Pedro Sánchez: un cambio que une
Reconozco que, en algunas ocasiones, he sido bastante crítico con la actitud que Pedro Sánchez ha mantenido en una anterior etapa, cuando marcó su posición (y la de su partido) ante situaciones que afectaban a la unidad de España, sobre todo al referirse a determinados aspectos relacionados con las reformas de nuestro modelo territorial.
Ante la deriva independentista, marcadamente impuesta por una oligarquía catalana asentada en la corrupción y en la insolidaridad, Sánchez entendía que había que transigir admitiendo una serie de demandas que, como se ha demostrado, no pretendían más interés que el que surgió el 27 de octubre de 2017, con la proclamación (‘simbólica’) de la República Catalana.
Como así he manifestado, y lo he dejado patente en algunos de mis escritos anteriores, Pedro Sánchez, bajo mi punto de vista, se equivocaba si creía (quizá con su mejor voluntad) que los independentistas se iban a conformar con algunas reformas “ad hoc” que satisficieran algunas de sus muchas demandas, sobre todo aquellas relacionadas con la intervención de los principales estamentos administrativos, como hacienda, aduanas, organismos jurídicos o las grandes infraestructuras (puertos, aeropuertos, …), que les permitiesen controlar estas estructuras, sin las cuales (como ya apuntó en su momento Artur Más) no existe ninguna posibilidad de suplantar la fuerza del Estado.
Efectivamente, en su momento, estos golpistas hubieran aceptado, a priori, cualquier tipo de cesión de las funciones propias de la Administración Central, con el objetivo de tener acceso a su control y posterior utilización en beneficio de un final al que nunca han renunciado: proclamar la independencia como un fin en sí mismo, cuando en realidad siempre lo han considerado como un medio para conseguir perpetuar la expoliación a la que han sometido a la sociedad catalana, desde que esta camarilla la está gobernando.
Por suerte el gobierno no cedió y la cordura ha prevalecido en unos momentos en los que aquellos aspectos que son fundamentales para la gobernanza y estabilidad de un país, como es el caso, son necesarios abordarlos desde una perspectiva de Estado y con el mayor consenso y colaboración de todas las fuerzas políticas que componen el arco parlamentario español.
Cuando en España la tónica general, a la que nos tiene acostumbrada la clase política, está basada en el enfrentamiento y en el rifirrafe continuo entre el gobierno y la oposición; en esta ocasión me tengo que congratular del grado de colaboración que se está constatando en todo aquello que se refiere al tratamiento que, desde las instituciones estatales, se está dando a los constantes desafíos y vulneraciones de la legalidad vigente que está provocando el separatismo catalán. Sobre todo, en el caso del Secretario General del PSOE, quien, últimamente, ha dado evidentes muestras de un sentido de Estado al que, hasta ahora, no nos tenía acostumbrados.
La reciente elección del flamante presidente de la Generalitat catalana y los distintos discursos e intervenciones públicas del nuevo mandatario, así como sus antecedentes, nada halagüeños, me hacen presumir que nos estamos introduciendo, de nuevo, en una vorágine llena de incertidumbres, pero, sobre todo, que va a estar marcada por un recrudecimiento de la conflictividad social, y abocada a un enfrentamiento político, judicial y social del que no nos va a librar ni el tato.
No se entiende como unos partidos que se autocalifican de izquierdas y progresistas, como es el caso de las CUP, o Ezquerra Republicana, incluso las confluencias de Podemos, son capaces de unirse y pactar con la derecha más casposa y representativa de la burguesía catalana Una derecha que (por sus discursos los conoceréis) se ha destapado como la reina del supremacismo y la xenofobia, y de la que el tal Quim Torra es ahora su representante.
Ante este nuevo envite secesionista, impulsado –si cabe- con más énfasis que la anterior intentona, el presidente del Gobierno ha hablado con los líderes de los partidos de la oposición, con el objeto de plantear la estrategia a seguir, por parte del Estado, ante esta nueva situación. Mi particular punto de vista sobre esta iniciativa, y por lo que respecta a Albert Rivera, es que le he notado un desmedido afán por utilizar esta estrategia, barnizándola con un claro tufo electoralista, tras las últimas encuestas sobre intención de voto y el claro endurecimiento de sus relaciones con el PP. En cuanto a Pablo Iglesias, este personaje sigue claramente instalado en la indefinición, con un discurso en el que pretende contentar a todos y no contenta a nadie, quizá porque en estos momentos está, junto a los de su nueva “casta”, inmerso en una burbuja “inmobiliaria” en la que se ha metido y de la que no sabe salir.
Pero ha sido, precisamente, Pedro Sánchez el que –en sus recientes intervenciones- me ha sorprendido, y el que me ha transmitido un cambio, que me hace atisbar una cierta esperanza y apostar, de nuevo, por el optimismo.
Sus múltiples declaraciones, tras los últimos acontecimientos, han manifestado un claro mensaje en favor de la unidad de España. Ha propuesto revisar la tipificación del delito de rebelión, tras las polémicas surgidas recientemente, al tiempo que defendía la actuación de los tribunales de justicia (tan críticamente tratados por los sectores más proclives al independentismo), lo que le ha creado algún que otro problema entre algunos de sus correligionarios. Se ha posicionado en contra del nombramiento de consellers de la Generalitat que estén fugados o en prisión provisional, lo que le ha supuesto un encontronazo con su compañero Miquel Iceta, por su patente volubilidad en el procés. Y también ha tomado la iniciativa, al proponer regular el procedimiento para las tomas de posesión de los cargos públicos de la Administración, tras el bochornoso y rocambolesco episodio generado en el reciente acto de toma de posesión del president. Una fórmula que, de manera clara y concisa, implique acatamiento al Jefe del Estado y a la Constitución, evitando los subterfugios que quieren acuñar los que –en definitiva- pretenden dinamitar el Estado.
Unas iniciativas que lo han situado en la verdadera dimensión que nunca debió abandonar. Quiero pensar que, en su traumático retiro temporal, en el que ha permanecido más de cuarenta días con sus cuarenta noches, le puede haber sucedido lo que a Jesucristo (al que, según el Nuevo Testamento, el demonio le hizo reflexionar). Esto le podría haber pasado a Pedro Sánchez, tras su traumática, pero al parecer positiva, travesía del desierto. En todo caso, mi más efusiva congratulación, porque es un cambio que une y por recuperar un personaje con sentido de Estado, en estos momentos en los que nuestra clase política no está muy sobrada de este tipo de virtudes.






















