Psicopatología del poder: de Milosevic a Puigdemont
¿Cómo hacerse con el poder cuando uno no dispone del suficiente liderazgo y apoyo?
La historia brinda más de un ejemplo de estrategias que pueden funcionar.
Curiosamente no soy partidario del análisis minucioso de la historia, es más, me considero bastante contrario al excesivo peso que se le suele dar a la historia en los centros educativos, principalmente por dos razones:
1. Es muy sujeta a la manipulación de los hechos y puede ser usada como arma cultural para sembrar semillas como el odio racial, el radicalismo, y el nacionalismo.
2. Porque creo firmemente que una educación volcada en construir el futuro y desarrollar habilidades de proyección en lugar de analizar el pasado, puede contribuir a una sociedad más dinámica, y más volcada hacia el progreso y el bienestar.
Pero, si no cabe mayor remedio que estudiar la historia, aun así la enfocaría de manera distinta, estudiando más que los hechos, a la personalidad de los líderes que los determinaron: se puede aprender más y mejor del ejemplo de las personas, de sus acciones, y de su manera de pensar, en lugar del mero estudio de las fechas y los acontecimientos. Por esta razón, para dar respuesta a la pregunta inicial, vayamos a analizar a los líderes en lugar de los hechos.
En una entrevista de La Vanguardia de 2013 a David Bueno, profesor del Departamento de Genética de la UB y uno de los autores del libro ‘Som una espècie violenta’? Trató la relación entre liderazgo y psicopatología. Su respuesta textual fue:
“Hay una relación muy importante entre líderes y psicopatología, muchos tiene algún problema a nivel de psiquiatría. En el libro hacemos referencia a la conferencia de Yalta donde se firmó el acuerdo entre los principales líderes aliados de la Segunda Guerra Mundial con Franklin D. Roosevelt, Joseph Stalin y Winston Churchill. Los tres tenían psicopatologías claras y conocidas: Stalin sufría algún tipo de trastorno que cursaba con paranoia, probablemente un trastorno delirante crónico, Roosevelt tenía un trastorno bipolar con fases de gran euforia y de depresión, y Churchill algo parecido agravado por su consumo de grandes cantidades de whisky. Un estudio detecta que la mitad de los presidentes de Estados Unidos entre 1776 y 1974 sufría algún tipo de psicopatología”.
Y es cierto. En todo líder hay algún rasgo que de alguna manera le lleva a ser capaz de captar la atención de los demás, permanecer en el centro de la atención, en pocas palabras ser visible, porque esta es la primera condición para que otros le otorguen el poder.
Pero no basta con estar en el centro de la atención: es necesario también tener atrevimiento, ser capaz de convertir en acciones aquello que todo el mundo (o la mayoría) desea, pero no tiene la valentía de hacer o decir. Es decir, captar el sentir común (independientemente de que sea legítimo o no) y canalizarlo en acciones con fuerte carácter icónico.
Hasta aquí quizá no deberíamos estar hablando de psicopatología, sino más bien de un fondo mínimo de habilidades sociales y de un “Liderazgo sano”. Pero mi pregunta iba dirigida a qué hacer cuando esto no basta o el liderazgo no es suficiente para lograr el poder: ahí es donde intervienen los rasgos de psicopatología.
Definamos primero que es un psicópata. Según el doctor Hervey Cleckley la personalidad psicópata la determinan una serie de características clínicas, descritas en su libro ‘The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality’, entre ellas: falta de empatía y frialdad en las relaciones, poder de manipulación, irresponsabilidad, narcisismo, recurso a la mentira reiterada, seducción mediante comportamientos o decisiones extravagantes, falta de remordimiento, necesidad de emociones fuertes, necesidad de control.
En estos rasgos reside la clave que permite a no líderes a hacerse con el poder. Porque ahí es cuando las personas que otorgan el poder a otros, confunden las habilidades sociales de sano Liderazgo, con rasgos psicopatológicos, permitiendo que auténticos psicópatas lleguen a tomar el mando de una situación, una empresa o una nación.
Sucedió en la Alemania nazi, en la Venezuela de Chávez, en Serbia con Milosevic y la duda es si algo parecido está sucediendo en los Estados Unidos de América con Trump y en Cataluña con Puigdemont.
Lo que queda claro, al parecer, es que el mandatario catalanista muestra en su estrategia de ascenso al poder, unos puntos que sería interesante analizar en comparación con la estrategia de Slobodan Milosevic.
