienda y compraba cuarenta duros de golosinas. Nos reunía a todos los hermanos y comíamos hasta reventar. Era un día muy especial y tenía un valor singular que todavía recuerdo con alegría.
3.- Aprendamos a ser asertivos, es decir, sepamos decir que no sin dañar al niño. Decir que no a nuestros hijos por su bien es un signo de nuestro amor y de la preocupación que tenemos por su educación.
El consumismo es una gran amenaza para todos pero también una buena oportunidad para educar a nuestros hijos en valores esenciales para su desarrollo como personas. Los padres no podemos perder la oportunidad de enseñarles templanza, prudencia y generosidad y cualquier excusa es buena.





















