Una encrucijada a resolver
La llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa tras su penosa travesía del desierto, a la que su partido le obligó, ha sido sorpresiva por la rapidez con la que se han desarrollado los acontecimientos, a la vez que cargada de un simbolismo mediático que no ha pasado desapercibido. Si analizamos los antecedentes de este personaje, y los
cerebritos que tiene a su lado como asesores de cabecera, no es difícil pronosticar que los casi dos años de legislatura, que nos quedan por consumir, nos los vamos a pasar enfrascados en una monumental campaña. Una campaña que va contar con significativos guiños a un lado y a otro del espectro político, y con sus clásicas y habituales ambigüedades, que son fruto de sus peligrosas estrategias, junto a esas otras oscuras alianzas a las que haya podido llegar para conseguir su legítimo nombramiento como séptimo presidente de la Democracia.
Al menos eso es lo que pienso, aunque reconozco que me podría equivocar. El flamante Presidente nos tiene acostumbrados a sus cambios de opinión, o más bien a consumar lo contrario de lo que manifiesta. Nada más presentar la moción de censura se apresuró a manifestar que no iba a finalizar la legislatura y que no negociaría con ninguna fuerza política. Solo se disponía a tener unos encuentros “de cortesía”, invitando a los parlamentarios a que “obraran en conciencia”. Y ya hemos visto el resultado: ha pactado con todo quisque, y ya ha anunciado que tiene intención de acabar esta legislatura. Hay que reconocerle que es todo un maestro en decir una cosa y hacer lo contrario en un escaso espacio de tiempo. Por cierto ¿se han dado cuenta de que el Sr. Puigdemont está más callado que un mudo en misa?
Pedro Sánchez está utilizando la misma técnica con la que los independentistas han fabricado el procés. Ahora (según la fugada Sra. Ponsatí) resulta que los secesionistas iban de farol, y que todo lo que le han vendido a la ciudadanía catalana era pura fanfarria; que no estaban preparados y que “era un envite” para ver como respondía el Estado. Lo que ha propiciado que muchos catalanes se lo creyeran, y se montaran en un tren, sin destino definido y con un maquinista que (a semejanza suya) nos pone los pelos de punta autoproclamándose el Moisés del siglo XXI.
No obstante, que el presidente del Gobierno utilice esta técnica, frente a los que han demostrado (de farol o no) que se han querido cargar la unidad de España, me parece de una temeridad considerable. Este tipo de jugadas se deben calcular meticulosamente y, en algunos casos, pueden traer unos resultados contrapuestos a los objetivos que se pretenden. Sánchez se puede ver atrapado, preso de sus opiniones y de sus promesas, al igual que le pasó a Zapatero con aquella polémica declaración, hecha en 2003, y que le perseguirá hasta sus confines: «Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán». Aunque el ex presidente, posteriormente, rectificó: “Es verdad que no fue muy afortunada. Intenté rectificar”, sin embargo, esta ligereza oral nos ha supuesto unas posteriores y graves consecuencias que vamos a tener que sobrellevar a lo largo de la historia.
La ministra Meritxell Batet ya ha comenzado a preparar los cubiertos para abrir el melón de la reforma constitucional, calificándola de “urgente y deseable”. Pero lo que no nos dice es si, en estos momentos, puede ser viable, dado que este tipo de reformas requieren de unas mayorías cualificadas (que el Gobierno actual no tiene), y –además- en el Senado el PP tiene una mayoría absoluta, lo que hace indispensable un acuerdo, sí o sí, tanto con el principal partido de la oposición como con Ciudadanos. Y esto, tal y como está el patio, lo veo tan difícil como ver a Pablo Iglesias con corbata en La Zarzuela. Por otra parte, he visto al President y a otros destacados independentistas felicitarse por esta nueva etapa que ellos califican de “interesante y positiva”; y eso yo creo que, para España, no tiene que ser bueno.
