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ENTRE TÚ Y YO

Abrazos olvidados

Mariate Almela Viernes, 12 de Junio de 2020 Tiempo de lectura:

Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado… Ahora lo veo todo desde otra dimensión.

               

 

Recuerdo muy bien los días de playa, en los que simplemente mirar al mar, jugar a las palas, pasear por la orilla o encontrar caballitos de mar, me hacía sentir feliz.

 

            - Hola, ¿te vienes? - comentó Daniel a Sara mientras pasaba corriendo por donde ella permanecía sentada contemplando la gran joya que tenía delante.

 

            - Voy contigo -contestó Sara.

 

           

Él dejó de correr y pasearon juntos por aquella pequeña playa que tenía de especial muchas cosas, aquellos balnearios donde tiempo atrás habíamos compartido momentos inolvidables, de risas, baños y aperitivos; los paseos en barco hasta llegar a la isla donde en ocasiones habíamos dormido bajo las estrellas; las noches de cine de verano que terminaban en el embarcadero o en la arena comiendo pipas y contando historias de misterio.

 

            - Sara, ¿te gustaría hacer algo ahora mismo, en este instante, así, sin pensarlo mucho? -le dijo Daniel.

 

            - Sí, muchísimo -dijo ella-. Me gustaría poder volar, sentir la libertad que te permite actuar sin medir los movimientos y dejarme llevar.

 

            - Tus deseos son órdenes para mí - le contestó él.

 

            Daniel fue a recoger su lancha y la llevó hasta la orilla.

 

            -Señorita, ¡puede usted embarcar! ¡¡ Adelante!!

 

           

En aquel instante quise volverme visible, abrazarlos y decirles que los dos siempre fueron muy importantes para mí, que al compartir tantas cosas con ellos fui inmensamente feliz y que, aunque en muchas ocasiones damos por hecho que siempre lo tendremos todo, no es así. Daniel y Sara eran mis mejores amigos y yo aún no había tenido tiempo de decirles todo lo que ahora con añoranza siento por dentro. No saben ni dónde estoy (ni yo misma lo sé).

 

            - ¡Vamos Sara! ¡Vas a dar el paseo volador más atrevido de tu vida!  -comentó Daniel riendo a carcajadas.

 

            - Venga Dani, ¡demuéstrame el piloto que llevas dentro! Ja, ja, ja.

 

            La lancha se fue alejando de la orilla y poco a poco la sensación de libertad que anhelaba Sara se fue apoderando de ella, como si las emociones que iba sintiendo en esos instantes fueran a hacerse eternas. Levantó sus brazos y soltó su pelo y el viento, que en aquel momento parecía un huracán, la hacía sentir la persona más libre del planeta.

 

            -Gracias amigo, por tanto, gracias por hacerme volar en tan poco tiempo, y ¡por hacerme sentir tan libre! -gritaba Sara al son de las olas que dibujaban en el agua perfectos surcos indescriptibles.

 

Daniel sólo sonreía y la miraba en silencio satisfecho por haberla podido contentar y acompañar en su viaje fugaz.

 

            - Daniel, ¿recuerdas las veces que veníamos aquí con nuestros amigos? Qué pena no haberles dicho nunca que esos momentos tan inolvidables eran felicidad y haber dado por hecho que lo sabían. Y qué rabia no haber sabido cuidar este mar que tanto nos ha dado y ha recibido tan poco de nosotros.

 

            - ¿Sabes qué? A partir de ahora tenemos que volar, vivir deprisa, alzar la voz y cuidar cada día lo que nos rodea: amar a nuestros seres queridos, proteger la naturaleza y no esperar a que sea demasiado tarde para decirles que los queremos. Además, para no contaminar, el próximo paseo me traes en tu barquito de vela, como hacíamos cuando veníamos con nuestros amigos. El viento también lo sentiremos y aunque tu profesión pase de piloto a capitán ¡me gustará igual!

 

Los dos se abrazaron y yo que revoloteaba muy cerca, abrí mis brazos para fundirme con ellos y de algún modo demostrarles que aquí sigo queriéndolos a ellos y a mi Mar Menor.

 

¡Feliz fin de semana marinero!

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