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Una cuestión de física

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La pobreza mantiene al capital. Si además tenemos en cuenta que la pobreza es una forma de esclavitud podemos concluir -con precaución y susto- que el capitalismo, incluyendo al capitalismo actual, no puede darse sin esclavitud. Luego, el capitalismo es esclavista como lo ha sido siempre. Lo sorprendente es que el desarrollo social no ha afectado a este comportamiento, posiblemente porque son consustanciales e inseparables y porque la pobreza es, al mismo tiempo, la causa y el efecto del capitalismo.

    Las teorías y las prácticas sociales de los últimos siglos demuestran claramente la interdependencia antedicha. El feudalismo, por empezar en algún sitio, encumbró a señores que eran dueños de la vida y hacienda de sus súbditos. A este comportamiento estaban apuntados no sólo los reyes y señores feudales sino también las instituciones monásticas y religiosas, dueñas de inmensas extensiones de terreno con todo lo que habitaba en el, incluyendo la vida animal, vegetal y humana.

    La revolución industrial, que supuso un progreso en tantos aspectos de la vida cotidiana, de la educación y de la ciencia, aportó poca sustancia al hecho que nos ocupa. La tecnificación del trabajo dulcificó parcialmente el esfuerzo productivo manual pero introdujo dos elementos que se han mantenido hasta hoy: uno, la exclusión de los excedentes laborales que eran condenados al desempleo y al hambre, y dos, la introducción de jornadas inhumanas en régimen de trabajo intensivo con viviendas en el ámbito fabril, comportamiento que ha llegado hasta hoy mismo en que podemos ver poblados de viviendas elementales en la proximidad de algunas industrias. Pero lo que no logró la tecnificación del momento ni la que ha seguido posteriormente es eliminar la dependencia del capital.

    Los movimientos sociopolítiocos comunistas y comunalistas tampoco han tenido éxito, al menos en aplicación a gran escala. Posiblemente la forma de implantación y de gestión ha sido la culpable al crear un sistema gregario y policial en el que todo aquel que está implicado es observado y, posiblemente, “corregido”. Todo ello sin tener una recompensa proporcionada al esfuerzo más allá de la contribución a la causa común con la que, posiblemente, ni siquiera se sentía identificado, porque es difícil identificarse con un régimen y práctica dictatorial si no formas parte del grupo que ejerce el mando o que interpreta la pureza del sistema y garantiza su orden y funcionamiento.

    Los sistemas políticos intermedios, preferentemente democráticos, han tenido mayor fortuna y sus ciudadanos han gozado de mayores cotas de libertad de organización, de formación y de opinión. Incluso han elegido a sus representantes y tomado opciones socializantes en mayor o menor medida. Así ha ocurrido en la Europa de la postguerra que ha conocido un auge de gobiernos socialistas o socialdemócratas que han contribuido a generar el denominado estado del bienestar que ha aportado una forma de vida nunca alcanzada anteriormente.

    Una característica de esta es que se ha asentado sobre estados potentes que asumían un número importante de competencias y administraban comunitariamente servicios comunitarios como la sanidad y la educación. Sin embargo, la necesidad de generar recursos para mantener los servicios comunes ha facilitado el desarrollo del neoliberalismo económico (inicialmente en el eje anglo-americano, al que luego se han ido apuntando todos las democracias europeas) que ha propuesto el “adelgazamiento de los Estados” mediante la privatización de los servicios que tenía centralizados. El argumento esgrimido es bien conocido: los servicios comunes tienen un alto coste económico que amenaza o al menos mengua los beneficios del capital porque es necesario el incremento de los impuestos.

    El capital ha asumido el protagonismo en las últimas décadas con los comportamientos de siempre: beneficio particular y privado, reducción del número de trabajadores en aras de la rentabilidad, exclusión social, el hambre y la incertidumbre. La incertidumbre engendra miedo, el peor consejero en una sociedad civilizada porque el miedo conduce a la obediencia y esta a la esclavitud.

    No es casualidad que las sociedades más capitalistas, neoliberales, basadas en la economía desregulada sean las que acumulan peores indicadores sociales: desigualdades de la renta, peor estado de salud colectivo, inseguridad ciudadana, problemas sociales, trastornos mentales o esperanza de vida. A la cabeza se encuentras países otrora admirados en los que la intervención del estado se ha reducido a la mínima expresión porque los sucesivos gobiernos de los últimos 30 años se han encargado de ir privatizando los servicios que prestaba en estado, de ponerlos en manos de una economía privada insaciable.

    El capital vuelve a generar pobreza en su entorno y a desertizar la estructura productiva; como una plaga, emigra a otros campos donde puede encontrar una buena cosecha. Otros campos en los que imponer sus condiciones laborales, económicas, sociales, etc. Es una vuelta al siglo XIX, a la posguerra civil cuando al hambre se le llamaba respeto al poderoso, en que los necesitados demandaban un empleo asumiendo el temor a ser fustigados y al compromiso a un agradecimiento eterno. Esto es una forma de esclavitud como otra cualquiera, una dependencia económica, emocional y física superior a la de la peor droga.

    La pobreza mantiene al capital. La pobreza y los estados que han corrido a sostenerlo. En el fondo es un problema de física. El agua de los ríos fluye por acción de la gravedad y según las leyes de la dinámica de fluidos desde las zonas más altas a las más bajas. Cuando mayor es el desnivel entre una y otra zona mayor es la velocidad a la que fluye el río y mayor también la energía que produce. De la misma forma, es mayor la obtención de riqueza cuanto mayor sea el gradiente productivo, es decir, el margen de beneficio entre el coste de producción y el de venta. Los mercados, en lógica comercial, fluyen como el agua a favor de gradiente. Por eso asistimos a un nuevo escenario de esclavitud que es como el de siempre pero con otra localización: el sudeste asiático, India, China están sustituyendo, y lo harán totalmente, a los países del Este y norte de Marruecos, como estos hicieron antes con los países de la cuenca mediterránea.

    Así pues, la deslocalización empresarial es una cuestión de física y, como esta, busca la máxima rentabilidad al menor gasto. Para conseguirlo las empresas irán allí donde puedan comprar una jornada laboral por unos céntimos. No en vano, la economía es la más científica y la menos social de las Ciencias Sociales. Cosas de la física.

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