El liderazgo político del PP: un problema de psicología
Este no pretende ser un enésimo artículo de prensa amarilla, de la que plaga un alto porcentaje (la mayoría) del periodismo español. Tampoco un artículo de opinión de un miembro de la enésima red clientelar de ciertos partidos políticos que trata de poner en buen lugar a unos o criticar a otros. Tampoco la opinión de un influencer que quiere orientar el voto a pocos días de las Regionales y Municipales para sus propios beneficios.
Es más bien el análisis técnico de una situación de actualidad vista desde la perspectiva de la profesión que desempeña el autor. Desde hace bastante tiempo me propuse promover y divulgar en la sociedad civil la importancia de la psicología como herramienta de análisis e intervención en escenarios y contextos variados, a los que puede aportar un importante valor añadido y diferencial, tales como la empresa, los negocios, la toma de decisiones a altos niveles organizacionales, la economía, el consumo, el rendimiento deportivo, el clima laboral, el marketing, las políticas de empleo, la transformación digital, las necesarias reformas educativas y, como no, la política en general. Hoy será el caso de la política.
Mi único objetivo con ello es aprovechar un hecho de actualidad para poner en valor lo que los psicólogos de las organizaciones y las ramas económicas y productivas de la psicología, podemos aportar al abordaje y solución de problemas de gran alcance social. Mi intención es que este artículo se convierta en el manifiesto de los Psicólogos del Trabajo y de las Organizaciones a través del cual podamos informar definitivamente a la sociedad de lo que podemos hacer para ella y de lo que podemos aportar a un ámbito tan relevante como la política, el marketing y el diseño de productos. Contar con nosotros a alto nivel organizacional puede ayudar a tomar mejores decisiones que beneficien a las personas y las instituciones. Y me serviré para ello del análisis de la crisis de votos del Partido Popular y de su pérdida de Liderazgo.
Para ello me centraré en impresiones basadas en los grandes discursos de sus líderes y de la política de comunicación y marketing que se ha ejercido en la pasada campaña electoral nacional. Política que si bien puede haberse manifestado técnicamente válida a nivel periodístico y publicitario (en eso no soy un experto y dejaré a los analistas correspondientes hacer sus valoraciones), se ha confirmado nefasta desde el mindset (podríamos traducir esta palabra como “paradigma de pensamiento”) de sus promotores. El mensaje central de la campaña era “Unificar el voto de la derecha centrándolo en un solo partido para que no gane la izquierda”: una versión moderna del clásico lema “la unión hace la fuerza”.
La gran mayoría del tiempo utilizado en los dos debates televisados entre líderes, se centró en reforzar la “Imagen de marca” del partido, más allá que ofrecer alternativas basadas en argumentos acerca del modelo de país que se pretende construir. Algo peligroso, ya que se trataba de un partido que no estaba gobernando y que necesariamente tenía que ofrecer una alternativa basada en argumentos propios.
En la actitud de su principal líder se apreció una vuelta hacia los discursos de una derecha íntegra, sólida y firme en sus principios y planteamientos: cómo aquella que lideraba en solitario el escenario liberal de los 8 años de prosperidad y crecimiento de los dos gobiernos de Aznar. Pero con el añadido del peso de 25 años de historia posterior que ese partido de los años noventa no tenía: el PP actual, a diferencia del PP de los años noventa que se presentaba entonces como una alternativa sin complejos, podía usar una historia reciente de hitos y logros sobretodo en empleo y economía. Pero a la postre ese elemento, lejos de ser una ventaja, se convirtió en un lastre. Eso sucedió principalmente por el uso que se hizo de ese legado histórico: desde la autocomplacencia.
La autocomplacencia ha sido un elemento constante en esa campaña a través de reiteradas frases como “Siempre que el PP ha gobernado ha creado empleo y aumentó el poder adquisitivo de las familias y de las personas”. Lo cual es una evidencia de la que todos nos alegramos, pero hoy en día esto no basta. Porque el escenario liberal en la actualidad está ocupado por más partidos, porque el electorado tiene alternativas, y porque hay una importante franja de la población que no conoció aquellos años, que hoy solo conoce las consecuencias de aquellos gobiernos desde las páginas de periódicos que hablan de corrupción, y no de riqueza.
