Rescatados, no invadidos
Una vez constatado definitivamente que el consejo de administración de la CAM era una pista de baile gracias a la declaración de una integrante de la comisión de control, de profesión bailarina clásica, su homóloga la comisión de investigación parlamentaria puede echar el cierre. Para qué seguir escuchando o leyendo lo que tienen que decir los ex integrantes de los órganos responsables de la buena marcha de la entidad si ya sabemos que aquello era una representación diaria del lago de los cisnes o, lo que es peor, una concentración lacustre de patos sin cabeza.
Entre directivos que no declaran amparándose en que están inmersos en un proceso judicial, consejeros que no comparecen ante sus señorías alegando un fallo en el envío de la notificación y compañeros de mesa que admiten que no se enteraban de por dónde les daba el aire porque, al parecer, concentraban toda su atención en el plisado del tú-tú, tenemos ya una completa radiografía del desbarajuste. Continuar con el espectáculo es en los tiempos que corren abundar en el sonrojo del espectador, que asiste apesadumbrado en la platea a un bis tras otro mirando de reojo el abultado caché que percibía el elenco por no hacer otra cosa que evolucionar sobre el escenario con los párpados apretados.
Así que apaga y vámonos con el atrezzo a cuestas. Pasemos de la ficción local a la ciencia ficción nacional y detengámonos en la ofensiva que ha permitido a los Tercios de Mariano Rajoy clavar una pica en Flandes al grito de "A mi Sabino, que los arrollo", fantasmada atribuida al jugador de la selección del fútbol José María Belausteguigoitia en las primeras décadas del siglo pasado que dio carta de naturaleza al mito de la furia española, un artificio deportivo a falta de industria más productiva con el que nos alimentaron a través de los micrófonos del franquismo para matar el hambre de garbanzos y de libertad. El éxito que se atribuye el Gobierno sobre la tumultuosa inyección de capitales a la banca es, más allá de sus hipotéticos beneficios y de sus seguros efectos colaterales en los bolsillos del ciudadano, la representación de su enésima contradicción. Desde que el forofo líder popular accedió a la Moncloa con el compromiso de que el relevo iba a finiquitar la voraz crisis por la vía de la confianza de los socios europeos y de los mercados, se han sucedido los "coitus interruptus" travestidos en fórmulas semánticas. La pretérita promesa de llamar al pan pan y al vino vino se ha convertido en el intento de denominar al rescate de cualquier otra forma menos rescate. Pervertir el lenguaje a base de retorcerlo enerva al ya de por sí encrespado compatriota, harto de despistes, y provoca taquicardias allende los Pirineos, cuyos líderes asisten asombrados a la esforzada pretensión de hacer pasar las churras por merinas.
Claro que, bien pensado, a lo mejor el Ejecutivo tiene razón por una vez y es fiel a la realidad. Puede que no hayamos sido intervenidos ni rescatados, sino simplemente invadidos cuasi militarmente por los evaluadores internacionales, los hombres de negro que ni estaban ni se les esperaba, según el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro, y los especuladores de cuello blanco. Todo ello ante la escrutadora y desconfiada mirada de los Cien Mil "Ojos" de San Luis dada la contrastada transparencia de las instituciones aborígenes, la heroica aplicación de sus dirigentes a la faena y la insolvente solvencia de muchas de las entidades financieras coautoras probadas del escándalo y cómplices necesarias en el advenimiento de la miseria actualmente en curso, y mientras crece en la Comunidad Valenciana y en otros puntos del Estado la nómina de imputados en asuntos turbios -Rafael Blasco es el penúltimo en capilla- y en tanto la economía sumergida se supera a sí misma con epicentro en la provincia de Alicante. Afirma Rajoy que somos la cuarta potencia europea, pero nos ven como al Lazarillo de Tormes. Por algo será.
Otros artículos de Jesús Alonso
Entre directivos que no declaran amparándose en que están inmersos en un proceso judicial, consejeros que no comparecen ante sus señorías alegando un fallo en el envío de la notificación y compañeros de mesa que admiten que no se enteraban de por dónde les daba el aire porque, al parecer, concentraban toda su atención en el plisado del tú-tú, tenemos ya una completa radiografía del desbarajuste. Continuar con el espectáculo es en los tiempos que corren abundar en el sonrojo del espectador, que asiste apesadumbrado en la platea a un bis tras otro mirando de reojo el abultado caché que percibía el elenco por no hacer otra cosa que evolucionar sobre el escenario con los párpados apretados.
Así que apaga y vámonos con el atrezzo a cuestas. Pasemos de la ficción local a la ciencia ficción nacional y detengámonos en la ofensiva que ha permitido a los Tercios de Mariano Rajoy clavar una pica en Flandes al grito de "A mi Sabino, que los arrollo", fantasmada atribuida al jugador de la selección del fútbol José María Belausteguigoitia en las primeras décadas del siglo pasado que dio carta de naturaleza al mito de la furia española, un artificio deportivo a falta de industria más productiva con el que nos alimentaron a través de los micrófonos del franquismo para matar el hambre de garbanzos y de libertad. El éxito que se atribuye el Gobierno sobre la tumultuosa inyección de capitales a la banca es, más allá de sus hipotéticos beneficios y de sus seguros efectos colaterales en los bolsillos del ciudadano, la representación de su enésima contradicción. Desde que el forofo líder popular accedió a la Moncloa con el compromiso de que el relevo iba a finiquitar la voraz crisis por la vía de la confianza de los socios europeos y de los mercados, se han sucedido los "coitus interruptus" travestidos en fórmulas semánticas. La pretérita promesa de llamar al pan pan y al vino vino se ha convertido en el intento de denominar al rescate de cualquier otra forma menos rescate. Pervertir el lenguaje a base de retorcerlo enerva al ya de por sí encrespado compatriota, harto de despistes, y provoca taquicardias allende los Pirineos, cuyos líderes asisten asombrados a la esforzada pretensión de hacer pasar las churras por merinas.
Claro que, bien pensado, a lo mejor el Ejecutivo tiene razón por una vez y es fiel a la realidad. Puede que no hayamos sido intervenidos ni rescatados, sino simplemente invadidos cuasi militarmente por los evaluadores internacionales, los hombres de negro que ni estaban ni se les esperaba, según el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro, y los especuladores de cuello blanco. Todo ello ante la escrutadora y desconfiada mirada de los Cien Mil "Ojos" de San Luis dada la contrastada transparencia de las instituciones aborígenes, la heroica aplicación de sus dirigentes a la faena y la insolvente solvencia de muchas de las entidades financieras coautoras probadas del escándalo y cómplices necesarias en el advenimiento de la miseria actualmente en curso, y mientras crece en la Comunidad Valenciana y en otros puntos del Estado la nómina de imputados en asuntos turbios -Rafael Blasco es el penúltimo en capilla- y en tanto la economía sumergida se supera a sí misma con epicentro en la provincia de Alicante. Afirma Rajoy que somos la cuarta potencia europea, pero nos ven como al Lazarillo de Tormes. Por algo será.
Otros artículos de Jesús Alonso





















