Aprender a amar al coronavirus
Un indicio de que la gripe hace tiempo que no tiene ningún prestigio es que siempre va acompañada del adjetivo "simple". Una simple gripe. Nadie se preocupa porque otro padezca de gripe, ni aunque sea una mutación agresiva de ella, procedente de pollos chinos o algo así. Sin embargo, entre un dos y un tres por ciento de los infectados fallecen por simple gripe. No es un porcentaje desdeñable. Mucho mayor que la muerte en carretera. Hay incluso no pocas mujeres, y supongo que hombres, que tienen por un gesto de amor que las beses en la boca cuando están infectadas de gripe, es decir, que el ser amado las acompañe en su enfermedad, orgánicamente. "Hoy estoy cariñosa, debo estar incubando algo", te dicen con oscuro candor al final de la velada, cuando no hay remedio. Cuando tú también estás incubando.
Yo no comparto esa visión romántica de la gripe. La última casi se me lleva por delante, hará unos cinco años, tras una serie de complicaciones respiratorias graves durante meses debidas a ausencia de defensas, por estrés postraumático. Una simple y casi simpática gripe. El médico de cabecera me había recetado pastillas para el resecamiento de garganta, o algo así de estúpido, pese a mis protestas. Providencialmente llegó mayo, y la enredadera que tenía en los pulmones, que cerraba la glotis mientras dormía, murió sola por las altas temperaturas. Entre el bicho y yo, quedé yo.
Sin embargo, la gripe, incluso muchos años después de inventarse la penicilina, no era considerada "una simple gripe", igual que hoy no hay un "simple cáncer de páncreas". No era la excusa para faltar una semana al trabajo. Estaba a una simple tirada de dados que faltaras al trabajo para siempre. Lo sorprendente es lo bien que se tomó la población europea de hace un siglo morir en masa por la ignominiosamente llamada "gripe española", sólo porque fue España el primer país en informar libremente de la pandemia. Cien millones de personas perecieron ahogados en toses y mocos tras la Gran Guerra, pero no hubo muchas quejas. Como si dijéramos, la gente se murió con orden, sin gesticular mucho. Morir era una de las posibilidades claras que contemplaba todo el mundo al levantarse por la mañana. Era otra sociedad.
Con el coronavirus la población actual se lo ha tomado mucho peor. No es porque no haya vacuna, porque tampoco la vacuna de la gripe es efectiva cuando ésta muta veloz y ferozmente. Tal vez ya sólo se estén muriendo con un cierto orden en China. Están obligados a ello por la dictadura comunista. En el resto del planeta, y sobre todo en Europa, hay desorden, sensacionalismo, psicosis e incluso histerismo. Ya sabemos de qué son capaces las masas sugestionadas. Basta un rumor para que se inicie la estampida, como los búfalos. No, el miedo cerval al coronavirus no se basa en que no haya vacuna, como la gripe hace un siglo. Se basa en algo nuevo de la postmodernidad: la sorpresa indignada de la gente, enterándose de pronto que no es inmortal.
La inmensa mayoría de la gente actualmente piensa en el fondo que no se tiene que morir, una conciencia que antes sólo tenían los muy ricos, los cuales siempre han vivido, en todas las épocas, con la creencia de que les van a echar las perras al ataúd. Este, el de apartar el factor muerte de la vida diaria, es un requisito indispensable para la sociedad de Consumo contemporánea. La publicidad inocula en la gente, en un bombardeo constante, directa o subliminalmente, la noción de eternidad. Si la noción de muerte está presente, no se desea consumir nada y se acabó el negocio. Se ha eliminado la muerte de la vida diaria del consumidor medio. Hasta que llega un acontecimiento imprevisto, el coronavirus, y la gente se siente estupefacta por las noticias de que un día morirá de algo. Esta es la cuestión.
Hace un siglo, por contra, la muerte estaba por todas partes. Se acababa de salir de la guerra más sangrienta conocida hasta entonces, y sobre los escombros caía la gripe, que mató más aún. Europa olía a cadaverina. La difertencia es que la gente estaba acostumbrada a la sensación de temporalidad, de interinidad sobre el mundo. Especialmente en España, donde las muchachas ya vestían de negro en previsión de lutos futuros y la vida era un valle de lágrimas, no un regalo, según los "coachers", dirigido al crecimiento personal. Por eso está sentando tan mal el coronavirus. Porque ha sido una impertinencia. Las vacunas de la gripe no son efectivas en las mutaciones agresivas, y la gente cae como moscas. Eso se sabía, pero no se hacía como que no se sabía para no alterar la sensación de inmortalidad general. De pronto, con el simple coronavirus, hay la revelación de que estamos aquí de prestado. Como diría Pascal, un instante entre la infinitud de la nada que nos precede antes y la infinitud de la nada que nos seguirá después.
Creo que es bueno que la gente sepa que, de una u otra forma, vamos a morir todos pronto. Nos hace mejores personas.





