Los mensajes de la última campaña del PP pueden calar en una población segmentada en colectivos como el empresariado establecido (que creció en su momento con Aznar y se mantiene ahora) y en los pensionistas, pero no en los jóvenes empresarios (que quieren crecer ahora), en los jóvenes desempleados, en el proletariado, en las mujeres, en la inmigración (que no votó, pero votará en las municipales), los artistas, las amas de casa, los fanáticos separatistas o los integristas de una España del café para todos. Para estos colectivos los demás partidos construyeron discursos basados en argumentos más atractivos e ilusionantes, porque más ajustados a sus intereses, inquietudes y estados emocionales.
De esta manera el Partido Popular, en un esmero de trabajar una imagen de marca ya muy trabajada, autocomplaciente en su planteamiento, sin saberlo, iba perdiendo el liderazgo en cuanto a los principales argumentos electorales que decidían el voto sobre el modelo de nación que quieren los españoles.
El PP ya no es líder en casi ninguno de los grandes argumentos electorales. En Murcia le salva el discurso del agua e de la infraestructura, pero si lo pierden, el partido se arriesga a desaparecer del mapa de influencia. A eso se añade la escasa resiliencia por no estar acostumbrado a perder, tras más de 20 años de liderazgo en la región, y la incertidumbre acerca de su capacidad de diálogo y negociación por no estar acostumbrado a liderar de otra manera que no sea en solitario. Todo apunta a que tendrá que enfrentarse a una necesaria alianza con socios de gobierno que ofrecen por primera vez una alternativa liberal en el panorama político regional y nacional.
Se aprecia en las declaraciones y comportamientos de las directivas del Partido, un modo de pensar que parte de un paradigma ya obsoleto: el bipartidismo. En mi opinión personal, ojalá fuera así (soy un gran defensor del modelo bipartidista), pero la realidad es que ya no estamos en un bipartidismo. Ya no estamos en la España de Aznar contra González o de Zapatero contra Aznar.
El escenario ha cambiado. Y plantear una batalla sobre un escenario que no corresponde al campo de batalla real, es una garantía de fracaso. Desde Sun Tzu al general Schwarzkopf, pasando por Alejandro Magno, Gengis Kahn, César, Aníbal, Napoleón, o Rommel, el estudio del campo de batalla y la toma de conciencia sobre la holografía del territorio, son fundamentales para ganar una batalla. Y el escenario actual es el de una España muy fragmentada en intereses que están condenados a encontrar la forma de convivir. Mucho más fragmentada que hace 25 años. No tanto por el degrado de las instituciones estatales y políticas a las que muchos achacarían la causa, sino por la disrupción tecnológica.
La disrupción tecnológica ya no es solo tecnológica, sino que está cambiando nuestra sociedad en lo profundo, desde abajo. Es una disrupción social. El acceso a la información permite la creación de intereses variopintos que existen a la vez, volátiles, inciertos en su orientación, complejos y ambiguos. Desde el punto de vista psicológico, unificar todos estos intereses en una única propuesta alternativa de gobierno ya no es posible. Tal como ya no es posible que una marca con un solo producto llegue a la mayoría más uno de los consumidores. Con una sola marca es ya prácticamente imposible satisfacer a la mitad del mercado y de los compradores. Por esta razón las empresas crean subproductos y submarcas. O se fusionan y se alían entre ellas.
Si tomamos por ejemplo el grupo Volkswagen, podemos ver que tiene una marca que atiende a un perfil prototípico de comprador: el padre de familia joven comprará Skoda, el conservador clásico comprará siempre Volkswagen, pero el más pudiente comprará Audi. El jefe del más pudiente Porsche, el joven deportivo con poco menos dinero Seat, pero como ahora inician a verse muchos jóvenes deportivos algo más pudientes, Seat separa la división Cupra de sí misma, y la constituye como brand aparte, para atender a un nuevo nicho de necesidades recientemente captadas. Estas marcas no compiten entre sí, sino que forman un único grande bloque alrededor de una corporación, basado en la constante lectura y atención a las necesidades y emociones de sus compradores: se trata de una pura cuestión de psicología.
Del mismo modo, pretender alcanzar a la mayoría de los votantes desde una única propuesta política hoy en día es prácticamente imposible. El partido que no es capaz de leer este escenario no va a ganar. Y lo peor, no va a ser capaz de estrechar alianzas ganadoras.
Todo apunta, desde las raíces argumentales de sus discursos, que los dirigentes del Partido Popular siguen anclados al modelo en el que han sido educados en política desde que eran pequeños jóvenes en las bases de las asociaciones culturales y políticas afines al mismo: el modelo bipartidista. Como buenos discípulos, tratan de replicar el modelo en el que fueron educados por las generaciones anteriores. Construyeron su mindset en base a ese modelo, y construyen sus argumentos electorales y sus decisiones políticas en base a ese mindset. Pro ese mindset es erróneo.
