
Me llamo Alma y hasta hace dos días formaba parte de los humanos vivos, pero eso ha cambiado. Ahora lo veo todo desde otra dimensión...
Tras el portón de aquel colegio, la vida se mostraba en estado puro. Un sin fin de personitas con uniformes todos iguales, corrían en los descansos de las clases compartiendo alegrías, formando grupitos por afinidades, edades y simpatías.
Entré en aquella escuela con una tranquilidad que cada día me gustaba más (me estaba acostumbrando a sentirme invisible) y paseé por los recodos de aquel edificio del siglo XVI, que respetaba la esencia de sus orígenes y el misterio de sus muros.
- María es tonta, cuando os hable no le hagáis ni caso – le decía una niña a otras que atendían a Carlota y asentían riendo con esa sonrisa de complicidad que otorga autoridad a quien alienta.
Miré alrededor buscando a la víctima para comprobar si María rondaba por allí.
- ¡¡Que viene, que viene!! - dijo Silvia a Carlota esperando instrucciones.
- No la miréis y si nos habla haced como que no la oís- dijo Carlota sin pestañear.
- Hola, ¿a qué jugáis? - preguntó María con la ingenuidad de quien nada esconde y la inocencia de los pocos años.
Un silencio inmenso se apoderó del entorno, como si de repente todos los niños del recreo se hubieran quedado congelados y María, tras preguntar dos veces más y no obtener respuesta dio media vuelta y se sentó en un banco cerca de la fuente, sacó su bocadillo y pensativa se lo comió.
El grupito de niñas que lideraba Carlota estuvo yendo a beber agua continuamente mientras María las miraba de reojo, sin llegar a entender porque la trataban así y no le hablaban ni querían jugar con ella. Se sentía culpable y apenada y sus preciosos ojos emanaban ternura e inteligencia.
- Alicia, Rosana, Rebeca, ¡¡vamos a jugar!! - gritó Carlota mientras miraba desafiante hacia donde estaba María, intentando provocarla y que se sintiera aún peor.
Me sentí responsable de aquella niña, como si yo pudiera ayudarla y al hacerlo comprendiera que el comportamiento de las demás no tenía que ver con ella y sí con un juego serio que si no se para por alguien puede hacer mucho daño.
- Tú no tienes la culpa -escuché a Francisca, que como yo observaba desde el principio la situación. María abrió sus grandes ojos y se abrazó a su maestra, como si de repente sintiera el alivio de la comprensión y el apoyo desinteresado:
- Gracias Seño.
Aquella profesora había comenzado la conversación igual que yo lo hubiera hecho. Lo primero era hacer sentir mejor a María. A continuación, sacó una libretita de su bolsillo y tomó nota de los nombres de aquellas niñas que durante lo que para María fue un tiempo eterno, habían estado intentando fastidiarla. Me pregunté si aquellos momentos que se repetían en la vida de una persona, podían marcarla para siempre o si por el contrario la harían más fuerte. Mi respuesta a mí misma fue que en aquellos instantes era clave la intervención de alguien que rompiera con aquellos comportamientos y que como Francisca, actuara inmediatamente y lo cortara desde el inicio.
- Hola señorita -sonrió Carlota al pasar junto a su maestra, intentando disimular sus artimañas para que no sospechara de lo que estaba pasando.
- Ven Carlota -Francisca le dirigió una mirada fulminante que mostraba su desaprobación absoluta a su comportamiento. Te voy a dar sólo una oportunidad antes de llamar a tus padres y es la siguiente: vas a pedir perdón a tu compañera María, delante de tus amigas, que lo harán después. Una por una. Ese va a ser vuestro primer castigo. El segundo está escrito en esta libreta -continuó diciendo Francisca-, y de ti y de las demás niñas depende que lo lea en este momento o que lo diga cuando volvamos a clase.
Me invadió esa sensación de justicia que en ocasiones queda camuflada por las actitudes engañosas del que ejecuta, pero que otras veces, como esta, ven la luz desde lo más alto y ciegan a la indiferencia, ese pecado silencioso que pasa desapercibido a la más mínima tregua.
-Perdón María, no ha estado bien lo que hemos hecho, te pedimos disculpas -dijeron una tras otra mirando al suelo como si de verdad se avergonzaran.
María se levantó y dejándolas allí echó a correr sin mediar palabra, devolviéndoles así su indiferencia. En ese momento la profesora y yo supimos que una actuación a tiempo para ayudar a los demás, es una victoria para quien la recibe y para quien la da.
Salí del colegio sabiendo que Francisca era mi reflejo y que a través de mis ojos la maestra por fin había observado lo que desde el principio era una situación de acoso que un día tras otro se había repetido y por no estar en el momento indicado y no haberlo descubierto, no había podido actuar. Lo vi, lo vio, actué, actuó y terminó. Siempre, siempre, siempre debemos actuar para ayudar al débil. Reflexionemos.
¡Hasta la semana que viene!



