Soledad es criatura primorosa
Como siempre Trotski y yo nos juntamos a tomar un tinto de verano, uno y no más, en la terraza de Los Antonios.
Esta vez nos atiende María, la pequeña del clan. Una joven muy lista, aunque todavía no sabe lo que quiere hacer en su futuro. Bueno, sí lo que quiere, pero no sabe encauzar sus deseos profesionales.
Esta vez el pesado de mi perro está filosófico y me cuenta sus andanzas en el año y medio que ha estado solo deambulando por ahí. Me dice que, sonando de fondo aquella canción de Emilio José, nadie como él conoce a Soledad.
La soledad es algo que va en el alma y uno puede estar entre amigos o en plena plaza abarrotada, y sentirse solo. Solo consigo mismo y escuchando tus latidos y tus pensamientos.
Estar solo es entrar en un garito de juego, pedirse una copa, meter unas monedas en la máquina, perderlas todas, hablar con la chica de la barra y con el resto de los clientes y sentirte solo.
Trotski ha pasado por todo eso. Una soledad más allá de lo que puede soportar cualquier ser humano o perruno, me dice con los ojos vidriosos por las incipientes lagrimas.
Trotski se ha encontrado con Soledad y se ha quedado prendado. La soledad tiene su morbo pese a ser mala compañera.
Nadie es capaz de curarla o de quitársela de en medio. Una vez vez probada la Soledad te engancha como la heroína. Y ya nunca quieres compañía, y si la tienes miras y te encierras para disfrutarla.
La Soledad no es criatura primorosa pero ‘como si lo seriese’.
Trotski está solo y a mí me importa un pimiento, pero le miro mientras habla, porque él no sabe que yo también tengo esa enfermedad y no lo voy pregonando para que cuatro imbéciles disfruten
Soledad… ay mi soledad.
Besos casa.
Linkedin: Francisco Martínez Campos





















