
Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado. Ahora lo veo todo desde otra dimensión…
¿Dónde estoy? Está todo muy oscuro. Pero no me inquieta. Siento paz. Me debí quedar durmiendo. Voy a investigar.
Abrí la ventana del cuarto donde me encontraba y me di cuenta de que estaba dentro de una iglesia. Escuché a un grupo de personas reunidas hablando del más allá y de si habría vida después de la muerte y sentí unas ganas enormes de llamar la atención de alguna manera. ¡Que sí! Os lo digo yo que no hablo sólo desde la voz de lo deseable, si no desde ese más allá en el que aparecí ese día en que noté que nadie me veía y yo a los demás sí y… ¿qué puedo decir?
De pronto sonó un estruendo y me asomé para no perder ni un solo detalle de las acciones de las cuatro mujeres y cinco hombres que se habían reunido alrededor del altar. Pude ver cómo iban vestidos y distinguir que uno de los varones era un cura y los demás cuatro parejas que se preparaban para algún evento familiar.
Me acerqué un poco hasta sentarme en el primer banco más cercano a donde se encontraban. Hablaban de sus debilidades y sus fortalezas. Una de las chicas comenzó a sincerarse:
-Mi debilidad más grande es la de desear lo que no tengo, anhelar lo que no soy, hasta el punto de querer que la persona que sí lo tiene se quede sin ello.
-Querida Margarita, - le dijo el cura – esa es de las mayores debilidades pues se trata de la envidia y no hay peor angustia que vivir con ella.
-Lo sé y por eso quisiera arrancarla de mi ser y enterrarla en esta caja que has abierto para nosotros para que nos despojemos de lo que no queremos, y después cerrarla y no volver a sentirla nunca más.
-Es tu turno, Isabel – comentó Juan, su acompañante.
-Mi debilidad es la crítica destructiva, busco siempre a alguien que escuche los comentarios peyorativos que tengo que hacer sobre los demás y se convierta en una especie de aliado que me haga sentir superior el tiempo que esté liberándome de mis demonios internos, esperando aplausos que nunca llegan si mi interlocutor es ajeno a mi mensaje y por el contrario sí llegan si el que recibe mis apreciaciones es como yo. -dijo Isabel respirando hondo tras haberse sincerado con el grupo.
- Pues se trata una vez más de la envidia - reveló Ramón que iba poniendo nombre a esas debilidades que le iban confiando. - ¿Quieres echarla a la caja y enterrarla después? -le preguntó a Isabel.
- Así sea -dijo ella.
Fueron pasando uno a uno por esa confesión que les iba despojando desde sus entrañas de lo que querían desprenderse, esperando que Ramón les enseñara el camino para dejar de sentir todo lo que no les dejaba avanzar y se llevara en la caja, que tanto ruido había hecho al ser abierta, esos trozos suyos de alma que los bloqueaban y les diera el antídoto para no sentirlos más.
Desde mi banco los contemplaba observando la situación. Tengo que decir que me encantó la idea de aquel ataúd abierto en el que imaginariamente echaban sentimientos que no deseaban tener dentro, esperando que, al cerrar y enterrar el recipiente, el contenido se iría con él.
Ramón los reunió a todos y veneró en primer lugar su valentía por haber sido capaces de hablar en voz alta a los demás y a sí mismos, y tras haber expresado uno a uno esos sentimientos que les provocaban debilidad y malestar, los invitó a cerrar la caja y a que pensaran en esas fortalezas que seguro encontrarían ahora con más facilidad.
-Os puedo decir que hay una única cualidad que puede arrasar todas las debilidades que encuentra a su paso y que se debe transportar con vosotros allá donde vayáis, y es la bondad. La de verdad, la que no busca premios, ni reconocimientos, ni alabanzas -dijo Ramón dando por terminada la reunión tras enterrar toda la caja en un rincón de la capilla, intentando dejar atrás lo que habían elegido desechar cada uno de ellos para poder avanzar.
Desde mi condición de espectadora silenciosa me levanté sigilosa para marcharme tras haberme dado cuenta de que aquella reunión no había sido un encuentro cualquiera, ni aquellas parejas a las que escuché hablar de la vida después de atravesar el umbral de lo desconocido se codeaban para un evento familiar. Aquel grupo se preparaba para la muerte, cada uno de ellos se enfrentaba a una enfermedad y por ello querían dejar fuera todas aquellas debilidades que les impedían estar en armonía. La bondad es la más grande de las cualidades, el más noble de los comportamientos y con ella en nuestras vidas descansa el alma en un estado de paz y bienestar.
La furgoneta que los esperaba fuera los recogió y se alejó dejando atrás una estela de música alegre y desenfadada. Pude visualizar en el cristal el nombre de la asociación que enviaba el vehículo: “Locos por vivir”.
¡Os deseo un fin de semana repleto de vida!