El Gobierno, a través de distintos ministerios, está mandando señales de humo a la Generalitat para facilitar el acercamiento de presos preventivos, para consentir que restituyan sus Embajadas, o para sentarse a negociar las cuarenta y seis peticiones demandadas por el fugado Puigdemont. Dicen, desde el PSOE, que es una forma de demostrar que hay un nuevo ‘talante’ en el ejecutivo y que no se va a cerrar ninguna puerta, ni habrá líneas rojas que impidan las conversaciones próximas a comenzar. Un encuentro que, tal y como lo está planteando el Sr. Quim Torra (de gobierno a gobierno), más bien parece una cumbre de dos potencias independientes, que no se fían una de otra, y que intentan llegar a un armisticio, obligados por la vecindad y por el compartimiento de una frontera común.
Conociendo el proceder de los dos protagonistas, me imagino una conversación bastante aproximada a un diálogo de besugos, y en la que se podría escuchar algo así:
Pedro Sánchez: - “¡Hola Quim! Ya tenía yo ganas de que echáramos una parrafada sobre ese problemilla que nos une. Por cierto, estoy aprendiendo catalán, pero no lo domino mucho ¿en qué idioma hablamos? ¿mejor en inglés, por ser una lengua neutra?”
Quin Torra: - “No es necesario, yo ya me suelto bastante con el dialecto ese que tenéis los del Sur, y así me sirve para practicar un poco, ahora que lo tengo casi olvidado. Pero dejémonos de introducciones y vamos al meollo del conflicto. Yo quiero que sepas que no renunciamos a la independencia, que vamos a restituir toda la normativa que derogasteis y que voy a nombrar un nuevo gobierno en Cataluña con los exiliados y los que están sufriendo la represión despiadada del Estado opresor.”
P.S.: - “Vale, Quim. De acuerdo con todo, pero ya sabes que todo se tendrá que desarrollar dentro de la Constitución. No te preocupes que esto no es mayor problema. Es simplemente un requisito absurdo que nos imponen los meapilas estos que se creen defensores de este país, y que algunos lo consideran todavía como una “unidad de destino en lo universal”. Pero lo podemos solucionar. Tú déjame a mí.”
Q.T: - “No sé…no sé. Es que nos habéis engañado ya muchas veces. Necesitamos que dejéis en libertad a los presos políticos. Y no me digas aquello de la separación de poderes, porque ya no cuela. Nosotros empezamos a meterle mano a este asunto, en nuestro país, lo que ocurre es que nos lo estropeasteis todo cuando os metisteis como un elefante en cacharrería, e hicisteis una revolica que hizo que ahora no encontremos, por ningún sitio, ni los papeles donde lo teníamos todo apuntado.”
P.S.: - “Bueno… no te preocupes, hombre, confía en mí. Ya verás como todo se soluciona. Ahora déjame que tengo que leerme los currículos de todos estos que he nombrado, que es que no gana uno para sobresaltos ¡oye! Ya te invitaré otro día a la “bodeguilla”, nos tomamos unos culos (en el buen sentido), y te cuento algunas de las maldades que me han chivado de los antiguos inquilinos. Adeu.”
Q.T.: -……¿¿¿¿¿¿?????? ¡Adeu!
Fin de la cita.
Bromas aparte, he de reconocer que estoy algo desconcertado con el devenir de los acontecimientos. Por un lado, me congratulo de la actitud mostrada por Pedro Sánchez en los últimos meses, y el apoyo incondicional que ha ofrecido al mantenimiento del orden constitucional. Pero, por otra parte, observo algunas actuaciones que, como mínimo, invitan al pesimismo y a la confusión.
Una verdadera encrucijada que debería resolverse cuanto antes, por el bien y la estabilidad de un país que se merece vivir en armonía, y erradicar el supremacismo radical al que nos vemos abocados de seguir esta deriva secesionista.





















