Palabra de Davos
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No obstante, fin y final pueden tener otros significados. Así, se le asocia a objetivos, a orientación, a voluntad dirigida, a intención. El fin puede ser también un absoluto, lo mismo que la finalidad. Son absolutos en la enunciación política, en la religiosa, en la militar, entre otras posibles, aunque a veces sean crípticas y no las entendamos. El fin del hombre en la tierra es adorar a dios, según las religiones teístas. La finalidad de dedicarse a la política es servir a los ciudadanos, conformar un espacio común del que servirnos todos respetuosamente. La finalidad de competir es cultivar las virtudes del deporte y las del ejercicio y las de la convivencia. La mera enunciación de fin supone la quietud, la cesación del movimiento, de cualquiera actividad, la conquista del reposo.
Una característica del fin es su ubicuidad, lo que le confiere la implicitud en acciones humanas, en pautas de conducta, en el arbitraje de disputas y en la certificación de dogmas. Un hombre que se cuelga del cuello de un árbol es claro que ha puesto fin a su vida, lo mismo que quien se tira a un pozo sin saber nadar, se pone delante de un camión en marcha o se arroja a la vía del tren. No necesitan mayores aclaraciones. Todos ellos intentan terminar con su vida, lo consigan o no. Pero, sin necesidad de recurrir a la tremenda, es lo mismo que hace una persona cuando retira el dinero del banco o lo que el banco hace cuando retira el dinero a las personas, o cuando los novios se retiran el afecto o cuando tu perro se va de casa y no vuelve. Sin entrar en valorar conductas, centrándonos únicamente en el resultado de la acción, es claro que en los casos citados se pone fin a una relación.
Que el fin justifica los medios es una expresión llena de historia, de revoluciones, de deslealtades y de ambigüedades. Se justifican o no, como otras acciones humanas, dependiendo quien ponga los medios en el contexto necesario para el fin. Por eso los dictadores dicen con frecuencia que sólo responderán ante dios y ante la historia. Dios -como la historia enseña- está de su parte y la historia la escriben ellos. Así que no ha lugar a disputas, discusiones o duda posible. Por eso Aznar despierta de vez en cuando y apuñala al escribano por la espalda, no sea que le escriban la historia equivocada.
Por otra parte, no pocas disputas terminan con una frase lapidaria, una expresión consagrada o un término inequívoco que indica que la discusión ha terminado. Sirve para poner fin a la discusión que no encuentra el camino de resolver el problema que se analiza no a encontrar acuerdos ni salidas razonables para todos los contendientes. Surge, entonces, una voz que se eleva sobre las demás y en una breve alocución pronuncia un “aquí se acaba la presente historia”; es decir, se pone fin a la discusión y cada mochuelo a su olivo.
Pero también está implícito en, como queda recogido más arriba, la certificación de dogmas. Es decir, lo mismo del párrafo anterior pero referido a los designios divinos o a su mensaje apostólico o al apocalíptico. Este es el sentido que tienen expresiones clásicas en el lenguaje catequista. En un momento de la celebración de la misa, el oficiante dice: “Palabra de Dios” y a nadie se le ocurre levantar el dedo para disentir. Lo dice Dios y punto final, se acabó la discusión sin haberla empezado. Es un dogma que, como todos sabemos, se justifica en sí mismo y no ha lugar a cuestión, es un absoluto que no admite discusión, es un fin y un medio. Es el fin. No hay otro para el creyente.
En el mundo terrenal, alejados de los complejos problemas de la divinidad, e inmersos en nuestra materialidad también tenemos un absoluto que no admite discusión y que se comunica, como en anterior, en verbalización anatemizante: ¡Palabra de Davos! Y punto en boca. Que cada uno tiemble como pueda y ponga a buen recaudo sus pecados porque de la crisis no salimos hasta que no le convenga a este dios que habita las colinas de la economía y los valles de los siervos.





















