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Opinión |
Miércoles, 01 de Junio de 2011

Ganar o perder

Si miráramos en global, nos daríamos cuenta de que el concepto de ganar o perder es una interpretación tan relativa como circular, pues, como dicen los expertos, las posibilidades y los recursos son escasos o tienen sus limitaciones, y ello hace que, si uno consigue más que otro, es el otro el que se queda con menos de lo que querría, o debería. En ese tránsito de opciones siempre permanece alguien con menos de lo suficiente, con menos de lo necesario y/o de lo digno para salir adelante. De ahí la necesidad en los Estados evolucionados y democráticos de poner en marcha mecanismos correctores.

Por eso, en estas economías de mercados que han crecido al diez o veinte por ciento en algunas escalas o sectores, que han doblado durante una década beneficios, que han elevado compras y ventas mucho más allá de lo razonable o asequible, son muchos, demasiados, los que quedan fuera, pues el ritmo es muy desenfrenado y las extraordinarias celeridades ocasionan que se produzcan bastantes errores en los planos personales y profesionales con el coste que ello supone.

En realidad, no se gana tanto, cuando se gana, pues, en un análisis sencillo, observamos que buena parte de los dividendos o provechos quedan para otras generaciones venideras, que o bien no los valoran igual, o bien no les sacan el oportuno beneficio, ya que los valores se trastocan obviamente por el tiempo, o, sencillamente, en los vaivenes cíclicos se pierde lo que con anterioridad se consiguió. Es la lógica de la Naturaleza, que no advertimos en su sencillez porque las miradas son cortas y no panorámicas. Contemplamos demasiado a ras de lo próximo.

La existencia corre muy deprisa, y no sólo porque vayamos de esta guisa nosotros, los seres humanos. Va con premura porque así va. No hace falta que imprimamos más energía de la que precisamos. Como consejo, apuremos, pues, los minutos y los segundos en pos de esa felicidad a la que tenemos derecho y que, por derecho, hemos de sostener. No pensar en el presente, y, más aún, en el futuro de los demás, es un pecado capital que trasciende lo religioso y nos supera.

Es pura antropología: si no racionalizamos los crecimientos desde la mesura y el conocimiento, procurando administrar lo que tenemos como si de una familia se tratase (lo somos en lo espiritual y en lo físico), nos quedaremos con poco (nada es mucho decir), sin lo suficiente, con desequilibrios que, a su vez, harán germinar desatenciones y desafectos, lo cual es un “sinsentido”. Procuremos aprovechar los errores que hemos cometido y desarrollemos los deberes precisos para que no haya injusticias. De haberlas, no pensemos que la paz será fácil, ni la interna, ni la externa, ni la del corazón, ni la de la mente, ni tampoco la individual o la colectiva. Compartamos, por ende, un poco más, algo más. Más, por favor.

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