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ENTRE TÚ Y YO

Al toro, por los cuernos

Esther Egea Miércoles, 01 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

 

Dicen que “cuanto más huyes de tus problemas, más cansado estás cuando te alcanzan”. Los problemas tienen mala prensa y no queremos tenerlos, como si tener problemas fuera el problema. La realidad es que forman parte de la vida diaria y los tenemos porque es inevitable tenerlos, somos personas diferentes y vemos las cosas de forma distinta, cada uno con nuestros deseos, intereses, expectativas y opiniones. Visto así, el choque de puntos de vista está asegurado y debemos enfrentarnos a la incompatibilidad cogiendo al toro por los cuernos.

 

 

Son normales los conflictos, como por ejemplo cuando el padre desea que su hijo se acueste y el hijo desea quedarse más en el sofá; o cuando el padre quiere que su hijo llegue a una hora y el adolescente necesita llegar sin hora. Diferentes proyectos y metas debido a diferentes necesidades, la del padre de proteger y controlar y la del hijo de divertirse y ampliar. Es aquí donde surge el problema y no está en querer cosas diferentes, sino en la forma de enfrentarse a esa diferencia lógica, por edad en este caso, o por cultura o género en otros.

 

 

Existen diferentes formas de resolver problemas, unas más torpes que otras, por lo que requieren de entrenamiento, como los músculos en el gimnasio, que es obvio que sin práctica no salen y que si no lo haces bien hasta puede generarte lesiones. Las habilidades sociales tienen su propio entrenamiento por ensayo y error, por observación o por imitación; aprendiendo la forma de afrontarlos por nuestra cultura social y familiar, como loros de repetición.

 

 

Cada persona ha aprendido a afrontar las cosas de manera diferente. Qué derroche de energía cuando le damos vueltas a una situación porque la dejamos pendiente o nos obsesionamos, entrando en bucle, como si se fuera a resolver sola, por arte de magia. Son las “personas almorranas” que sufren en silencio los avatares de la vida, sin afrontar directamente los problemas, como la madre que prefiere callar ante el insulto del hijo o la pareja que cede y no pone límites para suavizar una situación, ya sea por modelos imitados o por miedos aprendidos.

 

 

En el lado extremo, están las “personas forúnculo o grano en el culo” que actúan con impulsividad ante los problemas y sólo quieren GANAR, como si se tratara de una competición; como el hermano que impone el juego o el amigo que grita y desacredita para argumentar su postura. Está claro que ambas estrategias conllevan más problema que solución. No es ganar o perder, es poner en común las diferencias y afrontarlas respetando las necesidades de cada uno.

 

 

Otra perspectiva para entender lo que hacemos ante los problemas son los círculos concéntricos. El círculo de dentro es nuestra zona de influencia, proactiva y centrada en la solución y el de fuera es la zona de preocupación, centrado en el problema y reaccionando a todo lo que pasa sin diferenciación. Imaginemos que llueve y la persona A se centra en la lluvia con un sinfín de quejas, supongo por la ilusión irracional de que así dejará de llover; se van a manchar las ventanas, se va a estropear el pelo, no llevo paragüas, ya no puedo sentarme en una terraza, justo ahora que había lavado el coche. O la persona B que se centra en lo que puede hacer ante la lluvia porque ya se ha dado cuenta que no puede pararla y sabe que no ha venido para alterarle, entonces actúa; me espero a que pare, llamo a un taxi, me pongo un plástico en la cabeza, pido un paragüas, me voy a tomar el refresco dentro del bar.

 

 

Todos elegimos cómo nos enfrentamos a los problemas porque todos generamos alternativas, pero no todos los resolvemos de manera efectiva. El problema no es el problema, el problema es cómo yo lo resuelvo. Si cogiéramos al toro por los cuernos, otro gallo cantaría.

 

Un abrazo virtual a todos los lectores y hasta el próximo miércoles.

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