1. Ambos se muestran como hombres de carácter introvertido y silencioso, pero con gran capacidad técnica y burocrática para moverse en los entresijos de las instituciones hasta ocupar puestos de relevancia.
2. Ambos carecían de un liderazgo natural, y apoyo hacia su persona pero mostraron un interés descarado para hacerse con el poder.
3. Ambos aprovecharon una coyuntura de debilidad de estado y de la mediocridad de los líderes que en ese momento representaban a la nación: Milosevic la muerte del dictador Tito y el declive comunista, Puigdemont a un Mariano Rajoy laxo, sin mayoría en el congreso, y sin el pulso para tomar decisiones firmes y atajar los problemas a la raíz, con más miedo por los índices de popularidad que vergüenza por no tomar decisiones justas ayudado, hasta el momento, a lo largo de su vida política por una gran suerte que parece habérsele acabado.
4. Ambos se hicieron con el mando de instituciones legítimas, para enmascarar de legítimos a sus intereses y perpetrar sus planes.
5. Ambos se proclamaron presidentes de las instituciones desde donde, posteriormente, pusieron en marcha su plan.
6. Su rápido ascenso político coincidió con una radicalización del nacionalismo: ambos se sirvieron de una narrativa nacionalista para separar a la población (“Divide ut Imperes”, dijo Julio Cesar).
7. Ambos, teniendo el control de solo una parte que pertenecía a un estado mayor soberano, no disponían de fuerzas armadas y optaron por impulsar un proceso que convirtió a los mismos civiles en abanderados de sus causas, en un ejército ilegitimo dispuesto a la guerra.
8. Ninguno de los dos tomó parte activa en los enfrentamientos, como pasó por ejemplo en la historia con Napoleón o Julio Cesar: no eran líderes capitanes, sino burócratas “encorbatados” que lograron que otros luchasen para ellos, manejando desde los despachos los hilos de un conflicto que en la ex Yugoslavia se convirtió en una guerra civil, y en que en Cataluña va camino a un desorden social que está socavando la paz y la convivencia entre personas y pueblos.
Decía Joseph Goebbels, ministro de propaganda del tercer Reich y otro psicópata que nos regaló la historia, que si quieres contar una mentira a un pueblo y quieres que se la crea, tiene que ser una mentira muy grande: tan sumamente inverosímil que la gente por efecto de paradoja, acabaría creyéndosela por lo increíble que parezca y por la fuente oficial de la que proviene.
Algo sucedió en Cataluña como en Serbia. En el caso de Cataluña se mintió al pueblo haciéndole creer que iba a votar legítimamente a unas elecciones en contra de la constitución española, y se envió a las masas a enfrentarse a las fuerzas del orden, que eran quienes defendían la seguridad y el estado derecho, sabiendo que bien se ganaría como víctimas, o bien por plebiscito electoral.
A la postre, no hubo ni una cosa ni otra. Y ante esta evidencia, la doctrina de Goebbels indica que cuando la mentira se convierte muy grande, llega a las calles cristalizándose en creencias y convencimientos entre la población (o parte de ella), y la bola de nieve se convierte en una avalancha. Ya no hay vuelta atrás: una avalancha de personas está dispuesta a luchar para ver Cataluña nación independiente.
Mientras el Rey Felipe VI daba un magistral ejemplo de lo que es el Liderazgo sano en un discurso extraordinario a la nación el día 3 de Octubre a las nueve de la noche (discurso que se estudiará como manual de liderazgo en las escuelas de negocio, durante los próximos años), Puigdemont declaraba, fríamente, sin remordimientos, a la BBC, la extravagancia de proclamar la república independiente de Cataluña en unos días.
Por cierto, Milosevic, fue detenido por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Fue juzgado por el tribunal de La Haya. La sentencia le declaró inocente, alegando que en las reuniones celebradas con serbios y funcionarios serbios-bosnios, “Slobodan Milosevic había afirmado que los miembros de otras naciones y grupos étnicos debían de ser protegidos, y que en el interés nacional de los serbios no debe figurar la discriminación en contra de otras etnias”. En aquella ocasión “Milosevic declaró, además, que el crimen de los grupos étnicos debía ser combatido con energía”.
No sabemos en qué lugar la historia dejará a Puigdemont, y si lo que muchos consideran como Crimen de Estado perpetrado por su equipo en las elecciones del 1-O, será juzgado como tal.
Quedar impune, dependerá de su capacidad para usar las instituciones de manera tan brillante como lo hizo Milosevic.





















