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Opinión |
Jueves, 18 de Mayo de 2017

La turbiedad de C's

El director adjunto del diario “La Verdad” Joaquín García Cruz definió con desapasionada precisión, hace un par de años, al líder regional del partido Ciudadanos Miguel Sánchez como un político “turbio”. No la persona, que me imagino será de orden. El político. Sánchez venía de otros partidos, no se sabía hacia qué otros partidos se dirigía y no se sabía tampoco qué quería.


Entonces se pensó que esa turbiedad de un político concreto (en su sentido de ausencia de claridad) era una anomalía en un partido estatal que se vendía como racional, rectilíneo, inequívoco. Un partido que se vendía, en maravillosa frase de David Gistau, como “la Iglesia de la Cienciología” de la nueva política española, pulida, artificial y un tanto satanista, como la propia Iglesia de Ron Hubbard y Tom Cruise (aún recuerdo la lujosa sede en [Img #49221]Madrid de la secta estadounidense, con su perfecta iluminación dorada y sus gigantescos libracos absurdos en atriles como si fuesen ediciones 'princeps' de la Biblia). Pero en las últimas fechas no es Sánchez en concreto sino el propio partido Ciudadanos el turbio, el que hace cosas absolutamente anómalas tratándose de 'centristas', incluso de 'centristas del extremo centro', en un desconcertante viaje hacia el infecto populismo.  Reproduzco el final de la admirable pieza periodística de García Cruz referida al líder regional de Ciudadanos, que pide mármol por lo exacta: “…y veremos dónde acaba. Al tiempo”. Ha llegado ese tiempo, pero lo que no se sabe dónde va a saltar la próxima vez no es Miguel Sánchez (que ha resultado ser, lejos de una anomalía, un pionero en su partido) sino todo el proyecto Ciudadanos.

 

Ciudadanos es un partido sobre el papel simpático, cuyos fundadores reniegan ya en masa de él, con una hoja de ruta desconocida y algunas actuaciones últimas francamente inquietantes. No me refiero a esa enorme valentía de querer desenterrar ahora a Franco, por animar un poco más, si falta hacía, el otra vez rampante cainismo nacional. Me refiero a algo más grave: a su ideario movedizo, alguna vez ameboide, del españolismo al tercerismo catalanista (esa niña Arrimadas) que unas veces se alía con el partido venezolano y otras con lo más viejuno de esa parte del país que no ha salido del cerrado y sacristía. Se presentan como 'liberales', porque algo hay que llamarse, pero en el Congreso ya apoyaron el chantaje a todos los españoles de los estibadores herederos del falangismo. Y esta misma semana, en Murcia, se han hecho eco de una estúpida serie de querellas criminales contra el por otra parte delicioso cartel del salón erótico de Torre Pacheco, que representaba una zanahoria con vaga forma de piernas humanas. El argumento es que, colocado ese cartel cerca de colegios, podría herir la sensibilidad sexual de los niños a los que, ya se sabe, no les gustan las verduras (¡ni el pescado!). Ni las muy pijas y muy millonarias y muy desocupadas damas de la Adoración Nocturna de la calle Serrano se hubiesen comportado con más estrechez y meapilismo que Ciudadanos en Murcia.

 

Centrémonos en lo del cartel de la zanahoria. ¿Qué demonios hace Ciudadanos en Murcia dando bambolla a esa pervertida moral sacristanesca que hoy comparten por igual tanto los neocomunistas como los afluentes de desove del antiguo Movimiento Nacional, siempre dispuestos todos a censurar en nombre de la corrección política cualquier cosa que sólo figura en sus exasperadas mentes? ¿Tan niños de piso son en Ciudadanos que no saben que los pollos van por el campo con plumas y que no saben que los tubérculos y las raíces, con gran frecuencia, de forma natural, adquieren forma a veces, oh, ah, femenina?  Como parecen muy jóvenes e impresionables, no les voy a detallar aquello de las raíces de mandrágora que leía en mi infancia, que adquirían forma humana, y muchas veces erótica, porque se creía nacían en la tierra del semen de los ahorcados. Vaya, he dicho semen. Imagino que habrá revuelo de sotanas cienciológicas en Ciudadanos.

 

Aquí lo que seguramente ocurre es que los arrimados a Ciudadanos, con picor en los pies por no pisar moqueta, han sido tantos que esa turbiedad de origen que traían, sin más principios comprobables que la fecha de nacimiento anotada en el registro, han terminado contaminando a las siglas, incluso a ese chico aseado que tanto prometía, Rivera, que hoy parece enloquecido de soberbia, perdido el "oremus".  Hoy Ciudadanos es un partido tendente al populismo y tuiterismo más obsceno, con criterios caóticos dependiendo del territorio donde se encuentre y, salvo magníficas y muy preparadas excepciones, con cuadros más que vagarosos a los que les da lo mismo defender una cosa y su contraria, el liberalismo que el antiliberalismo, porque, como ha dicho la presidenta madrileña Cifuentes, de lo que se trata es de jugar en el lodo y con el campo embarrado.

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