La gran duda ahora es si serán capaces de abandonar ese mindset en favor de uno más actual y adaptado a las circunstancias de la política de hoy en día. Si son capaces de deshacerse de unas costumbres y uno hábitos de pensamiento por un lado, y de construir alternativas mejores por el otro.
Todo cambio representa una doble dificultad: abandonar la comodidad de lo que se conoce por un lado y, por el otro, construir un nuevo camino incierto hacia un lugar al que se desconoce todavía si se será capaces de llegar. Incomodidad por abandonar lo conocido, y miedo por ir hacia lo desconocidos. Explorar nuevos caminos, nuevas formas y nuevos modelos.
Y el factor psicológico clave en ello es la resiliencia: es decir la capacidad de reponerse emocional y cognitivamente después de un episodio desfavorable. Para ello es importante digerir lo ocurrido. Y para digerirlo es importante adaptar las estructuras de pensamiento antiguas a las evidencias de una nueva realidad. En la medida y en la velocidad en la que esto se logre, se puede hablar de alta, o baja resiliencia. Y si no se logra, eso será indicador de no resiliencia. Si serán capaces de hacerlo, volveremos a ver a un partido popular brillante, capaz de generar concordia y liderar no tanto la política nacional (eso solo sería posible en un modelo bipartidista), sino el conjunto de propuestas liberales que provienen de la derecha en general. Abanderarse del liberalismo y crear una red colaborativa con los demás partidos, en lugar de tratarse como oponentes, va a ser crucial. El partido que logre leer esta necesidad y asuma ese rol de cohesionador de diversidad liberal, se hará con el liderazgo de la derecha española.
De momento, escuchando las últimas declaraciones de Pablo Casado, todo apunta a que las directivas del partido se encuentran en esta encrucijada. Los indicadores de ello son la evidencia de un primer intento hace meses de ir hacia la derecha pura (no me gusta eso de extrema derecha), fruto de ello, el pasado domingo electoral hubo el choque contra la pared de Vox que entretanto se hizo con ese lugar ocupándolo con autoridad y solvencia. A lo largo de la semana pos electoral hubo un nuevo bandazo hacia el centro, rebotando esta vez contra Ciudadanos. Fruto de ese rebote fue el amago de desplazar a ese partido hacia la izquierda tildándole de social-demócrata. Pero todos saben que Ciudadanos es un partido cuyas propuestas, en algunos términos son mucho más liberales que las del PP.
Cuando empiezas a definir tu identidad en base a quienes son los otros, entonces es que has perdido la conexión con tu yo, con quien eres y con qué te hace grande. Y volver al liderazgo pasa por mirarse hacia dentro buscando tus argumentos, no luchando contra los de otros.
Estas son señales de una crisis de identidad de un partido que se autocomplace en un pasado que ya fue y que busca votos donde probablemente ya no hay y ni se les puede sacar más. Porque las necesidades a atender están en otro lugar. Ya no se trata de venderle más de lo mismo a un nicho ampliamente satisfecho por tu propuesta electoral. Estos electores ya están comprando tu producto. Tienes que segmentar más el mercado, identificar nuevas tendencias y necesidades insatisfechas y tratar de atenderlas con nuevas propuestas basadas principalmente en el dialogo y la escucha atenta de la ciudadanía y la sociedad civil. Y para eso hace falta mucha psicología. Más psicología que branding.
Han sino demasiadas las veces en las que me encontré personalmente en reuniones colectivas con gobernantes y políticos, promovidas por las distintas asociaciones a las que pertenezco. En esas sedes los políticos de turno iban a contar su película, a vender su producto acaparando minutaje con discursos plagados de afirmaciones autocomplacientes: nunca una pregunta.
Y jamás la pregunta que todo político debería hacer a cada lobby cuando se reúne con sus miembros:
- ¿Qué puede hacer mi partido por vosotros?
- ¿Cuáles son vuestros intereses? ¿Cómo podemos adaptar nuestras políticas a vuestros intereses?
Si el PP no abandona rápidamente el mindset del bipartidismo y sus algoritmos asociados a la lógica de voto, eso será señal de la falta de resiliencia. Y esa falta de resiliencia le llevará inevitablemente a la autodestrucción desde dentro. Y sería una perdida muy grave para la política nacional.
Y volver al liderazgo pasa por mirarse hacia dentro buscando tus argumentos, no luchando contra los de otros.





















