Juan Bastida: un nuevo Dios en el Olimpo
Hay personas que no deberían morir. Deberían quedarse, como los toros nobles, para perpetuar lo mejor de la raza, de lo que somos como humanos. Es el caso de Juan Bastida Arce, ese paisano de pro que se adelantó a todos y a todo y que no tuvo pudor ninguno a la hora de ponerse el mundo por montera. Fue un tipo de larga conversación, de verbo fácil, de pronto pensamiento, de vivir en el mejor de los sentidos, sin que le importara el qué dirán, siempre que uno se comportara sin hacer daño a nadie. Fue su caso.
Un enamorado de la vida regala lo mejor que tiene: eso, existencia. La compartió. No miró ni premios ni economías, ni clases, ni castas. Desde su visión en progreso comulgó con propios y extraños intentando que la felicidad se acercara por doquier. En muchos casos lo logró.
Fue una voz única, una presencia amable, conocida durante mucho tiempo en los medios de comunicación, y también en el teatro. Poseía una gran oralidad, próxima, de ésas que enamoran por bondadosas y bien armadas en su tono, y en su definición.
Este paisano de Beniaján ha paseado sus orígenes huertanos y murcianos por todas partes, repartiendo alegría y buen hacer. Ha sido así “hasta el último aliento”, como decían los soldados romanos. Es verdad que parte de esa respiración concluyente ha tenido algo, o mucho, de soledad. Como dicen en La Misión, “es el mundo que hacemos entre todos”.
No obstante, es justo que reivindiquemos su paso por este planeta, entre sus gentes, a las que amó de verdad, que es como hay que mostrar cariño. En caso de falsedad hablamos de otra cosa. Como decía Gabriel García Márquez, podemos confesar, con él, que Juan “ha vivido”, y, como subraya uno de los personajes de 'Bailando con Lobos', éste de quien hablo es “mi amigo”, Juan Bastida, nacido en la misma población, en la Huerta, como quien les habla, que creció teniéndolo como un icono, y como un Dios en el Olimpo lo guardará en su corazón hasta el final de sus días.





















