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Opinión |
Jueves, 12 de Marzo de 2020

Machista

 

Estaba en una barbería cuando en la calle se produjo un pequeño altercado. Una conocida "yonki" cadavérica de las que andan deprisa (andar deprisa se ha convertido en sinónimo de gente que nunca ha hecho deporte, yonkis y malos toreros), una conocida yonki, digo, conocida por insultar con lo más grande a los que, de buenas maneras, no le dan limosna, se las tenía tiesas con un pobre repartidor. El obrero, indignado con la lluvia de injurias de la irritante drogadicta, cometió el error finalmente de contestar, diciendo que de todo eso que lo estaba llamando, ella más. En ese mismo momento, la "yonki", ante la cercanía del 8 de marzo (para el que faltaban apenas dos días) vio llegada su oportunidad, poniéndose a planear plácidamente entre los vientos de popa de la época. "Machista", gritó. "Ése de ahí es un machista, ¡Machista!". Toda la calle quedó paralizada, estupefacta. Nada menos que un machista suelto en la calle. 

 

La escena era similar en todo a aquellas de "La invasión de los ladrones de cuerpos", cuando los clones o avatares extraterrestres qeu habían copiado el cuerpo de personas señalaban con el índice y un rugido gutural a los pocos seres humanos normales que podían detectar. ¡Un machista! La drogadicta insistía con sus alaridos, dejándose los últimos restos de cuerdas vocales. Me encontré pensando, de manera natural, que en ese momento aparecerían cuatro o cinco policías para reducir a aquel pobre hombres que repartía paquetes, introducirlo a empujones en un coche patrulla y hacerlo desaparecer del mundo hasta nueva orden. Lo terrible es que, si lo pensé yo, lo pensó también toda aquella calle paralizada. De manera natural. Todo es siempre de manera natural. En ese momento la yonki podría haberse quedado el camión del repartidor y salir echando leches, y ni el repartidor hubiese movido un dedo. Se había pronunciado la palabra mágica. Esa palabra que no necesita demostración porque yo también te creo, hermana. 

 

Me sumí en las más graves cavilaciones. Hay etiquetas morales por las que viene (o peor, todos imaginamos que podría venir) la policía y debes intentar quitártelas ante los jueces de guardia. Poca broma con esto. Hasta tal punto que ya se ha convertido en una ventajosa forma de pedir limosna, como se ha convertido en una ventajosa forma de absolutamente todo. O me das lo que lleves o te grito en la calle machista, machista, como antes se gritaba "al ladrón", esperando que alguien detuviese la carrera del presunto con una zancadilla. No ya cualquier crítica, sino la más leve observación a cualquier cosa que perpetre una persona perteneciente a determinado género puede ser calificado de machista. Y con la calificación puede venir, no ya con la legislación vigente, aunque también, sino con el juicio social, el señalamiento público y posterior caída en desgracia de cualquiera.

 

Digamos que aquella drogadicta injuriosa se invistió, en aquel momento, de la toga de autoridad que hoy regala gratis, como un "kit", el significado político de la palabra machista. Hoy las conversaciones quedan zanjadas automáticamente en cuanto alguien sugiere que tus observaciones podrían ser consideradas machistas. Podrían ser consideradas, naturalmente, por los nuevos sacerdotes de la superioridad moral. Ya me ha ocurrido, aunque no con "yonkis". Ahí se acaba todo debate. No sólo el debate. Se convoca a la oscura sombra de la sospecha, que cae como petróleo sobre el señalado y cuya lucha contra ella sólo hace pegártela más al cuerpo. Machista, el pobre repartidor de paquetes aquel. La gente común no entiende qué pasa, pero sí advierte instintivamente el peligro. Imagino que el repartidor ya estará acelerando a toda velocidad a la altura de Helsinki, sin querer mirar atrás por si lo siguen.   

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