
Al despertar me quedé quieta, sorprendida escuchando los cantos de los pájaros al amanecer, un diálogo precipitado y alegre que se cruzaba entre ellos arropados por las ramas tanto tiempo desnudas y ahora cubiertas de hojas por una primavera tardía. Tanta lluvia y humedad me mantenían convencida en la obligación de quedarme en casa; y, de repente, una mañana, apareció un jardín verde, deslumbrante; un intenso follaje aéreo, un entramado que ocupaba todo el ventanal, como si hubiera brotado en unas horas… Al subidón de adrenalina le siguió la necesidad de respirar con toda el alma… Todo parecía regenerado, de una belleza increíble.
¿Qué es lo que me ha hecho rememorar ese momento? Creo que la idea de retener la chispa que se produce en un instante; la curiosidad del descubrimiento en un momento y no otro. Me gustan los árboles; plantas de tallo leñoso fuerte y duro, cuya altura supera un límite determinado. Los observo como edificios de la naturaleza, como piezas únicas dentro de los paisajes naturales y también urbanos. No conozco ninguna ciudad o pueblo que no tenga árboles. Son verdaderamente hermosos, majestuosos, nos susurran, murmuran con su propio lenguaje que se arremolina en nuestro ensueño pacífico y protector. ¿Quién se ha resistido a no dejarse mecer por la brisa y el cobijo de un árbol alguna vez, como un niño cansado? Gigantes buenos, inmutables, son espectadores directos de la historia a través del tiempo con su presencia ancestral. Capaces de diseñar un paisaje y de poner una fecha importante al calendario de un país; como Venezuela, que declaró el Araguaney Árbol Nacional, el 29 de mayo de 1948. Un árbol autóctono que puede llegar hasta los 12 metros de altura, con un tronco recto, cilíndrico de más de medio metro de diámetro y con una maravillosa floración dorada desde febrero a abril.
El cine ha utilizado los árboles en argumentos importantes al producirse alguna escena crucial que ha dado nombre a películas muy conocidas que muchos recordamos. El Álamo, un Western protagonizado, dirigido y producido por John Wayne, con un reparto de lujo y con música de Dimitri Tiomkin. Película ganadora de varios oscar de 1960. El árbol del ahorcado; otro Western con Gary Cooper y María Schell. El árbol de la vida, un drama, con un Brad Pitt, traumatizado por la relación con su padre, y, que anteriormente, con el mismo título, Montgomery Clift y Elizabeth Taylor ya protagonizaron un drama sureño con un argumento muy diferente. Seguiría rebuscando, como buena aficionada, encontrando muchos más árboles protagonistas.
Me encantan los árboles. Y he tenido un sueño: caía el sol desplomándose del cielo como fuego ardiente abriendo una herida en la tierra. Cerré los postigos angustiada, habría que esperar muchas horas antes de poder salir fuera. ¡Qué hacer en esta situación! La gente se defendía del calor aislándose del exterior... Me lo habían aconsejado, pero no estaba preparada para vivir esas terribles horas larguísimas, la mayor parte del día, moviéndome en una oscuridad insoportable. Buscaba desesperadamente ocupar el tiempo, llenar espacios como fuera. De un año a otro olvidaba el verano, me cogía desprevenida y me quejaba como recurso para vencer la modorra que me sumía en un letargo desesperante. Más que una casa parecía una celda, no aguantaba más. Los papeles desparramados por la mesa no tenían historia. Optar por el encierro no habría sido buena idea, pero bastaron unos segundos para dar un giro a esa hora imprudente de un mediodía de verano y decidí coger un lápiz y un cuaderno. Salí de la casa. El pueblo ausente abrasaba -nunca más recorreré sus calles- pensé como una promesa hecha al aire. Cuando desperté una brisa recorría todo mi cuerpo; apoyada en el tronco de un pino frondoso mantenía cogido el lápiz, y el cuaderno reposaba en mi vestido. Y me encontré inmersa en el bosque que puebla el paisaje y lo convierte en un lugar misterioso lleno de interrogantes. Podía sentir una laxitud ajustada a las sensaciones de ese momento. No importaba cómo había llegado allí. Oía un ligero rumor de agua y el sol penetraba con destellos imprecisos, luminosos.
Y ahora pienso en los bosques porque tienen el poder de hablarnos con las vidas que han recorrido sus caminos inciertos; porque son comunidades de plantas, con capacidad de equilibrar el flujo húmedo como conservadores del suelo y grandes productores de oxígeno. Verdaderos pulmones que protegen y equilibran el medio ambiente. La palabra bosque tiene una identidad que a nadie le es ajena. Y en ellos, los árboles se encuentran en su plenitud. Alice Munro, premio nobel de literatura, en uno de sus relatos del libro “Demasiada felicidad” define con total delicadeza: El olmo es arrogante, si tiene espacio, en el bosque se dispara hacia arriba. Puede ser frágil por la corteza en forma de ondulaciones, que lo puede romper. El roble es imprescindible en un jardín; es mágico. La frase de cuento: “Érase una vez un bosque” imaginas que son robles. Las hayas tienen algo dramático y elegante. El cerezo puede ser muy alto en el bosque, el más negro. La corteza son laminillas pintorescas…
Y hasta aquí mi pasión por tanta belleza que nos rodea al alcance de la mano. Quizá haya sido este tiempo de espera donde la ilusión de llegar al final me hacía mirar por la ventana y… Soñar.
¡Nos vemos pronto!


