
Después de 98 días, pasando de fase a fase y reencontrándonos en pequeños grupos, hemos llegado a la nueva normalidad, donde se pueden realizar reuniones familiares sin límite. Ese era, por fin, el momento de juntarnos las familias numerosas que pasamos con creces el aforo máximo de 20 personas tope en la escala anterior del desconfinamiento.
Así que, dicho y hecho, el primer día permitido nos volvimos a juntar. Nunca necesitamos ningún argumento de peso para organizar algo, cualquier excusa es válida. Pero ese día era deseado y necesario.
Tenemos un modus operandi para preparar nuestros encuentros, sabemos que siempre tienen largo recorrido, y con la experiencia y algunos WhatsApp, somos capaces de organizar una comida-merienda-cena para un regimiento.
Vamos apareciendo en casa del anfitrión correspondiente con nuestras viandas, que más tarde cada uno reconoce como suyas, “yo traje”. Ya tenemos expertos de “yo traje” tortillas, “yo traje” empanada, “yo traje” embutidos, “yo traje” michirones......y nuestros cálculos de “yo traje” son de profesionales. Y aunque siempre “los trajes” son un aliciente, después de tanto tiempo sin juntarnos, todo eso quedó en un segundo plano.
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El volver a ver una expresión cuando preguntas cara a cara, un pequeño abrazo, un rápido beso o un tono de voz, hizo del reencuentro un momento inolvidable. Los pequeños siguen creciendo para hacerte sentir más mayor, los jóvenes se van posicionando en la vida, mi madre se enorgullece de tener una familia unida y los demás miramos desde la madurez como crecemos todos.
Cuando uno tiene la suerte de pertenecer a un clan familiar bien avenido, sabes que compartir una alegría con ellos se multiplica por cien y que ante un problema son capaces de diluirlo a la mitad. Sientes y sabes que están para todo, son incondicionales.
Tienes la enorme satisfacción de haber creado un mundo paralelo donde compartir con los tuyos todo tipo de situaciones y afrontarlas en compañía.
Pero no quiero cerrar el círculo familiar a los que te corresponden por parentesco directo y empleo la palabra familia con otras dos acepciones, la familia política y la adoptiva.
De la primera, solo puedo decir que, si me hubiesen dado a elegir, nunca lo hubiera hecho mejor, pues tenemos la suerte de compartir el mismo número de hermanos, con edades, circunstancias e inquietudes muy parecidas y con otra matriarca que siempre está dispuesta a juntarnos con cualquier pretexto.
Y después está la adoptiva, que es aquella que por acercamiento familiar hemos compartido tantos eventos de todo tipo, que los acontecimientos te hermanan como ocurre con ciudades de diferentes sitios y raíces muy similares. No puedo dejar de nombrar a nuestra familia de acogida, los Díaz, que han hecho y hacen que nos sintamos una.
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Hoy, para ilustrar el texto, os muestro como agrandar las mesas dejando más espacio libre metiendo las bebidas en barreños de acero galvanizado, a las que les he acoplado unas patas metálicas de taburete. Solo falta el hielo y conseguir la temperatura deseada. Siempre a mano y con el punto de frío necesario. Espero que os gusten y que nunca falte “un traje” en vuestro fondo de armario.
¡Feliz primer viernes de verano y os espero el siguiente!

